Bamidbar 5775 – La ley como amor

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias 

Bamidbar 5775 – La ley como amor 

Una de las escenas más divertidas en la historia anglo-judía ocurrió el 14 de octubre de 1663. Meros siete años habían pasado desde que Oliver Cromwell no encontró impedimentos legales para que los judíos vivieran en Inglaterra (por eso el tan llamado “regreso” de 1656). Una pequeña sinagoga fue abierta en Creechurch Lane en la cuidad de Londres, precursora de Bevis Marks (1701), el sitio más viejo de culto judío que aún existe en Gran Bretaña.

El famoso diarista Samuel Pepys decidió hacer una visita a esta nueva curiosidad, para ver cómo los judíos se conducían durante la oración. Lo que él vio lo asombró y lo escandalizó. Como la oportunidad o la Providencia lo quisieron, el día de su visita resultó ser el día de Simjat Torah. Así fue como describió lo que vio:

Y luego sus leyes que sacan fuera de la prensa (el Arca) son llevadas por varios hombres, cuatro o cinco la cargan en total, y ellos se van aliviando el peso uno a otro; y si es el deseo de cada uno de ellos llevar la carga, no puedo decir, ellos la llevaban alrededor de la habitación mientras el tal servicio era cantando….pero, ¡Señor! Ver el desorden, risas, saltos, y no atención, sino confusión en todo su servicio, más como brutos que como personas conocedoras del verdadero Dios, harían a cualquier hombre abjurar de volver a verles y desde luego nunca vi tanto, o nunca pude haber imaginado que había una religión en el mundo entero tan absurdamente realizada como esta. (1) 

Este no era el tipo de comportamiento que él estaba acostumbrado a ver en su casa de culto.

Hay algo único sobre la relación de los judíos con la Torah, la manera en la que nos paramos en su presencia como si fuera un rey, bailamos como si fuera una novia, la escuchamos contar nuestra historia y la estudiamos, como decimos en nuestras oraciones “nuestra vida y por lo largo de nuestros días”. Hay algunas líneas más conmovedoras en nuestra oración como las que se contienen en un poema dicho en Neilah, al final de Iom Kippur: Ein shiyur rak ha-Torah ha-zot: “Nada queda” después de la destrucción del Templo y la pérdida de la tierra, “pero esta Torah”. Un libro, un rollo, fue todo lo que estuvo entre los judíos y la desesperación.

Lo que los no judíos (y algunas veces judíos) fallan en apreciar es cómo, en el judaísmo, la Torah representa la ley como amor, y el amor como ley. La Torah no es sólo una “legislación revelada” como Moisés Mendelssohn lo describió en el siglo XVIII (2). Representa la fe de Dios en nuestros ancestros a quienes Él confió con la creación de una sociedad que se convertiría en un hogar para Su presencia y un ejemplo para el mundo.

Una de las claves de cómo esto trabajaba está contenida en la parsha de Bamidbar, siempre leida antes de Shavuot, la conmemoración de la entrega de la Torah. Esto nos recuerda que tan central es la idea del desierto – la tierra de nadie – al judaísmo. Es midbar, desierto, lo que da nombre a nuestra parsha y a todo un libro. Fue en el desierto que los israelitas hicieron un pacto con Dios y recibieron la Torah, su constitución como una nación bajo la soberanía de Dios. Es el desierto que provee el escenario para cuatro de los cinco libros de la Torah, y fue ahí que los israelitas experimentaron su más íntimo contacto con Dios, quien les envío agua de una roca, maná del cielo y los rodeó con nubes de gloria.

¿Qué historia se está contando aquí? La Torah nos está diciendo tres cosas fundamentales a la identidad judía. Primero es el fenómeno único que en el judaísmo la ley precede la tierra. Para otras naciones en la historia el caso era al revés. Primero venía la tierra, después los asentamientos humanos, primero en pequeños grupos, luego en villas, pueblos y ciudades. Entonces venían las formas de ordenamiento y gobernanza y un sistema legal: primero la tierra, después la ley.

