El llamado escondido de Dios – Un pensamiento acerca de Purim del Rabino Sacks

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

El llamado escondido de Dios 

Extraído de una charla dada por el Rab Sacks a alumnos de las escuelas Yeshivat Or Haim y Ulpanat Orot Bnei Akiva durante una visita a Toronto, la semana pasada.

 

Hazal, nuestros sabios, hicieron una pregunta extraña en la Guemará de Jullin (39b): Esther min haTorah minayin? “Dónde encontramos un indicio en la Torá del libro de Esther?”, el último libro canonizado de la Torá. La Guemará contesta con estas palabras, v´anoji haster astir panai, “Esconderé Mi rostro ese día”. La advertencia más temida de Hashem siempre fue que un día ocurriría hester panim, el rostro oculto de Dios, en que, Dios no lo quiera, Hashem dejaría de comunicarse con nosotros.

Así fue como Hazal encontró un indicio a Esther. Sabemos que el de Esther es uno de los dos libros del Tanaj en que no figura el nombre de Hashem. El otro es el de Shir HaShirim. Pero mientras éste trata del amor de Hashem por nosotros, el de Esther es de temer porque registra el momento en que Lehashmid laharog ule´abaid et kol hayehudim mina´ar  v´ad zakein taf v´nashim beyom ejad “destruir, matar, y exterminar a todos los judíos, jóvenes y ancianos, niños y mujeres, en un solo día,” la primera mención expresada de un genocidio contra judíos. Purim es la única festividad del año judío que ocurre enteramente en el Galut, en el exilio. Todas las demás festividades están basadas en hechos que ocurren en Israel, o en camino hacia Israel. Solamente Purim está en un lugar de hester panim,  fuera de Israel,  donde es más difícil sentir la presencia de Dios.

Ese es el libro de Esther. Proviene de un mundo casi secularizado, donde buscamos la presencia de Dios en la historia y no logramos encontrarla. Pero hay una frase en la meguilá que me atraviesa como un cuchillo y representa la afirmación más contundente del judaísmo, haciéndome saber que Dios no nos ha abandonado.

Hacia el final del cuarto capítulo, la vemos a Esther transmitiéndole a su tío Mordejai las dificultades que pueden presentarse para interceder ante el rey Ajashverosh por el destino del pueblo judío. Mordejai la escucha, y luego responde con su famosa frase: Im haharesh tajrishí ba´et hazot revaj v ´hatzla ya´amod layehudim mimakom ajer.” Si permaneces en silencio y no haces nada, algún otro va a salvar al pueblo judío.” U´mi yodeia im l´et kazot, higa´at lamaljut?  “Pero quién sabe, no será este el momento en que serás la reina, para acceder al rey Ajashverosh en el palacio real?”

Esta es, para mí, la frase definitiva de hashgajá pratit, que dondequiera que estemos, Hashem nos pide que nos demos cuenta por qué nos ha puesto ahí, con estos dones, en este tiempo y con estos peligros, en este lugar. Hashgajá pratit es la convicción fundamental de que Dios nunca nos abandona, que nos coloca aquí con una tarea para hacer. Aun en el caso en que esté más oculto, si escuchas atentamente a Dios, oirás que nos llama como individuos, diciendo U´mi yodeia im l´et kazot higa´at lamaljut? “No fue por este desafío que estás en este lugar y en este tiempo ?”

Esa es la esencia de la primera palabra que leímos en la Torá, en Vaikrá, el Shabat último. Cuando se lee el sefer, se observará que la palabra termina con una Alef muy pequeña. Comentando esto, Rashi remarca la diferencia entre la frase Vayikrá el Moshé “Y Él llamó a Moshé” y Vaikar el Bilam “Y Él apareció ante Bilam”. La lengua hebrea, dice Rashi, tiene dos palabras que suenan parecidas, pero que de hecho son completamente distintas, hasta opuestas, mikrá y mikré. Mikré se usa para describir algo que ocurre accidentalmente, que no involucra a la providencia Divina. Mikrá, por el contrario, se usa para describir un llamado de Hashem, específicamente a ti, y con una tarea particular a realizar.

Por qué, entonces, el Alef – una letra sin sonido – se escribe tan pequeña?  Para enseñarnos que a veces puede ser  muy difícil escuchar el llamado de Hashem. Hasta puede ser un llamado silencioso. En hebreo, esto se conoce como kol demamá daká una voz que sólo puede oírse si la estás escuchando. Aun en el peor hester panim, Hashem siempre nos llama para que hagamos algo.

Uno de mis grandes héroes fue un hombre llamado Viktor Frankl, sobre el cual escribo frecuentemente. Era un psicoterapeuta que trabajando en Viena con estudiantes universitarios, fue llevado a Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. Nunca hubo en toda la historia un hester panim más grande que en el Holocausto. Frankl era un hombre de fe, y sabía que Hashem lo estaba llamando para hacer algo allí en las mismas puertas del infierno. Qué quiere Hashem de mí, un psicoterapeuta, en el medio de Auschwitz? Y vino la respuesta: Hashem quiere que les dé a los prisioneros, a mis hermanos judíos, voluntad para vivir, porque sólo si la tienen, podrán tener la suficiente fuerza para sobrevivir. Entonces habló con cada preso que estaba por caer en la desesperación y les transmitió un rol en la vida, un objetivo que debía cumplir. Este sentimiento de motivación renovada ayudó a lograr que estos hombres, mujeres y niños, siguieran vivos, que sobrevivieran a Auschwitz, ser liberados y completar su tarea. Eso fue lo que oyó Viktor Frankl, mismo en Auschwitz, la Vayikrá con el Alef pequeño.

