¿Puede haber justicia sin compasión? (Ki Tisá 5782)

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En el apogeo del drama del Becerro de Oro, ocurre una escena vívida y dramática. Moshé ha asegurado el perdón para el pueblo. Pero ahora, nuevamente sobre el Monte Sinaí, hace aún más. Le pide a Dios que esté con el pueblo. Le pide que le “enseñe Sus caminos,” y “muéstrame Tu gloria” (Éxodo 33: 13, Éxodo 18) Dios le responde:

Yo haré que toda Mi bondad pase delante de ti, y proclamarás Mi nombre, el Señor, en tu presencia… Tendré merced con quien tenga Yo merced, y tendré compasión con quien Yo tenga compasión.” Pero, dijo “no podrás ver Mi rostro, pues nadie podrá verMe y seguir viviendo.” (Éxodo 33: 20)

Dios entonces coloca a Moshé en una hendidura de la roca diciéndole que “podrás ver Mi espalda pero no Mi rostro», y Moshé lo oye decir estas palabras:

“Señor, oh Señor, Dios misericordioso y lleno de gracia, lento en la ira, pródigo en amor y lealtad, que proporciona amor a miles y perdona maldad, rebelión y pecado. Pero no deja a los culpables sin castigo” (Éxodo 34: 6-7) 

Este pasaje se conoció como “los Trece Atributos de la Misericordia de Dios.”

Los sabios entendieron este episodio como la instancia en la que Dios le enseña a Moshé y a través de él a todas las generaciones futuras, cómo rezar para exculparse de un pecado (Rosh Hashaná 17b). Moshé mismo utilizó estas palabras con pequeñas variantes en la crisis siguiente, la de los espías. Más adelante, fue la base de los rezos especiales llamados Selijot, rezos de penitencia. Es como si Dios se estuviera obligado a sí  mismo para perdonar al penitente en cada generación a través de esta auto definición. [1] Dios es misericordioso y vive con amor y perdón. Se trata de un elemento esencial de la fe judía.

Pero hay una advertencia. Dios agrega: “pero Él no dejará a los culpables sin castigo.” Hay una cláusula adicional en cuanto al efecto de los pecados sobre los hijos que requiere atención especial, pero no es nuestro tema actual. La advertencia nos dice que hay perdón, pero también castigo. Hay compasión pero también justicia.

¿Por qué? ¿Por qué debe haber justicia y también compasión, castigo y perdón? Los sabios dijeron:

“Cuando Dios creó el universo lo hizo con el atributo de justicia, pero vio que no se podía sobrevivir. ¿Qué hizo? Agregó compasión a la justicia y creó el mundo.” (Rashi a Génesis 1: 1)

Está declaración anima a formular la misma pregunta: ¿por qué no abandonó Dios la justicia totalmente? ¿Por qué no es suficiente solo con el perdón?

Algunas investigaciones fascinantes en diversas disciplinas, desde la filosofía moral hasta la psicología evolutiva y de la teoría del juego hasta la ética ambiental nos proporcionan una extraordinaria e inesperada respuesta.

La mejor puerta de entrada al tema es el famoso texto escrito por Garrett Harding en 1968 sobre “la tragedia de los comunes.” [2] Nos pide que imaginemos un bien que no tenga un dueño específico: tierra de pastoreo que pertenece a todos (los comunes), por ejemplo, o el mar y los peces que contiene. El bien en cuestión podría ser un ingreso para muchas personas, los chacareros,los pescadores. Pero a la larga atrae a demasiada gente. Hay un exceso de cultivo y de pesca y finalmente el bien se extingue. El campo corre el riesgo de degradarse. Los peces, el peligro de extinción. [3]

¿Qué ocurre entonces? El bien común requiere que de aquí en más todos y cada uno deben restringirse. Deben limitar el número de animales a pastorear o la cantidad de peces a extraer. Pero algunos individuos estarán tentados de no hacerlo. Continuarán con los excesos de ganadería y pesca. Y lo justificarán diciendo que la utilidad para ellos es importante y la pérdida para los demás insignificante, ya que estaría dividida entre muchos. El interés propio precede al bien común, y si una cantidad suficiente de personas lo practican, el resultado sería desastroso.