El hecho que en el judaísmo la Torah fue dada bemidbar, en el desierto, antes que hayan entrado a la tierra, quiso decir que únicamente los judíos y el judaísmo eran capaces de sobrevivir, su identidad intacta, incluso en el exilio. Porque la ley vino antes de la tierra, incluso cuando los judíos perdieron la tierra ellos aún tenían la ley. Esto significaba que incluso en el exilio, los judíos seguían siendo una nación. Dios seguía siendo su soberano. El pacto todavía estaba vigente. Incluso sin una geografía, tenían una historia en marcha. Incluso antes de que entraran a la tierra, a los judíos se les había dado la habilidad de sobrevivir fuera de la tierra.

Segundo, hay una tentadora conexión entre midbar, ‘desierto’ y davar ‘palabra’. Donde otras naciones fundaron los dioses en la naturaleza – la lluvia, la tierra, fertilidad y las estaciones del año agrícola – los judíos descubrieron a Dios en la trascendencia, más allá de la naturaleza, un Dios al que no se le podía ver sino más bien escuchar. En el desierto, no hay naturaleza. En su lugar hay vacío y silencio, un silencio en el que uno puede escuchar la voz sobrenatural del Uno-más-allá-del-mundo. Como Edmond Jabès lo puso: “La palabra no puede habitar excepto en el silencio de otras palabras. Hablar es, en consecuencia, recargarse sobre una metáfora del desierto” (3).

El historiador Eric Voegelin vio esto como fundamental para la completamente nueva forma de espiritualidad nacida en la experiencia de los israelitas:

Cuando tomamos el éxodo y deambulo hacia el mundo, para encontrar una nueva sociedad donde sea, descubrimos el mundo como el Desierto. El vuelo aterriza en ninguna parte, hasta que nos paramos para encontrar nuestra ubicación más allá del mundo. Cuando el mundo se ha convertido en Desierto, el hombre está en la última soledad en la que puede escuchar la estruendosa voz del espíritu que con su susurro urgente ya lo ha rescatado del Sheol (el dominio de la muerte). En el Desierto Dios habló al líder y sus tribus; en el desierto, escuchando su voz, aceptando su ofrecimiento, y asumiendo su comando, habían finalmente alcanzado la vida y se convirtieron en el pueblo elegido por Dios. (4)

En el silencio del desierto Israel se convirtió en el pueblo para el cual la experiencia religiosa primaria no fue vista sino escuchada: Shemá Israel. El Dios de Israel se reveló a Sí mismo hablando. El judaísmo es una religión de palabras sagradas, en las que el más sagrado objeto es un libro, un rollo, un texto.

Tercero, y el más notable, es la interpretación que los profetas dan a aquellos años formativos en los que los israelitas, habiendo dejado Egipto y no habiendo entrado aún a la tierra, estuvieron solos con Dios. Oseas, predicando un segundo éxodo, dijo en el nombre de Dios:

Yo la llevaré hacia el desierto (dijo Dios a los israelitas)

y le hablaré tiernamente…

Ahí ella responderá como en los días de su juventud,

Como en el día que ella salió de Egipto. 

Jeremías dice en nombre de Dios: “Recuerdo la devoción de tu juventud, como una novia tú me amaste y me seguiste a través del desierto, a través de una tierra no sembrada”. Shir ha-Shirim. El Cantar de Cantares, contiene la línea, “¿Quién es este que viene del desierto recargada sobre su amado?” (8:5).

Lo común a cada uno de estos textos es la idea del desierto como una luna de miel en la que Dios y el pueblo, imaginado como novio y novia, están solos juntos, consumando su unión en amor. Para estar seguros, en la Torah misma vemos a los israelitas como un pueblo recalcitrante, obstinado, quejándose y rebelándose contra Dios. Aun así los profetas en retrospectiva ven las cosas de forma diferente. El desierto era una especie de yijud, tiempo solos-juntos, en el que el pueblo y Dios se enlazaron en amor.