Hay otra historia, la del hombre llamado Eddie Jacobson. Eddie era un judío común del Lower East Side de Nueva York. Cuando aún era niño, sus padres se trasladaron a Kansas City y ahí conoció a un chico de su misma edad. Se hicieron rápidamente amigos, hicieron el servicio militar juntos durante la Primera Guerra Mundial, y decidieron que al terminar la guerra serían socios comerciales. Pusieron un negocio de ropa, pero el negocio no fue exitoso y al poco tiempo se separaron. Eddie siguió vendiendo ropa por su cuenta. Su amigo, Harry S. Truman siguió un camino algo diferente y terminó siendo presidente de los Estados Unidos.

En 1948-49, los judíos necesitaban el apoyo de Estados Unidos para el reconocimiento del Estado de Israel. El Departamento de Estado estaba en contra, y aconsejó al presidente no apoyar la creación del Estado. Los judíos y sus organizaciones hicieron lo imposible para ver al presidente, pero cada intento fue rechazado. Mismo Jaim Weizmann el hombre que luego sería el primer presidente de Israel, no lo logró.

Como los tiempos acuciaban, alguien recordó que Truman tuvo un amigo de la infancia llamado Eddie Jacobson. Lo llamaron y le preguntaron si podía lograr una entrevista del presidente con el Dr. Weizmann. Eddie llamó a Truman y le dijo que quería hablar con él. Los asesores del presidente trataron de impedirlo pero Truman les dijo “Es Eddie, mi viejo amigo, Eddie, mi compañero de escuela, del Ejército, Eddie, mi ex socio! Cómo no lo voy a recibir ?”

Cuando llegó a la Casa Blanca, Truman le dijo: “Eddie, háblame de cualquier cosa, menos de Israel.”Bueno” dijo Eddie, se paró en su oficina, delante del presidente de Estados Unidos y se largó a llorar. “Eddie, por qué lloras?” le preguntó. Eddie señaló una estatua de mármol que estaba en la oficina y le preguntó “Quién es ése, Harry?” “Ese es mi héroe, Andrew Jackson” replicó Truman. “Realmente admiras a este hombre?” preguntó Eddie. “Sí”. “Y tuvo mucha influencia sobre ti?” “Sí” dijo Truman. Entonces, dijo Eddie “Yo tengo un héroe. Se llama Jaim Wezmann, Harry, te pido que por mí, veas a este hombre.”Harry lo miró a Eddie, y sabía que no le podía decir que no a su viejo amigo. Fue así como Jaim Weizmann pudo entrevistarse con el presidente Truman, y fue así como Estados Unidos votó a favor de la creación del Estado de Israel. Si esto no hubiera ocurrido, Israel no habría nacido. Harry Truman hizo que Estados Unidos fuera la primera nación en reconocer al Estado de Israel cuando David Ben Gurión proclamó el nacimiento del Estado judío.

No sé exactamente cómo Hashem escribe el guión de la historia, pero si esto puede ocurrir con Eddie Jacobson, puede pasar con cualquiera de nosotros. U´mi  yodeia im l´et kazot higa´at lamaljut? Hashem llama a cada uno de nosotros, diciéndonos que hay un motivo por el cual estamos aquí, porque tiene una tarea para nosotros, algo que sólo nosotros podemos hacer. Podemos escuchar la voz de Hashem aun cuando hay hester panim, cuando parece que estuviera oculto, y mismo cuando el llamado, Vayikrá, está escrito con una Alef muy chiquita que apenas se puede ver u oir.

En el tercer capítulo de Hiljot Teshuvá, las Leyes del arrepentimiento, Rambam nos enseña cómo si nosotros, como individuos, y el mundo entero colectivamente, estuviéramos situados en equilibrio entre el mérito y el pecado. Nuestro próximo paso puede inclinar la balanza de nuestra vida, puede inclinarla en la vida de otro, o aun inclinar la balanza del mundo entero. Nunca sabemos si un acto nuestro tendrá consecuencias. Podía saber Esther, creciendo con Mordejai, que un día todo el futuro del pueblo judío estaría en sus manos? Nunca se sabe lo significativo que puede resultar una amistad, o lo que un momento puede deparar para uno o para algún otro y que puede simplemente cambiar al mundo.

No es necesario cambiar al mundo para cambiar al mundo. Déjame explicarlo. Si realmente creemos, como dice la Mishná en Sandedrin que nefesh ajat k´olam malei, “Una vida es como un universo”, entonces al cambiar una vida puedes comenzar a cambiar el universo de la única forma que puede hacerlo uno de nosotros, una vida a la vez, un acto en el tiempo.

Debemos siempre preguntarnos, qué quiere de mí Hashem en este lugar, en este tiempo? Porque siempre hay algo que Hashem quiere de nosotros, y no necesita que seamos alguien en especial para tener una tarea sagrada. Podemos ser simplemente una mujer judía llamada Esther o un hombre judío llamado Eddie y sin embargo, de alguna forma u otra, nuestros actos pueden tener consecuencias que no podemos ni imaginar. Aunque a veces puedas sentir que este es un mundo y una época en que hay hester panim, donde lo buscas a Hashem y no lo encuentras, todavía Él nos está diciendo U´mi yodeia im l´et kazot higa´at lemaljut? “ No fue por este momento que Yo te coloqué sobre la Tierra?”

Cuando llama Hashem, que cada uno de nosotros tenga el coraje de decir Hineni, aquí estoy. Hashem, dime que debo hacer y lo haré. Que podamos salir al mundo, caminando erguidos como judíos, caminando sin temor, como judíos, que podamos ser fieles a nuestra fe y una bendición para los otros, cualquiera sea su fe. Que podamos oír el llamado de Hashem y contestarlo. Que podamos traer bendición al mundo.

Purim sameaj!

 

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