Esta es la tragedia del hombre común y explica cómo ocurren los desastres ambientales y también otros. El problema es el aprovechador (free rider), la persona que busca su propio interés sin tener en cuenta el bien común. Dada la importancia de este tipo de situaciones para muchos problemas contemporáneos, los mismos han sido estudiados intensivamente por biólogos matemáticos,  como Anatol Rapoport y Martin Nowak y por economistas conductistas como Daniel Kahneman y el fallecido Amós Tversky. [4]

Decidieron crear situaciones experimentales para simular ese tipo de problema. He aquí un ejemplo: cuatro jugadores reciben $8.- cada uno. Se les informa que pueden invertir la cantidad que quieran en un fondo común. El director del experimento recoge las contribuciones, las suma, le agrega el 50% (la utilidad que hubiera obtenido el campesino o el pescador al usar el bien común) y distribuye el remanente entre los jugadores por partes iguales. O sea que si cada uno contribuyó el total de los $8 al fondo, recibirá $12. Pero si algún jugador no aporta nada, el total será $24 que con el adicional del 50% se transformará en $36. Para los tres aportantes la suma final se habrá incrementado en $1, mientras que el free rider habrá ganado $9 más.

Sin embargo, esta no es una situación estable. Cuando el juego se repite, los participantes se dan cuenta de que hay un free rider entre ellos aunque el juego haya estado estructurado para preservar el anonimato. Ocurre entonces una de dos cosas. O se ponen todos de acuerdo en no contribuir al fondo (del bien común) o aceptan, si fuera posible, castigar al free rider. Frecuentemente las personas están deseosas de castigar, aunque les signifique una pérdida, fenómeno a veces llamado “castigo altruista.”

En algunos casos han colocado a los jugadores en equipos de resonancia magnética, para determinar qué parte del cerebro se activa. Lo interesante es que el castigo altruista está ligado a los centros de placer del cerebro. Kahneman lo explica de esta forma:

“Parecería que mantener el orden social y las reglas de ecuanimidad de esta manera  constituye en sí su recompensa. El castigo altruista bien podría ser el pegamento que mantiene unida a la sociedad.” [5] 

Sin embargo esta no es una situación feliz. El castigo es una mala noticia para todos. El que ofendió, sufre, pero también sufren los que castigan, ya que podrían haber tenido la posibilidad de invertir su tiempo y dinero en otras actividades vinculadas al mejoramiento colectivo. En estudios culturales comparativos, resulta que las personas oriundas de países donde esa práctica está más difundida son las que castigan más severamente. Las personas que provienen de sociedades donde la corrupción es más común y donde hay menos espíritu de bien público suelen ser las más punitivas. El castigo, en otras palabras, es una solución de último recurso.

Esto nos lleva a la religión. Una amplia serie de experimentos ha arrojado luz sobre el rol de las prácticas religiosas en estas circunstancias. Se han hecho pruebas en las cuales los concursantes tuvieran la oportunidad de hacer trampa y así obtener una ventaja. Si, sin conexión alguna con el experimento en cuestión, los participantes hubieran  tenido contacto con pensamientos religiosos – palabras vinculadas con Dios, por ejemplo, o recordar los Diez Mandamientos – engañan significativamente menos.[6] Lo que es especialmente fascinante de estos experimentos es que los resultados no muestran relación alguna con la creencia de los participantes. La diferencia no está en creer en Dios, sino en tener presente a Dios antes de la prueba. Esta puede ser una de las causas por las cuales el rezo diario y otros rituales son tan importantes. Lo que nos afecta en los momentos de tentación no es tanto el trasfondo de la creencia sino el acto de tener presente ese hecho de creer.

De mucho mayor significancia han sido los experimentos diseñados para calcular las diferentes maneras de pensar acerca de Dios. ¿Pensamos principalmente en términos del perdón Divino o de Su justicia y castigo? Algunos aspectos dentro de las grandes religiones enfatizan uno u otro. Hay predicadores incendiarios y otros que hablan con una pausada y suave voz de amor. ¿Cuál es la más efectiva?

Huelga decir que cuando los sujetos  del experimento eran agnósticos o ateos no había ninguna diferencia. Entre los creyentes, sin embargo, la diferencia resultó significativa. Los que creen en un Dios punitivo roban y engañan menos que los que creen en un Dios que perdona. Los experimentos fueron luego realizados para ver cómo los creyentes se relacionan con los free riders en situaciones de bien común como las descritas anteriormente. ¿Estaban dispuestos a perdonar o a castigarlos aún a costa de ellos mismos? Aquí los resultados fueron reveladores. Los que creen en un Dios punitivo castigan menos que los que creen en un Dios que perdona. [7] Los que creen que, como dice la Tora , Dios “no deja a los culpables sin castigo,” estaban más dispuestos a dejar que del castigo se encargue Dios. Los que se enfocaron más en el perdón Divino, eran más proclives a la devolución o la venganza.

