Rabino Sacks Vayeji 5776 – Acerca de la no predicción del futuro

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

 

Acerca de la no predicción del futuro

Vayeji – 26 de diciembre, 2015 / 14 Tevet 5776

Rabino Sacks Vayeji 5776 [PDF]

Yaakov estaba en su lecho de muerte. Convocó a sus hijos, ya que los quiso bendecir antes de morir. Pero el texto comienza con una extraña semi-repetición:

“Acérquense, así les puedo decir lo que courrirá en los días venideros. Agrúpense y oigan, hijos de Yaakov; escuchen a vuestro padre Israel.”  (Gen. 49: 1-2)

Acá parece que dijera lo mismo dos veces, pero con una diferencia: en la primera frase hace referencia a “lo que ocurrirá en los días venideros” (literalmente “al final de los días”). Esto no aparece en la segunda frase.

Rashi, siguiendo al Talmud, (1) dice que “Yaakov quiso revelar lo que ocurriría en el futuro, pero la Divina presencia se sustrajo de él.” Trató de predecir el futuro pero vio que no lo podía hacer.

Este no es un detalle menor, es un aspecto fundamental de la espiritualidad judía. Creemos que  cuando se trata de seres humanos no podemos predecir el futuro. Construímos el futuro a través de nuestras elecciones. El guión aún no está escrito. El futuro está completamente abierto.

Esta es la diferencia más importante entre el antiguo Israel y la antigua Grecia. Los griegos creían en el destino, moira, aun en el destino ciego, ananke. Cuando el oráculo de Delfos le anunció a Layo que iba a tener un hijo que lo iba a matar, tomó todas las precauciones para asegurar que no ocurriera. Cuando nació su hijo, Layo le sujetó los pies a la roca para dejarlo morir.  Pero un pastor que pasó por el lugar lo salvó, y eventualmente fue criado por el rey y la reina de Corinto. Por tener los pies deformados se lo llamó Edipo, (“el de los pies hinchados”)

El resto de la historia es bien conocida. Todo lo que vio el oráculo, ocurrió, y cada acción destinada a evitarlo contribuyó a su fin. Una vez que habla el oráculo el destino está sellado y todos los intentos de evitarlo son en vano. Este conjunto de ideas es el núcleo central de una de las grandes contribuciones de los griegos a la civilización: la tragedia.

Sorprendentemente, dada la cantidad de siglos de sufrimiento de los judíos, no hay palabra alguna para la tragedia en el hebreo bíblico. La palabra ason significa “percance, calamidad, desastre” pero no tragedia en su sentido clásico. Una tragedia es un drama con final triste que involucra a un héroe destinado a experimentar una caída o destrucción debido a una falla de su carácter o un conflicto con una fuerza irresistible, como el destino. El judaísmo no tiene una palabra para denominar esto, porque no creemos en el destino como algo ciego, inevitable e inexorable. Somos libres. Podemos elegir. Como dijo sagazmente Isaac Balshevis Singer “Debemos ser libres: no tenemos alternativa!”

Esta aseveración no puede ser más contundente que en el Unetane tokef, el rezo que decimos en Rosh Hashaná y Iom Kipur. Aun después de decir que en “Rosh Hashaná está escrito y en Iom Kipur se sella…quién vivirá y quien morirá”, después decimos “Pero el arrepentimiento, el rezo y las buenas acciones anularán lo malo del decreto.” No hay sentencia a la que no podamos apelar ni veredicto que no se pueda mitigar mostrando que estamos  arrepentidos y dispuestos al cambio.

Hay un ejemplo clásico de esto en el Tanaj. “ En esos días Hezekiá enfermó y estaba al borde de la muerte. El profeta Isaías hijo de Amoz se aproximó y dijo: `Esto es lo que dice Dios: pon tu casa en orden puesto que vas a morir; no te recuperarás.´Hezekiá tornó su rostro a la pared y rezó a Dios,`Recuerda, Señor, como he caminado delante de Ti fielmente y con total devoción y he hecho lo que es bueno a tus ojos´. Y Hezekiá lloró amargamente. Antes de que Isaías  abandonara la corte central le llegó la palabra de Dios: `Vuelve y dile a Hezekiá, el rey de mi pueblo: esto es lo que el Señor, Dios de tu padre David, dice:¨ He oído tu plegaria y he visto tus lágrimas; te sanaré´”  (2 Reyes 20: 1-5; Isaías 38: 1-5).

El profeta Isaías le había dicho al rey Hezekiá que no se recuperaría, pero lo hizo. Vivió quince años más. Dios escuchó su rezo y le otorgó una suspensión de la ejecución. De esto infiere el Talmud: “Aunque un sable filoso esté sobe tu cuello, no debes dejar de rezar” (2). Rezamos por un buen destino pero no nos reconciliamos con la fatalidad.

