Rabino Sacks Ki Tavó 5778 – El relato que contamos

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

El relato que contamos

Ki Tavó 5778

Rabino Sacks Ki Tavo 5778 [PDF]

El sitio: Jerusalem hace veinte siglos. La ocasión: la llegada de los primeros frutos al Templo. La escena la describe la Mishná:(1) A lo largo de todo Israel los aldeanos se reúnen en los 24 centros regionales donde pasan la noche al aire libre. A la mañana siguiente el líder del grupo convoca a la gente con palabras del libro de Jeremías (31: 5): “Levántense y subamos a Sión, a la Casa del Señor, nuestro Dios.”

Los que viven cerca de Jerusalem llevan higos y uvas. Los más distantes, pasas e higos desecados. Un buey marcha adelante, sus cuernos recubiertos de oro y su cabeza adornada con una corona de hojas de olivo. Un integrante del grupo toca la flauta. Al llegar cerca de la ciudad, despachan a un mensajero para anunciar el arribo y comienzan a adornar los primeros frutos. Los gobernadores y dirigentes de la ciudad salen a recibirlos y los artesanos detienen sus tareas para clamar: “Hermanos de ese lugar: vengan en paz!”

El flautista sigue tocando hasta que la procesión llega al Monte del Templo. Ahí, colocan cada una de las canastas de fruta sobre sus hombros – la Mishná dice que hasta el rey Agripa lo hacía – y los llevan al atrio del templo. En ese lugar los Levitas cantan el Salmo 30:2: “Yo te alabaré, Dios, pues me has elevado e impedido que mis enemigos se regocijen ante mí.”

La escena, al converger los grupos de todas partes de Israel, debe haber sido vívida e inolvidable. Sin embargo, la parte más importante de la ceremonia vendría a continuación. Con los canastos aún sobre los hombros los caminantes dicen: “Yo declaro hoy al Señor vuestro Dios que he arribado a la tierra que el Señor juró dar a nuestros ancestros.” Cada uno toma entonces el canasto por el borde, el Cohen coloca su mano por debajo, la agita ceremonialmente, y el portador de la fruta recita el pasaje siguiente, cuyo texto está en nuestra parashá:

“Mi antepasado fue un arameo errante. Bajó a Egipto y vivió allí como extranjero, y el pueblo, pequeño en número, se convirtió en una gran nación, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron y nos hicieron sufrir, sometiéndonos a dura labor. Clamamos ante el Señor, Dios de nuestros antepasados. El Señor oyó nuestra voz y vio nuestro sufrimiento, nuestro esfuerzo y nuestra opresión. El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, con poder atemorizante, con señales y prodigios. Él nos trajo a este lugar y nos otorgó la tierra, una tierra en la que mana leche y miel. Ahora traigo los primeros frutos de la tierra que Tú, oh Dios, me has dado.” (Deut. 26: 5-10) 

Este pasaje nos resulta familiar porque recitamos una parte, los primeros cuatro versículos, en la Hagadá de Pesaj, la noche del Seder. Pero no se trata de un mero ritual. Como explica Yosef Hayim Yerushalmi en su Zakhor: Jewish History and Memory, el pasaje constituye una de las contribuciones más revolucionarias del judaísmo a la civilización mundial.(2)

Lo original no era la celebración en sí de los primeros frutos. Muchas culturas tienen ceremonias parecidas. Lo singular del ritual de nuestra parashá y la visión del mundo bíblico de la que deriva, es que nuestros antepasados vieron a Dios más en la historia que en la naturaleza. Normalmente lo que celebraría la gente al traer los primeros frutos sería la naturaleza misma: las estaciones, el suelo, la lluvia, la fertilidad de la tierra, o lo que Dylan Thomas llama “la fuerza que a través del verde conducto impulsa a la flor.” La ceremonia de los primeros frutos de la Biblia es bastante diferente. No trata sobre la naturaleza sino sobre el formato de la historia, el nacimiento de Israel como nación, y el poder de redención de Dios que liberó a nuestros antepasados de la esclavitud.

Lo nuevo de esta visión del mundo es lo siguiente:

  1. Los judíos fueron, como postula Yerushalmi, los primeros en ver a Dios en la historia.
  2. Fueron los primeros en ver la historia en sí, en una narrativa extendida con un tema abarcador. Esa visión fue sostenida a través de toda la era bíblica, ya que eventos de mil años atrás fueron interpretados por los profetas y registrados por los historiadores bíblicos.
  3. El tema de la historia bíblica es la redención. Comienza con sufrimiento, tiene un período medio de una relación dramática e interactiva entre Dios y el pueblo, y finaliza con el retorno al hogar y la bendición.
  4. La narrativa se internaliza: es la transición de la historia a la memoria, y de eso trata la declaración de los primeros frutos. Los que estaban en el Templo diciendo esas palabras estaban declarando: esta es mi historia. Trayendo estos frutos de la tierra, mi familia y yo somos parte de ella.
  5. Lo más importante es que la historia fue la base de la identidad. En realidad, es esa la diferencia entre la historia y la memoria. La historia es la respuesta a la pregunta: “Qué pasó?” La memoria es la respuesta a la pregunta: “Quién soy yo?” En la enfermedad de Alzheimer, al perder la memoria se pierde la identidad. Lo mismo es válido para una nación en su totalidad. (3) Cuando relatamos la historia del pasado de nuestro pueblo, renovamos nuestra identidad. Tenemos el contexto en el cual comprendemos quiénes somos en el presente y qué debemos hacer para transmitir nuestra identidad en el futuro.

