Bejukotai 5774 – Nosotros, el pueblo

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias 

 

Bejukotai 5774 – Nosotros, el pueblo

En Bejukotai, en el medio de uno de una de las más ardientes maldiciones nunca antes pronunciadas contra una nación a forma de advertencia, los sabios encontraron una mancha de oro puro.

Moisés está describiendo a una nación escapando de sus enemigos:

Traeré desesperación en los corazones de aquellos de ustedes que sobrevivan en territorio enemigo. ¡Tan sólo el sonido de una hoja soplada por el viento los hará correr, y correrán tan asustados como si huyeran de una espada! ¡Caerán incluso cuando nadie los esté persiguiendo! ¡Tropezarán uno sobre el otro como si se encontraran frente a una espada, aunque nadie los esté persiguiendo! No tendrán poder para sostenerse frente a sus enemigos. (Lev. 26:36-37)”

No hay nada positivo sobre la cara de este escenario de pesadilla. Pero los sabios dijeron: “Tropezarán el uno sobre el otro” – leído esto como “tropezarán por causa del otro”: esto enseña que todos los israelitas son garantes (i.e. responsables) el uno por el otro” (1).

Este es en exceso un extraño pasaje. ¿Por qué colocar este principio aquí? Seguramente la Torah completa testifica hacia el pasaje. Cuando Moisés habla sobre la recompensa por conservar el pacto lo hace colectivamente. Habrá lluvia en la estación que corresponda. Tendrán buenas cosechas. Y sigue así. El principio que los judíos tienen una responsabilidad colectiva, que su fe y destino están interconectados: esto pudo haber sido encontrado en las bendiciones de la Torah. ¿Por qué buscarle entre sus maldiciones?

La respuesta está en que no hay nada único al judaísmo en la idea que todos estamos implicados en el destino de los otros. Esto es verdad para los ciudadanos de cualquier nación. Si la economía está en boom, casi todo el pueblo se beneficia. Si hay una recesión, muchas personas sufren. Si un barrio está asustado por el crimen, las personas se asustan de caminar por esas calles. Si hay ley y orden, si las personas son educadas entre ellas y van a la ayuda de unos a otros, hay un sentido general de bienestar. Somos animales sociales, y nuestros horizontes de posibilidad están formados por la sociedad y la cultura en la que vivimos.

Todo esto aplicaba a los israelitas hace tanto tiempo mientras ellos eran una nación en su propia tierra. Pero, ¿qué pasa cuando sufrieron la derrota y el exilio y fueron eventualmente dispersados por la Tierra? Ya no tuvieron más los lineamientos convencionales de una nación. No estaban viviendo en el mismo lugar. No compartieron el mismo lenguaje cotidiano. Mientras Rashi y su familia estaban viviendo en el cristiano norte de Europa y hablando francés, Maimónides estaba viviendo en el Egipto musulmán, hablando y escribiendo en árabe.

Tampoco los judíos compartieron un destino. Mientras aquellos en el norte de Europa sufrieron persecución y masacre durante las Cruzadas, los judíos de España estaban gozando de su edad de oro. Mientras los judíos de España estaban siendo expulsados y obligados a vagar alrededor del mundo como refugiados, los judíos de Polonia gozaban de un extraño momento iluminado de tolerancia. ¿En qué sentido entonces son responsables los unos de los otros? ¿Qué los constituía como una nación? ¿Cómo – como lo puso el autor del salmo 137 – podían ellos cantar la canción de Dios en una tierra extraña?

Hay sólo dos textos en la Torah que hablan a esta situación, a saber las dos secciones de maldiciones, una en nuestra parsha y la otra en el Deuteronomio en la parsha de Ki Tavo. Sólo estas hablan sobre un tiempo cuando Israel está exiliado y disperso, diseminado, como Moisés lo puso después. “a los más distantes territorios bajo el cielo”. Sin embargo, hay tres grandes diferencias entre las dos maldiciones. El pasaje de Levítico está en plural, ese en el Deuteronomio en singular. El pasaje en el Levítico son palabras de Dios; en el Deuteronomio son las palabras de Moisés. Y las maldiciones en el Deuteronomio no terminan en esperanza. Concluyen con una visión de desolación sin alivio:

Se intentarán vender a ustedes mismos como esclavos – tanto hombres como mujeres – pero ninguno querrá comprarlos. (Deut. 28:68)”

Aquellas en el Levítico terminan con esperanza trascendental:

Pero a pesar de todo cuando estén en territorio enemigo, no les rechazaré o despreciaré al punto de la destrucción total, rompiendo mi pacto con ellos haciéndolo, porque yo soy el Señor su Dios. Por su bien recordaré el pacto con la primera generación, a quienes saqué de la tierra de Egipto ante la vista de todas las naciones, para ser su Dios; yo soy el Señor. (Lev. 16:44-15)”

Incluso en las peores horas, de acuerdo al Levítico, el pueblo judío nunca será destruido. Ni Dios los rechazaría. El pacto seguirá vigente y sus términos aún operativos. Eso significaba que los judíos aún estarían vinculados unos a otros por los mismos lazos de responsabilidad mutua que habían tenido en la tierra – porque era el pacto lo que les formaba como nación y los enlazaba unos con otros incluso como ese lazo los ligaba a Dios. Entonces, incluso cuando cayeran unos sobre otros huyendo de sus enemigos, seguirían estando enlazados por una responsabilidad mutual. Seguirían siendo una nación con una fe y un destino compartido.

Esta es una idea rara y especial, y es la figura distintiva de la política del pacto. El pacto se convirtió en un gran elemento en las políticas de Occidente siguiendo la Reforma. Formó el discurso político en Suiza, Holanda, Escocia e Inglaterra en el siglo XVII como la invención de la imprenta y el esparcimiento de la literatura hizo que la gente se familiarizara con la biblia hebrea (el “Viejo Testamento” como lo llamaron). Aprendieron que se debería poner resistencia a los tiranos, que las órdenes inmorales no deben ser obedecidas, y que los reyes no deberían gobernar por derecho divino sino con el consentimiento de los gobernados.

Las mismas convicciones fueron tenidas por los Padres Peregrinos que navegaron para América, pero con esta diferencia, ellos no desaparecieron con el tiempo como lo hicieron en Europa. El resultado es que los Estados Unidos es el único país al día de hoy cuyo discurso está enmarcado por la idea de pacto.

Dos ejemplos de libros de texto de esto son la Inauguración de Lyndon Baines Johnson en 1965, y la segunda Inauguración de Barak Obama en 2013. Ambos usaron el dispositivo bíblico de repetición significativa (siempre un número impar, tres, o cinco o siete). Johnson invoca la idea de pacto cinco veces. Obama cinco veces empieza párrafos con una frase clave de políticas de pacto – palabras nunca usadas por los políticos británicos –a saber, “Nosotros, el pueblo”.

En las sociedades de pacto es el pueblo como un todo quien es responsable, ante Dios, por el destino de una nación. Como Johnson lo puso, “Nuestro destino como una nación y nuestro futuro como pueblo descansa no sobre un ciudadano, sino sobre todos sus ciudadanos”. En las palabras de Obama, “Tú y yo, como ciudadanos, tenemos el poder de establecer el curso de este país”. Esa es la esencia del pacto: nosotros estamos todos involucrados en esto, juntos. No hay división de la nación en gobernantes y gobernados. Somos conjuntamente responsables, bajo la soberanía de Dios, uno del otro.

Esta no es una responsabilidad ilimitada. No hay nada en el judaísmo como las tendenciosas y ultimadamente ideas sin sentido puestas por Jean Paul Sartre en El Ser y la Nada de una responsabilidad absoluta:

La consecuencia esencial de nuestras observaciones anteriores es que el hombre, siendo condenado a ser libre, lleva el peso de todo el mundo sobre sus hombros, él es responsable por el mundo y por sí mismo como una forma de ser. (2)”

En el judaísmo nosotros somos responsables solo por lo que podemos haber prevenido y no lo hicimos. Así lo pone el Talmud:

Quien sea puede prohibir en su casa (a cometer un pecado) pero si no lo hace, está apoderado por (los pecados de) su casa. (Si él puede prohibir) a sus conciudadanos (pero no lo hace) él está apoderado por (los pecados de) sus conciudadanos. (Si él puede prohibir) al mundo entero (pero no lo hace) él está apoderado por (los pecados de) todo el mundo (3).”