Por eso hay una diferencia fundamental entre la profecía y la predicción. Si una predicción se convierte en realidad, es exitosa. Si una profecía es real, es que ha fallado. Un profeta no predice sino que advierte. Él o ella no dicen simplemente “Esto ocurrirá” sino, “Esto ocurrirá salvo que cambies.” El profeta actúa sobre la libertad humana, no sobre lo inevitable del destino.

Estuve una vez presente en una reunión donde a Bernard Lewis, el gran estudioso del Islam, le pidieron que adelantara el resultado de cierta intervención de la política exterior norteamericana, y dio una respuesta magnífica. “Yo soy historiador – dijo – así que solo hago predicciones sobre el pasado. Es más, soy un historiador jubilado así que hasta mi pasado es pasado.” Esta fue una respuesta profundamente judía.

En el siglo veintiuno sabemos mucho a nivel micro y macro. Miramos hacia arriba y vemos un universo de cien billones de galaxias y cada uno de ellos con cien billones de estrellas. Miramos hacia abajo y vemos al cuerpo humano que contiene cien trillones de células, cada una con una doble copia del genoma humano con 3.1 billones de letras de longitud, que transcriptas llenarían una biblioteca con 5.000 libros. Pero queda una cosa que no sabemos, y que nunca sabremos: qué pasará mañana. El pasado, dice L.P. Hartley, es un país foráneo. Pero el futuro es uno a descubrir. Es por eso que las predicciones fallan tan frecuentemente.

Esa es la diferencia esencial entre la naturaleza y la naturaleza humana. Los antiguos mesopotámicos podían hacer predicciones precisas sobre el movimiento de los planetas, pero aún hoy, a pesar de los equipos de resonancia cerebrales y de la neurociencia, todavía no podemos predecir lo que hará una persona. Muchas veces nos toman por sorpresa.

Esto se debe a que somos libres. Elegimos, nos equivocamos, aprendemos, cambiamos, crecemos. El que fracasa en la escuela termina siendo Premio Nobel. El líder que decepciona, inesperadamente muestra coraje y sabiduría en momentos de crisis. El pujante hombre de negocios presiente su mortalidad y decide dedicar el resto de su vida a ayudar a los pobres. Algunas de las personas más exitosas que conocí fueron desalentadas por sus maestras de escuela convenciéndolas de que nunca llegarían a nada. Constantemente desafiamos las predicciones. Esto es algo que la ciencia nunca explicó y quizás nunca lo haga. Algunos creen que la libertad es una ilusión, pero no lo es. Es lo que nos hace humanos.

Somos libres porque no somos meramente objetos. Somos sujetos. No respondemos solamente a eventos físicos sino de la forma en que percibimos esos eventos. Tenemos mentes, no solo cerebros. Tenemos pensamientos, no solo sensaciones. Reaccionamos, pero a veces elegimos no reaccionar. Hay algo en nosotros que no se puede reducir a lo material, a causas físicas y a efectos.

La forma en que nuestros ancestros hablaron de esto sigue siendo real y profundo. Somos libres porque Dios es libre y nos hizo a Su imagen. Eso es lo que quiso decir con las tres palabras que Dios le dijo a Moshé en el episodio de la zarza ardiente cuando le preguntó a Dios cuál era Su nombre. Dios le replicó Ehyé asher Ehyé. Esto se traduce frecuentemente como “Soy lo que soy”. Pero en realidad lo que significa es “Seré el que, y como, eligiré ser.” Yo soy el Dios de la libertad. Y soy impredecible. Observemos que Dios dice esto al comienzo de la misión de Moshé de liderar a un pueblo de la esclavitud a la libertad. Quería que los israelitas fueran un testimonio viviente del poder de la libertad.

No crean que el futuro está escrito. No lo está. No hay destino que no podamos cambiar ni predicciones que no podamos desafiar. No estamos predestinados a fracasar ni programados para el éxito. No predecimos el futuro porque el futuro lo hacemos nosotros: por nuestras elecciones, nuestra voluntad, nuestra persistencia y nuestra determinación de sobrevivir.

La prueba está en el pueblo judío mismo. La primer referencia de Israel fuera de la Biblia está grabada en la placa de Merneptah, inscripta por el faraón Merneptah IV, el sucesor de Ramsés II, alrededor del año 1225 a.e.c.  Dice: “Israel yace inerte, su simiente ya no es más.” Era, en síntesis, un obituario. El pueblo judío ha sido dado de baja muchas veces por sus enemigos, pero aún permanece, luego de cuatro milenios, joven y fuerte.

Es por eso que cuando Yaakov quiso decirles a sus hijos lo que ocurriría en el futuro, el espíritu Divino le fue sustraído. Nuestros hijos nos siguen sorprendiendo, así como nosotros sorprendemos a otros. Hechos a la imagen de Dios, somos libres. Sostenidos por las bendiciones de Dios, podemos ser más grandes de lo que nadie, aun nosotros mismos, podríamos predecir.

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(1) Rashi a Gen.49: 1; Pesajim 56 a; Pereshit Rabá 99: 5.

(2) Berajot 10 a

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