Más instructivo en este contexto es el trabajo del antropólogo Arnold Van Gennep quien centró su atención en la importancia de los ritos de pase (5). Las sociedades desarrollan rituales para marcar la transición de un estado al que sigue – de la infancia a la vida adulta por ejemplo, o de estar soltero a estar casado – e involucran tres etapas. La primera es separación, una ruptura simbólica con el pasado. La última es incorporación, re-entrar a la sociedad con una nueva identidad. Entre estas dos viene la etapa crucial de transición cuando, tras deshacerse de una identidad pero sin adoptar aún otra, te rehechas, renaces y transformas.

Van Gennep usaba el término liminal, de la palabra latina “límite”, para describir su estado de transición cuando tú estás en una especie de tierra de nadie entre lo viejo y lo nuevo. Esto es lo que desierto significa para Israel: espacio liminal entre la esclavitud y la libertad, pasado y futuro, exilio y retorno, Egipto y la Tierra Prometida. El desierto era el espacio que hizo posible la transición y la transformación. Ahí, en la tierra de nadie, los israelitas, solos con Dios y con nadie más, pudieron deshacerse de una identidad y asumir otra. Ahí podían renacer, ya no más como esclavos del faraón, pero en su lugar como sirvientes de Dios, llamados a ser “un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Ver el desierto como el espacio entre medio nos ayuda a ver la conexión entre los israelitas en los días de Moisés y los ancestros de quienes llevaban el nombre. Pues fue Jacob entre los patriarcas quien tuvo experiencias más intensas de Dios en el espacio liminal, entre el lugar que él estaba dejando y al lugar que él estaba viajando, solo en la noche.

Fue ahí, escapando de su hermano Esaú pero sin haber llegado a la casa de Labán, que él vio la visión de la escalera que se estiraba entre la tierra y el cielo con ángeles ascendiendo y descendiendo, y ahí en su regreso que él luchó con un extraño de la noche al amanecer y le fue dado el nombre Israel. Estos episodios pueden verse ahora como prefiguraciones de lo que sucedería después a sus descendientes (maaseh avot siman le-banim “lo actos del padre son una señal de lo que pasará después a los hijos”) (6)

El desierto así se convierte en el lugar de nacimiento de una totalmente nueva relación entre Dios y la humanidad, una relación construida sobre un pacto, el habla y el amor concretizada en la Torah. Distante de los grandes centros de la civilización, un pueblo se fundó a sí mismo solo con Dios y ahí consumaron un lazo que ningún exilio ni tragedia puede romper. Esa es la verdad moral en el latir del corazón de nuestra fe: no es el poder o la política lo que nos une a Dios, sino el amor.

Alegría en la celebración de ese amor que llevó al Rey David a “saltar y bailar” cuando el arca fue llevada a Jerusalén, ganando la desaprobación de Mijal la hija del Rey Saúl (2 Sam. 6:16), y muchos siglos después llevó a los anglo-judíos de Creechurch Lane a bailar en Simjat Torah y a la desaprobación de Samuel Pepys. Cuando el amor vence la dignidad, la fe está viva y bien.  

SacksSignature

(1) El Diario de Samuel Pepys, 14 de octubre 1663

(2) En su libro Jerusalén, 1783

(3) Edmond Jabès, El Desierto Libre (Du Desert au Libre) Paris, Pierre Belford, 1980, 101.

(4) Eric Voegelin, Israel and Revelation, Louisiana State University Press, 1956, 153.

(5) Gennep, Arnold Van. The Rites of Passage. [Chicago]: University of Chicago, 1960.

(6) Ver Ramban, Comentario a Gen. 12:6

 

 

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