Es difícil captar lo significativo que esto resulta. La modernidad de Occidente ha estado marcada por dos intentos bastante distintos de escapar de la identidad. El primero, en el siglo XVIII, fue en el Iluminismo europeo que se centró en dos universalismos: la ciencia y la filosofía. La ciencia tiene por objeto descubrir leyes universalmente ciertas. La filosofía, en descubrir estructuras universales de pensamiento.

La identidad tiene que ver con los grupos, Nosotros y Ellos. Pero los grupos entran en conflicto. Por eso el Iluminismo buscó un mundo sin identidades, en el cual somos todos solo seres humanos. Pero la gente no puede vivir sin identidades, y las identidades nunca son universales. Son siempre esencialmente particulares. Lo que hace que seamos una persona singular es lo que nos hace diferentes de otras personas en general. Por lo tanto, ninguna disciplina intelectual que aspira a la universalidad podrá captar totalmente el sentido y la significación de la identidad.

Fue este el punto ciego del Iluminismo. La identidad retornó con furia en el siglo XIX, basada en tres factores: nación, raza o clase. En el siglo XX el nacionalismo condujo a dos guerras mundiales. El racismo, al Holocausto. La lucha de clases marxista derivó eventualmente en Stalin, el gulag y la KGB.

Desde los años sesenta Occidente se ha embarcado en un segundo intento de escapar a la identidad, no a favor de lo universal sino del individuo, entendiendo que la identidad es algo que cada uno de nosotros crea libremente para sí. Pero la identidad nunca fue creada de esa manera. Siempre se trató de que formara parte de un grupo. La identidad, como el lenguaje, es esencialmente social. (4)

Igual que lo que ocurrió después del Iluminismo, la identidad volvió con toda la fuerza a Occidente, esta vez en la forma de la política de las identidades (basadas en el género, la etnia u orientación sexual). Esto conducirá, si se permite su florecimiento, a más desastres históricos. Es la mayor amenaza al futuro de la democracia liberal.

Lo que ocurría en Jerusalem cuando el pueblo llevó sus primeros frutos tuvo inmensas consecuencias. Significó que relataran periódicamente la historia de quiénes eran y por qué. Ninguna nación ha dado mayor significación a contar su historia en forma colectiva que el judaísmo, por lo cual la identidad judía es la de mayor fortaleza que el mundo ha conocido, la única que ha sobrevivido durante veinte siglos sin ninguna de las bases habituales de la identidad: poder político, territorio compartido, y un lenguaje común para la comunicación diaria.

Está claro que no todas las identidades son iguales. Es una característica de las identidades judías y de otras inspiradas por la Biblia hebrea lo que Dan McAdams llama “el ser redentor.”· (5) La persona con este tipo de identidad, dice, “modela su vida de acuerdo con la narrativa, en la que como niño, un héroe dotado resuelve el sufrimiento de otros,  como adolescente desarrolla convicciones morales fuertes y como adulto asciende y progresa firmemente, con la confianza de que las experiencias negativas finalmente serán redimidas.” Más que otras historias de vida, el ser redentor encarna “la creencia de que cosas malas pueden ser superadas y reafirma la convicción del narrador de construir un mundo mejor.”

Lo que hizo que el relato bíblico fuera tan singular es su enfoque en la redención. En sociedad con Dios podemos cambiar el mundo. Esta historia es nuestra heredad como judíos y nuestra contribución a los horizontes morales de la humanidad. De ahí proviene la idea transformadora de vida: Nuestras vidas están modeladas por la historia que contamos acerca de nosotros mismos, así que es necesario tener la seguridad de que lo que relatamos hable de nuestras más altas aspiraciones y que la contemos regularmente.

 

SacksSignature

  1. Mishná, Bikurim 3: 2-6
  2. Yosef Hayyim Yerushalmi, Zakhor: Jewish History and Memory, University of Washington Press, 1982
  3. El historiador David Andress publicó un libro recientemente. Cultural Dementia, subtitulado How the West Lost its History and Risks Losing Everything Else (Cómo Occidente perdió su historia y corre el riesgo de perder todo lo demás) (London, Head of Zeus, 2018) donde aplica un criterio similar al Occidente contemporáneo.
  4. En su nuevo libro, 21 Lessons for the 21th Century (London, Jonathan Cape,2018) Yuval Harari aboga apasionadamente en contra de las historias, significados e identidades, y opta en vez por la conciencia como base de la humanidad y la meditación como forma de vida con sentido. Adopta una posición diametralmente opuesta a todo lo argumentado en este trabajo. En los tiempos modernos, los judíos – ya sean filósofos, marxistas, posmodernos o budistas – frecuentemente han sido opositores a la identidad. Como lo expresó el difunto Shlomo Carlebach: “Si alguien me dice,’yo soy católico’, yo sé que es católico. Si dice ‘soy protestante’, sé qué es protestante. Pero si alguien me dice ‘solo soy un ser humano’, yo ya sé que es judío.”
  5. Dan McAdams, The redemptive Self: Stories Americans Live By, Oxford University Press, 2006

 

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