Rabino Sacks Balak 5778 – Un pueblo que vive solo

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Un pueblo que vive solo

Balak 5778

Rabino Sacks Balak 5778 [PDF]

Es este un momento extraordinario de la historia judía, por algunas buenas razones, y por otras no tan buenas. Por primera vez en casi 4,000 años tenemos soberanía e independencia en la tierra de Israel, y libertad e igualdad en la diáspora. Ha habido otros tiempos – todos demasiado breves – en que los judíos tuvieron una cosa o la otra, pero nunca antes ambos simultáneamente. Esa es la buena noticia.

La no tan buena es que el antisemitismo ha retornado en un tiempo de plena memoria viviente del Holocausto. El Estado de Israel permanece aislado en el ámbito internacional. Aún está rodeado de enemigos. Es la única, de todas las 193 naciones, cuyo derecho a existir es constantemente cuestionado y sometido a amenazas.

Dado todo esto, parece ser un buen momento para reexaminar las palabras que figuran en la parashá de esta semana expresadas por el profeta pagano Bilaam, que para muchos parece ser el resumen más preciso de la historia judía y de su destino:

Desde los picos de las rocas los veo,

           desde las alturas poso mi vista sobre ellos.

           Es un pueblo que vive solo,

           No reconociéndose como uno entre las naciones. (Núm.23: 9)

Para dos importantes diplomáticos israelíes del siglo XX – Yaakov Herzog y Naftali Lau-Lavie – estos versos identifican el sentir del pueblo judío después del Holocausto y el establecimiento del Estado de Israel. Herzog, hijo de uno de los jefes rabínicos de Israel y hermano de Jaim que fue presidente de Israel, fue director general de la oficina del Primer Ministro desde 1965 hasta su fallecimiento en 1972. Naftali Lavie, sobreviviente del Holocausto y cónsul general de Israel en Nueva York, vivió para ver a su hermano, Israel Meir Lau, ser nombrado Gran Rabino de Israel. Los ensayos de Herzog fueron publicados bajo el título de A people that dwell alone (Un pueblo que vive solo) extraído de las palabras de Bilaam. El trabajo de Lavie, Bilaam’s Prophesy, también hace referencia a esos versos.(1)

Para ambos autores, este texto expresa la singularidad del pueblo judío – su aislamiento por un lado, su desafío y resiliencia por el otro. Aunque ha soportado la oposición y la persecución de algunas de las más grandes superpotencias, ha sobrevivido a todas.

Sin embargo, dado el retorno del antisemitismo, vale la pena reflexionar sobre una interpretación muy particular de este texto dada- por el decano de la yeshivá de Volozhin, R. Naftali Zvi Yehuda Berlin (Netziv, Rusia, 1816-1893). Netziv lo interpreta de la siguiente forma: cuando integrantes de otras naciones se exiliaron y asimilaron a la cultura dominante, encontraron respeto y aceptación. Con los judíos resultó lo contrario. En el exilio, cuando permanecieron fieles a su fe y a su modo de vida, pudieron vivir en paz con sus vecinos gentiles. Cuando intentaron asimilarse, fueron despreciados y denigrados.

El texto, dice Netziv, debe leerse de la siguiente forma: “Si es un pueblo contento de estar solo, fiel a su identidad distintiva, entonces podrá vivir en paz. Pero si los judíos quieren vivir como las naciones, éstas no las considerarán merecedoras de respeto.” (2)

Esta es una afirmación altamente significativa, dado el tiempo y el lugar en que fue expresada, en Rusia en los finales del siglo XIX. En esa época muchos judíos rusos se habían asimilado, algunos de ellos convirtiéndose al cristianismo. Pero el antisemitismo no disminuyó. Creció, explotando con violencia en los pogromos que se produjeron en más de cien pueblos en 1881, seguido por las notoriamente antisemitas Leyes de Mayo. Advirtiendo el peligro que correrían de permanecer allí, entre 3 y 5 millones de judíos huyeron a Occidente.

Fue en ese tiempo que León Pinsker – un médico judío que creía que el desarrollo del humanismo y el Iluminismo pondrían fin al antisemitismo -cambió radicalmente de opinión y escribió uno de los primeros textos del sionismo secular: Auto-emancipación (1882). Con palabras llamativamente parecidas a las de Netziv dijo: “Al buscar la fusión con otros pueblos, los judíos renunciaron deliberadamente a alguna parte de su nacionalidad. Sin embargo, en ningún lugar lograron obtener de sus conciudadanos un reconocimiento como nativos de igual condición social”. Intentaron ser como todos los demás, pero eso los dejó más aislados aún.

Algo parecido ocurrió en Europa occidental. Lejos de terminar con la hostilidad hacia los judíos, el Iluminismo y la Emancipación generaron una simple mutación de la judeofobia religiosa al antisemitismo racial. Nadie se refirió a este tema con mayor agudeza que Teodoro Herzl en El Estado Judío (1896):

Hemos tratado sinceramente en todos lados de incorporarnos a las comunidades vecinas preservando la fe de nuestros padres. No nos lo han permitido. En vano somos patriotas leales y nuestra lealtad ha llegado en algunos casos a situaciones extremas; en vano hemos hecho los mismos sacrificios de vida y propiedad que nuestros compatriotas; en vano luchamos por incrementar la fama de nuestros países nativos en los terrenos de la ciencia y el arte, en su riqueza y comercio. En países en los que hemos vivido durante siglos nos siguen tratando como extranjeros…Si solo nos dejaran en paz…Pero creo que no, que no nos dejarán en paz.

