Rabino Sacks Ki Tavó 5775 – En busca de la alegría

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

En busca de la alegría

Ki Tavó – 5 de septiembre, 2015 / 21 Elul 5775

Rabino Sacks Ki Tavo 5775 [PDF] 

La felicidad, dijo Aristóteles, es el bien último al que todo ser humano aspira.[1] Pero en el judaísmo no es necesariamente así. La alegría tiene un alto valor, y de hecho, Ashrei, la palabra hebrea más cercana al concepto de felicidad, es la primera palabra del libro de Salmos. Rezamos la plegaria conocida como Ashrei tres veces por día. Podemos subscribir firmemente la Declaración de la Independencia de Estados Unidos, que señala que entre los derechos inalienables de la humanidad figuran la vida, la libertad y la persecución de la felicidad.

Pero el Ashrei no es el valor central de la Biblia hebrea. Figura casi diez veces más la palabra simjá, alegría, que es uno de los temas fundamentales del libro de Deuteronomio. La raíz s-m-j aparece solo una vez en cada uno de los libros de Génesis, Éxodo, Levítico y Números, pero no menos de doce veces en Deuteronomio. Yace en el corazón de la visión Mosaica de la vida en la tierra de Israel, y es allí donde servimos a Dios con alegría.

La alegría representa un papel fundamental en dos contextos de la parashá de esta semana. Uno tiene que ver con la ofrenda de los primeros frutos al Templo de Jerusalén. Después de describir la ceremonia que se llevaba a cabo, la Torá concluye: ¨Entonces te regocijarás por todas las cosas buenas que el Señor tu Dios te ha dado a ti y a tu familia, junto con los Leviim y los extranjeros que moran en tu seno.” (Deut. 26: 11)

El otro contexto es bastante distinto y asombroso: ocurre en el ámbito de las maldiciones. Hay dos pasajes de maldiciones en la Torá, una en Levítico 26, y la otra aquí, en Deuteronomio 28. Las diferencias son notables: las maldiciones de Levítico terminan con una nota de esperanza. Las de Deuteronomio en aguda desesperanza. Las de Levitico relatan que el pueblo abandonó el judaísmo, que caminó be-keri con Dios, traducido como `con hostilidad´`con rebeldía´ o `despreciativamente´. Pero las maldiciones en Deuteronomio fueron causados simplemente  “porque no has servido al Señor tu Dios con la alegría y felicidad de corazón debida a la abundancia de todas las cosas.” (28: 47).

Ahora bien, digamos que la falta de alegría no es la mejor manera de vivir, pero indudablemente no constituye un pecado, y mucho menos merece recibir una serie de maldiciones. Qué quiere significar la Torá al considerar que la falta de alegría es un desastre nacional? Por qué para el judaísmo parecería más importante la alegría que la felicidad? Para contestar estas preguntas debemos comprender la diferencia entre ambos conceptos. El primer Salmo describe la vida alegre de la siguiente forma:

   “Feliz es el hombre que no ha andado en el consejo de los malvados, ni se ha detenido en el camino de los pecadores, si se ha sentado en el asiento de los escarnecedores. Pero su complacencia está en la Ley del Eterno, y en Su Ley medita día y noche.Y será como un árbol plantado  por corrientes de agua que trae su fruto a su debido tiempo y cuyas hojas no se marchitan y en todo lo que hace prospera.” (Salm. 1: 1-3)

Esta es la vida serena y bendita, dada a aquel que vive en concordancia con la Torá. Como el árbol, esa vida tiene sus raíces. No está sometido por aquí y por allá a viento pasajero alguno. Esta gente sobrevive, fructifica, permanece firme, y crece. Por lo cual la felicidad es un estado de la mente del individuo.

     Simjá en la Torá, nunca se refiere al individuo, siempre implica algo que se comparte. Un hombre recién casado no es llamado a combatir en el ejército por un año – dice la Torá – para que pueda quedarse en el hogar “y traer alegría a la mujer que ha desposado” (Deut. 24: 5). Traerás todas tus ofrendas al santuario central, dice Moshé, para que “Ahí, en presencia del Señor tu Dios, tú y tus familias puedan comer y alegrarse por todo lo emprendido por tu mano, y lo que el Señor tu Dios te ha bendecido.” (Deut. 12:7).  Los festivales descriptos en este libro son días de alegría, precisamente porque son ocasiones de celebración colectiva: “tú, tus hijos e hijas, y tus sirvientes y sirvientas,  y los Leviim de tus ciudades, y los extranjeros, y los huérfanos y las viudas que viven en tu seno” (16: 11). Simjá es alegría compartida, no es algo que experimentamos en soledad.

La felicidad es una actitud hacia la vida en su totalidad, mientras que la vivencia del momento es la alegría. J.D.Salinger dijo en una oportunidad, que la felicidad es sólida, la alegría, líquida. La felicidad es algo que se persigue, la alegría, no. Ella te descubre. Tiene que ver con una sensación de conexión con otras personas o con Dios. Viene de una fuente distinta que la felicidad, es una emoción social. Es la euforia  que sentimos cuando nos unimos a otros, es la redención de la soledad.

