De piojos y hombres (Vaerá 5786)

Descarga aquí el ensayo en PDF.

El polvo de la tierra se convirtió en piojos por toda la tierra de Egipto. Los magos intentaron producir piojos con sus artes mágicas, pero no pudieron. Mientras tanto, los piojos infestaban por igual a personas y animales.
“Esto”, dijeron los magos al Faraón, “es el dedo de Dios”. Pero el corazón del Faraón se endureció y – tal como el Señor había anunciado – no les hizo caso. (Éx. 8:12–15)

Se ha prestado muy poca atención al uso del humor en la Torá. Su forma más importante es la sátira, utilizada para ridiculizar las pretensiones de los seres humanos que creen poder emular a Dios. Hay algo que hace reír a Dios – la visión de la humanidad intentando desafiar al cielo:

Los reyes de la tierra se alzan,
y los gobernantes conspiran juntos
contra el Señor y contra Su ungido.
“Rompamos nuestras cadenas”, dicen,
“y deshagamonos de sus ataduras”.
Él que habita en los cielos se ríe,
Dios se burla de ellos.
(Salmos 2:2-4)

Hay un ejemplo maravilloso en la historia de la Torre de Babel. Los habitantes de la llanura de Shinar deciden construir una ciudad con una torre que “llegue hasta el cielo”. Se trata de un acto de desafío contra el orden de la naturaleza dado por Dios (“Los cielos son los cielos de Dios; la tierra se la ha dado a los hijos del hombre”). La Torá continúa diciendo: “Pero Dios descendió para ver la ciudad y la torre…” (Gén. 11:5). En la tierra, los constructores pensaban que su torre alcanzaría el cielo. Desde la perspectiva del cielo, sin embargo, era tan diminuta que Dios tuvo que “descender” para verla.

La sátira es esencial para comprender al menos algunas de las plagas. Los egipcios adoraban a una multiplicidad de dioses, la mayoría de los cuales representaban fuerzas de la naturaleza. Mediante sus “artes secretas”, los magos creían poder controlar esas fuerzas. La magia es el equivalente, en una era de mito, a la tecnología en una era de ciencia. Una civilización que cree poder manipular a los dioses, cree del mismo modo que puede ejercer coerción sobre los seres humanos. En una cultura así, el concepto de libertad es desconocido.

Las plagas no estaban destinadas únicamente a castigar al Faraón y a su pueblo por el maltrato infligido a los israelitas, sino también a mostrarles la impotencia de los dioses en los que creían (“Ejecutaré actos de juicio contra todos los dioses de Egipto: Yo soy Dios”, Éx. 12:12). Esto explica la primera y la última de las nueve plagas previas a la muerte de los primogénitos. La primera involucró al Nilo. La novena fue la plaga de la oscuridad. El Nilo era adorado como la fuente de fertilidad en una región por lo demás desértica. El sol era considerado el mayor de los dioses, Re  (y el Faraón era tenido por su hijo). La oscuridad significó el eclipsamiento del sol, mostrando que incluso el mayor de los dioses egipcios no podía hacer nada frente al Dios verdadero.

Lo que está en juego en esta confrontación es la diferencia entre el mito – en el que los dioses son meros poderes, que pueden ser dominados, aplacados o manipulados – y el monoteísmo bíblico, en el que la ética (justicia, compasión, dignidad humana) constituye el punto de encuentro entre Dios y la humanidad. Esa es la clave de las dos primeras plagas, ambas de las cuales remiten al comienzo de la persecución egipcia contra los israelitas: la matanza de los niños varones al nacer, primero a través de las parteras (aunque, gracias al sentido moral de Shifrá y Puá, esto fue frustrado) y luego arrojándolos al Nilo para que se ahogaran.

Por eso, en la primera plaga, las aguas del río se convierten en sangre. El significado de la segunda, las ranas, habría sido inmediatamente evidente para los egipcios. Heqet, la diosa-rana, representaba a la partera que asistía a las mujeres en el parto. Ambas plagas son mensajes codificados que dicen: “Si utilizan el río y a las parteras – ambos normalmente asociados con la vida – para producir muerte, esas mismas fuerzas se volverán contra ustedes”. Un mensaje de enorme importancia está tomando forma: la realidad tiene una estructura ética. Si se usan con fines perversos, los poderes de la naturaleza se volverán contra el hombre, de modo que lo que él hace se le hará a él a su vez. Hay justicia en la historia.

La respuesta de los egipcios a estas dos primeras plagas fue interpretarlas dentro de su propio marco de referencia. Las plagas, para ellos, eran formas de magia, no milagros. Para los magos del Faraón, Moshé y Aarón eran personas como ellos, que practicaban “artes secretas”. Por eso las replican: muestran que ellos también pueden convertir el agua en sangre y generar una horda de ranas. La ironía aquí está muy cerca de la superficie. Tan empeñados están los magos egipcios en demostrar que pueden hacer lo mismo que Moshé y Aarón, que no se dan cuenta de que, lejos de mejorar la situación para los egipcios, la están empeorando: más sangre, más ranas.