           Cuanto mayor sea el éxito que tengamos en ser como los demás, dio a entender Herzl, más odiados seremos. Conscientemente o no, estas voces del siglo XIX reproducen los sentimientos articulados hace 26 siglos por el profeta Ezequiel, hablando en nombre de Dios acerca de los posibles asimilacionistas entre los exiliados judíos de Babilonia:

Ustedes dicen: “queremos ser como las naciones, como los pueblos del mundo, que adoran la madera y la piedra. Pero eso que tienen en la mente nunca ocurrirá.” (Ez. 20: 32)

El antisemitismo es uno de los fenómenos más complejos de la historia del odio, y no es mi intención simplificarlo. Pero hay algo significativo que perdura en la convergencia entre los dichos de Netziv, uno de los grandes rabinos de su época, y los dos grandes sionistas seculares, Pinsker y Herzl, pese a sus diferencias en otras áreas. La asimilación no es remedio contra el antisemitismo. Si no eres querido por lo que eres, no lo serás por pretender lo que no eres.

Los judíos no pueden curar el antisemitismo. Sólo pueden hacerlo los antisemitas, junto a la sociedad a la cual pertenecen. El motivo es que los judíos no son los causantes del antisemitismo. Son el objeto del mismo, lo cual es algo diferente. La causa del antisemitismo es un profundo malestar de las culturas en las cuales aparece. Ocurre cuando una sociedad siente que hay algo importante que no anda bien, cuando hay una disonancia cognitiva profunda entre la forma en que funcionan las cosas y cómo piensa la gente que deberían ser. El pueblo entonces se enfrenta a dos posibilidades: O se pregunta “Qué es lo que hicimos mal?” y comienza a cambiar las cosas, o puede preguntarse “Quién nos hizo esto?” y ponerse a buscar un chivo emisario. Siglo tras siglo los judíos han sido tomados como chivos emisarios por eventos que nada tenían que ver con ellos, desde las plagas y el envenenamiento de los pozos de agua en el medioevo hasta las tensiones internas del cristianismo, la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y la baja productividad de muchos estados islámicos de la actualidad. El antisemitismo es una enfermedad y no puede ser curada por los judíos. Es también malvado, y los que lo toleran cuando podrían haber protestado, son cómplices de ese mal.

No tenemos nada de qué disculparnos por nuestra insistencia en ser diferentes. El judaísmo comenzó como protesta contra los imperios, simbolizados por Babel en Génesis, y el antiguo Egipto en Éxodo. Estos fueron los primeros grandes imperios, y lograron la libertad de unos pocos a costa de la esclavitud de muchos.

Los judíos han sido siempre irritantes para los imperios por la insistencia en la dignidad de los individuos y en su libertad. El antisemitismo constituye la última señal de una cultura declinante o la primera señal de un nuevo totalitarismo. Dios ordenó a nuestros ancestros ser diferentes, no porque fueran mejores que otros – “no es por vuestra rectitud que Dios les está dando esta buena tierra” (Deut. 9: 6) – sino porque siendo diferentes, enseñamos al mundo la dignidad de la diferencia. Los imperios buscan imponer la unidad en un mundo plural. Los judíos saben que esta unidad existe en el cielo: Dios crea la diversidad sobre la tierra.

Hay una diferencia fundamental entre el antisemitismo de hoy y el de sus precursores en el pasado. Hoy tenemos el Estado de Israel. Ya no debemos temer lo que experimentaron los judíos en la Conferencia de Evian de 1938, en la que las naciones del mundo cerraron sus puertas y los judíos no tenían ni un centímetro cuadrado que pudieran considerar su hogar. Hogar en el sentido de Robert Frost, “un lugar en el que cuando deseas entrar deben permitirte hacerlo.” (3) Hoy tenemos un hogar – y cada ataque a judíos y a Israel solo sirve para fortalecer a los judíos y a Israel. Es por eso que el antisemitismo es no sólo malvado sino también autodestructivo. El odio destruye al que odia. Nunca se ha ganado nada en tomar a los judíos, o a cualquier otro grupo, como chivos expiatorios por pecados propios.

Nada de esto disminuye la seriedad con la cual debemos emprender junto con otros la lucha contra el antisemitismo y toda otra forma de odio religioso o racial. Pero las palabras de Netziv están vigentes. No debemos abandonar nunca nuestra característica distintiva. Es lo que nos hace lo que somos. Tampoco hay contradicción entre esto y el universalismo de los profetas. Por el contrario – y esta es la idea transformadora de vida: nuestra universalidad radica en nuestra singularidad. Siendo lo que solo nosotros somos, contribuímos a la humanidad con lo que sólo nosotros podemos brindar.

 

SacksSignature

  1. Yaakov Herzog, A people that dwells alone, Weidenfeld and Nicolson, 1975. Naftali Lau-Lavie, Bilaam’s Prophesy, Cornwall Books, 1998. En la introducción Amijai Yehuda cita este verso. En hebreo, sin embargo este texto fue titulado Am ke-Lavie haciendo referencia a las palabras posteriores de Bilaam: “El pueblo se levanta como un león; ellos se levantaron como cachorro de león” (Núm. 23: 24) – un juego de palabras por el nombre de Lavie en hebreo que significa “león”.
  2. Ha-amek Davar a Núm. 23: 9.
  3. Robert Frost, ‘The Death of the Hired Man’   https://wwwpoetryfoundation/    poems/44261/the-death-of-the-hired-man

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