Paradójicamente, el libro bíblico más conectado con la alegría es precisamente el considerado menos feliz de todos, Kohelet, o sea, Eclesiastés. Kohelet es, notoriamente, el hombre que tuvo todo, y sin embargo lo describe a todo como hevel, palabra usada casi cuarenta veces en el libro, y traducido como `insignificante, sin sentido, inútil, vacío´, o como plasmó singularmente la Biblia de King James, como `vanidad´. Sin embargo también utiliza la palabra simjá diecisiete veces, más que todos los libros Mosaicos juntos. Después de cada una de sus meditaciones sobre el sinsentido de la vida, Kohelet termina con una exhortación a la alegría:

 Sé que no hay cosa mejor para el pueblo que alegrarse y hacer el bien mientras viva . (3: 12)

    Vi así, que no hay nada mejor para una persona que disfrute en su trabajo, porque tal es su suerte. (3: 22)

     Así que recomiendo regocijarse en vida, porque no hay nada mejor para una persona bajo el sol que comer, beber y divertirse. (8: 15)

     Los años que viva una persona, que se regocije en todos ellos. (11: 8)

Sostengo que sólo se puede entender a Kohelet si comprendemos que la traducción de hevel no es `insignificante, sin sentido, inútil ni vacío ´. Quiere decir `una respiración superficial ´. Kohelet es una reflexión sobre la mortalidad. Por más años que vivamos, sabemos que algún día vamos a morir. Nuestras vidas no duran más que un microsegundo en la historia del universo. El cosmos permanece eternamente, mientras que nosotros, seres vivientes, mortales que respiran, somos sólo un hálito fugaz.

Kohelet está obsesionado por esto porque amenaza sustraer a la vida cualquier posible certeza. Nunca viviremos lo suficiente para ver los resultados de nuestros emprendimientos a largo plazo. Moshé no condujo al pueblo a la Tierra Prometida, ni sus hijos lo siguieron en su grandeza. Mismo él, el más grande de los profetas, no pudo predecir que sería recordado por toda la eternidad como el máximo conductor que tuvo el pueblo judío. Lehavdil, Van Gogh vendió una sola obra en toda su vida. No tuvo cómo saber  que sería considerado uno de los más grandes pintores de nuestro tiempo. No sabemos qué harán nuestros herederos con lo que les hemos dejado. No sabemos si es que seremos recordados, ni cómo. Cómo encontrar entonces el sentido de la vida?

Kohelet lo encuentra eventualmente, no en la felicidad, sino en la alegría – porque la alegría no se relaciona con los pensamientos del futuro, sino con la agradecida aceptación y celebración del presente. Estamos aquí; estamos vivos; estamos entre otros que comparten nuestro sentido del júbilo. Vivimos en la tierra de Dios, celebrando Su bendición, comiendo los productos de Su tierra regados por Su lluvia, madurados bajo Su sol, respirando el aire que nos insufló, viviendo la vida que se nos renueva día a día. Y sí, no sabemos qué nos deparará el mañana; y sí, estamos rodeados de enemigos; y sí, ser judío nunca fue una opción fácil ni segura. Pero cuando nos enfocamos en el momento, permitiéndonos danzar, cantar y agradecer, cuando hacemos cosas para nosotros mismos sin pretender recompensa alguna, cuando abandonamos nuestro aislamiento y nos transformamos en una voz del coro de la ciudad sagrada, entonces hay alegría.

Kierkegaard una vez escribió: “Se requiere de valentía moral para el duelo; y valentía religiosa para el regocijo.”[2] Uno de los hechos más emocionantes del judaísmo y del pueblo judío es que a través de nuestra trágica historia, nunca ha perdido la capacidad de alegrarse, de celebrar en medio de la oscuridad, de cantar la canción del Señor aun en tierras extrañas. Existen religiones orientales que prometen paz interior si podemos concentrarnos en ejercicios de aceptación. Epicuro inculcó a sus discípulos que evitaran riesgos como el matrimonio o una carrera pública. Ninguna de estas creencias debe negarse, pero el judaísmo no es una religión de aceptación ni se ha orientado los judíos a a una vida sin riesgos. Podemos superar fracasos y derrotas si no perdemos nunca la capacidad de ser alegres. En Succot, dejamos la seguridad y el confort de nuestros hogares para vivir en una choza sometida al viento. Sin embargo, lo llamamos zeman simjatenu, nuestra estación de la alegría. Esa es una muestra de lo que significa ser judío.

De ahí la insistencia de Moshé en que la capacidad de ser alegres es lo que le da al pueblo judío la fortaleza para resistir. Sin ella, seríamos vulnerables a los múltiples desastres ligados a las maldiciones descriptas en nuestra parashá. Celebrar juntos nos une como pueblo: eso, y la gratitud y humildad que vienen de percibir nuestros éxitos, no como propios, sino como bendiciones de Dios. La persecución de la felicidad nos puede llevar, a la larga, a la autorreferencia y a la indiferencia al sufrimiento ajeno. Nos puede conducir a una conducta de evitar los riesgos y la audacia. Pero no así con la alegría: ella nos conecta con nuestros semejantes y con Dios. La alegría es la capacidad de celebrar la vida en sí, sabiendo que sea lo que fuere lo que nos pueda ocurrir mañana, aquí estamos hoy, bajo el cielo de Dios, en el universo que Él creó, y al que nos ha invitado como sus huéspedes.

Hacia el final de su vida, habiendo padecido de sordera durante veinte años, Beethoven compuso una de las piezas musicales más grandes que se hayan escrito, su Novena Sinfonía. Intuitivamente sintió que esa pieza necesitaba del sonido de la voz humana. La letra que eligió fue la Oda a la Alegría de Schiller. Yo concibo al judaísmo como una oda a la alegría. Como Beethoven, los judíos han conocido el sufrimiento, la aislación, la penuria y el rechazo. Pero nunca dejaron de tener la valentía religiosa del regocijo. Un pueblo que puede conocer la inseguridad, pero que aun así sienta alegría, no podrá ser derrotado, ya que su espíritu nunca se quebrará ni será destruida su esperanza.

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[1] Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro 1.

[2] Journals and Papers, vol 2. Bloomington, Ind. Univ. Press, 1967, p.493

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