Esto nos conduce a la tercera plaga, los piojos. Uno de los propósitos de esta plaga es producir un efecto que los magos no pueden replicar. Lo intentan. Fracasan. Inmediatamente concluyen: “Este es el dedo de Dios”.

Esta es la primera aparición en la Torá de una idea – sorprendentemente persistente en el pensamiento religioso incluso hoy – llamada “el dios de los vacíos”. Según esta idea, un milagro es algo para lo cual todavía no podemos encontrar una explicación científica. La ciencia es natural; la religión es sobrenatural.

Un “acto de Dios” es algo que no podemos explicar racionalmente. Aquello que los magos (o los tecnócratas) no pueden reproducir debe ser el resultado de una intervención divina. Esto conduce inevitablemente a la conclusión de que religión y ciencia están enfrentadas. Cuanto más podemos explicar científicamente o controlar tecnológicamente, menos necesidad tenemos de fe. A medida que el alcance de la ciencia se expande, el lugar de Dios se reduce progresivamente hasta desaparecer.

Lo que la Torá sugiere es que este es un modo de pensamiento pagano, no judío. Los egipcios admitieron que Moshé y Aarón eran verdaderos profetas cuando realizaron prodigios más allá del alcance de su propia magia. Pero no es por eso que creemos en Moshé y Aarón. En este punto, Maimónides es inequívoco:

Israel no creyó en Moshé, nuestro maestro, a causa de los signos que realizó. Cuando la fe se fundamenta en signos, siempre permanece una duda latente de que esos signos puedan haber sido realizados con la ayuda de artes ocultas y hechicería. Todos los signos que Moshé realizó en el desierto los hizo porque eran necesarios, no para autenticar su condición de profeta… Cuando necesitábamos alimento, hizo descender el maná. Cuando el pueblo tuvo sed, hendió la roca. Cuando los partidarios de Koraj negaron su autoridad, la tierra los tragó. Y así con todos los demás signos. ¿Cuáles fueron entonces los fundamentos de nuestra fe en él? La Revelación en el Sinaí, que vimos con nuestros propios ojos y oímos con nuestros propios oídos…
(Hiljot Iesodei haTorá 8:1)

La manera principal en que encontramos a Dios no es a través de milagros, sino a través de Su palabra – la revelación – la Torá – que es la constitución del pueblo judío como nación bajo la soberanía de Dios. Ciertamente, Dios está en los acontecimientos que, al parecer, desafían a la naturaleza y que llamamos milagros. Pero también está en la propia naturaleza. La ciencia no desplaza a Dios: revela, de maneras cada vez más intrincadas y maravillosas, el diseño que hay en la naturaleza misma. Lejos de disminuir nuestro sentido religioso, la ciencia – bien entendida – debería ampliarlo, enseñándonos a ver: “¡Cuán grandes son Tus obras, Dios; todas las hiciste con sabiduría!”. Por encima de todo, Dios se encuentra en la Voz oída en el Sinaí, que nos enseña cómo construir una sociedad que sea lo opuesto a Egipto: una en la que unos pocos no esclavicen a muchos, ni los extranjeros sean maltratados.

El mejor argumento contra el mundo del Antiguo Egipto fue el humor divino. Los sacerdotes y magos de los cultos que pensaban que podían controlar el sol y el Nilo descubrieron que ni siquiera podían producir un piojo. Faraones como Ramsés II demostraban su estatus cuasi divino creando una arquitectura monumental: los grandes templos, palacios y pirámides cuya inmensidad parecía dar testimonio de una grandeza divina – la Guemará explica que la magia egipcia no podía operar con cosas muy pequeñas. Dios se burla de ellos revelando Su Presencia en las criaturas más diminutas. “Les mostraré el temor en un puñado de polvo”, escribió el poeta T. S. Eliot.

Lo que los magos egipcios – y sus sucesores contemporáneos – no comprendieron es que el poder sobre la naturaleza no es un fin en sí mismo, sino únicamente el medio para fines éticos. Los piojos fueron la broma de Dios a expensas de los magos que creían que, porque controlaban las fuerzas de la naturaleza, eran los dueños del destino humano. Estaban equivocados. La fe no es meramente la creencia en lo sobrenatural. Es la capacidad de oír el llamado del Autor del Ser, de ser libres de tal modo que respetemos la libertad y la dignidad de los demás. 


PREGUNTAS PARA PENSAR

  1. ¿Hay momentos en los que caemos en la misma trampa que los magos egipcios, suponiendo que nuestras capacidades modernas significan que hemos dominado cosas que en realidad no comprendemos?
  2. ¿Por qué crees que los magos egipcios intentaron replicar las plagas en lugar de detenerlas?
  3. ¿De qué otras maneras aparece en la Biblia la idea de que Dios se burla de la arrogancia humana?

Traductores

Abraham Maravankin