En esto queda sin embargo una ponderosa e inusual idea. Lo que hace único al judaísmo es que eso aplicó a un pueblo esparcido a través del mundo unido sólo por los términos de un pacto que nuestros ancestros hicieron con Dios en el Monte Sinaí. Pero continúa, como he argumentado, conduciendo el discurso político de los Estados Unidos de igual manera el día de hoy. Nos dice que somos todos ciudadanos iguales en la república de fe y que esa responsabilidad no puede ser delegada lejos de los gobiernos o presidentes sino que pertenece inalienablemente a cada uno de nosotros. Nosotros somos los que cuidamos a nuestros hermanos y hermanas.

Eso es lo que yo quiero decir por la extraña, aparentemente auto-contradictoria idea que he argumentado a través de estos ensayos: que nosotros estamos todos llamados a ser líderes. Seguramente esto no puede ser: si todos somos un líder, entonces ninguno lo es. ¿Si todos lideran, quién queda para seguir?

El concepto que resuelve la contradicción es pacto. El liderazgo es, he argumentado, la aceptación de la responsabilidad. De ahí que si todos somos responsables uno por otro, estamos todos llamados a ser líderes, cada uno dentro de su esfera de influencia, sea esta dentro de la familia, la comunidad, la organización o una agrupación todavía más grande.

Esto algunas veces puede hacer una enorme diferencia. En el verano de 1999 estaba en Pristina haciendo un programa de televisión para la BBC sobre las secuelas de la campaña de Kosovo. Entrevisté al General Sir Michael Jackson, entonces la cabeza de las fuerzas de la OTAN. Para mi sorpresa, él me agradeció por lo que “mi gente” había hecho. La comunidad judía se había hecho cargo de las veintitrés escuelas primarias de la ciudad. Eso era, él dijo, la contribución más valiosa al bienestar de la ciudad. Cuando 800,000 personas se habían convertido en refugiados y entonces regresaron a casa, el signo que aseguraba que la vida había regresado a la normalidad es que las escuelas abrieron a tiempo.  Eso, él dijo, se lo debemos al pueblo judío.

Al encontrarme con la cabeza de la comunidad judía ese mismo día más tarde, le pregunté cuántos judíos estaban en ese momento en Pristina. ¿Su respuesta? Once. La historia, cómo descubrí después, fue esta. En los primeros días del conflicto, Israel junto a otras agencias de ayuda internacional había enviado un equipo médico de campo a trabajar con los refugiados albano-kosovares. Notaron que mientras otras agencias estaban concentrándose sobre los adultos, no había nadie trabajando con los niños. Traumatizados por el conflicto y lejos de casa, se estaban volviendo salvajes.

El equipo telefoneó a Israel y pidió voluntarios jóvenes. Cada movimiento joven en Israel, del más secular al más religioso, enviaron equipos de jóvenes líderes en intervalos de dos semanas. Trabajaron con los niños, organizando campamentos de verano, competencias deportivas, eventos de drama y música y lo que fuera que pensaran en hacer el exilio temporal menos dramático. Los Kosovo Albanos eran musulmanes, y para muchos de los trabajadores jóvenes israelíes era el primer contacto y amistad con niños de otra fe.

El esfuerzo ganó grandes elogios de UNICEF, la organización para la infancia de las Naciones Unidas. Fue a raíz de esto que “el pueblo judío” – a Israel, el “Joint” y otras agencias judías – se les solicitó supervisar el regreso a la normalidad del sistema escolar en Pristina.

Ese episodio me enseñó el poder de hesed, actos de bondad cuando se extienden a través de las barreras de la fe. También mostró la diferencia práctica que la responsabilidad colectiva hace al alcance del pacto judío. La judería mundial es pequeña, pero los hilos invisibles de responsabilidad mutua significan que incluso la comunidad judía más pequeña puede apoyarse en el pueblo judío en todo el mundo para ayudar y alcanzar cosas que serían excepcionales para una nación de muchas veces su tamaño. Cuando el pueblo judío une sus manos en una responsabilidad colectiva se convierten en una formidable fuerza de bien.

 

SacksSignature

(1) Sifra ad loc., Sanhedrin 27b, Shavuot 39a.

(2) Jean-Paul Sartre, Being and Nothingness, trans. Hazel Barnes, New York, Washington Square Press, 1966, 707.

(3) Shabbat 54b.

 

 

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