Lo mismo es aplicable a las sociedades como tal. Acá la experimentación utilizó términos no exactamente pertinentes al judaísmo: compararon los países en términos del porcentaje de creyentes en el cielo y el infierno. “Las naciones con el más alto nivel de creyentes en el infierno y la más baja en el cielo, tenían los niveles más bajos de criminalidad. Por el contrario, los que creían más en el cielo eran los campeones de la delincuencia. Este modelo persiste a través de casi todas las  religiones, incluyendo varias de las cristianas, las hindúes y las religiones sincréticas que son una combinación de varios sistemas de creencia.”[8]

Este hallazgo fue tan sorprendente que la gente preguntó: en tal caso, ¿por qué existen religiones que restan  énfasis al castigo Divino? Azim Shariff ofrece la siguiente explicación:

“Porque aunque el infierno podría ser una buena manera de que la gente sea buena, el cielo es mucho mejor para que ellos se sientan bien.” Por lo tanto, si una religión se concentra en conseguir adeptos, “es mucho más fácil vender la religión que promete el paraíso divino que la que amenaza a los creyentes con fuego y azufre.” [9]

Ahora está claro por qué, en el mismo momento en que está declarando Su compasión, gracia y perdón, Dios insiste en que no dejará al culpable sin castigo. Un mundo sin justicia Divina sería el lugar donde habrá más resentimiento, crimen y castigo y menos espíritu comunitario y perdón, aun entre los creyentes. Cuanto más creemos que Dios castigará a los culpables, más estamos inclinados al perdón. Cuanto menos creemos que Dios castiga a los culpables, más resentidos y punitivos nos volvemos. Esta es una verdad totalmente opuesta a lo intuitivo, pero es la que nos permite ver la sabiduría profunda de la Torá en la tarea de crear una sociedad compasiva y comprensiva.


  1. ¿Qué valor es más importante para tí, la justicia o la compasión?
  2. ¿Piensas en Dios principalmente como un Dios de justicia o de compasión? ¿Puede Dios ser ambos?
  3. ¿En qué forma creer en un Dios que castiga nos incita a perdonar?

  1. El Talmud en Rosh HaShaná 17b sostiene que Dios hizo un pacto basado en estas palabras, comprometiendoSe a Sí Mismo a perdonar a aquellos que, en penitencia, apelaran a estos atributos. De aquí su centralidad en los rezos previos a Rosh HaShaná y Iom Kipur, y en el propio Iom Kipur.
  2. Garrett Hardin, “The Tragedy of the Commons,” Vol. Science 162, 13 December 1968: no. 3859 pp. 1243-1248.
  3. Desde mucho antes que el texto de Garret Hardin, existe una vieja historia jasídica sobre un poblado donde cada habitante debía donar una cierta cantidad de vino para llenar un gran tonel, que sería regalado al Rey en su visita al poblado. Cada habitante, en secreto, contribuyó sólo con agua en lugar de vino, pensando que una dilución tan pequeña no sería perceptible en un regalo tan grande. El Rey arribó, los habitantes le entregaron el tonel, bebió de él y dijo: “Esto es simplemente agua”. Creo que muchas tradiciones folclóricas tienen historias similares. Esta es, en esencia, la tragedia de los comunes.
  4. Ver Robert Axelrod, The Evolution of Cooperation. New York: Basic, 1984. Matt Ridley, The Origins of Virtue, Penguin, 1996. Daniel Kahneman, Thinking, Fast and Slow, Allen Lane, 2011. Martin Nowak and Roger Highfield, Super Cooperators: Evolution, Altruism and Human Behaviour or Why We Need Each Other to Succeed, Edinburgh: Canongate, 2011.
  5. Kahneman, Thinking, Fast and Slow, 308.
  6. Ara Norenzayan, Big Gods: How Religion Transformed Cooperation and Conflict, Princeton University Press, 2013, 34-35.
  7. Ibid., 44-47.
  8. Ibid., 46.
  9. Ibid.

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Abraham Maravankin