Rabino Sacks Shemini 5778 – Cuando la debilidad puede transformarse en fortaleza

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Cuando la debilidad puede transformarse en fortaleza 

Shemini 5778

Rabino Sacks Shemini 5778 [PDF]

Alguna vez te has sentido inadecuado para la tarea que te han asignado o para un trabajo dado? Piensas a veces que la gente sobrestima tus habilidades? Has tenido momentos en que te has sentido como fraudulento, simulador, y que en alguna instancia se descubrirá que eres la persona débil, falible e imperfecta que en tu corazón sabes que eres?

Si es así, según Rashi comentando la parashá de está semana, estás decididamente bien acompañado. Esta es la situación: el Mishkan, el Santuario, finalmente quedó terminado. Durante siete días Moshé consagró a Aarón y sus hijos como sacerdotes. Llegó entonces el momento de comenzar su servicio. Moshé les dio varias instrucciones. Y luego dijo las siguientes palabras a Aarón:

“Ven cerca del altar y brinda tu ofrenda por el pecado y tu ofrenda quemada para hacer la expiación para ti y para el pueblo; para hacer la ofrenda de sacrificio y de expiación para ellos, como ordenó el Señor.” (Lev. 9: 7)

Los sabios estaban perplejos por la indicación “Ven cerca.” Parecería indicar que Aarón hasta ese momento se había mantenido a distancia del altar. Por qué sería? Rashi ofrece la siguiente explicación:

Aarón estaba avergonzado y temeroso de aproximarse al altar. Moshé le preguntó: por qué estás avergonzado? “Es para esto que tú fuiste elegido.”

Este síndrome tiene un nombre, acuñado en 1978 por dos psicólogas clínicas, Pauline Clance y Suzanne Imes. Lo llamaron el síndrome del impostor.(1) Las personas que lo sufren sienten que no merecen el éxito que han logrado. Lo atribuyen, no a su esfuerzo y capacidad sino a la suerte, a los tiempos, o al hecho de que han logrado engañar a los demás haciéndoles creer que son mejores de lo que verdaderamente son. Parece estar muy difundido, especialmente entre los más exitosos. La investigación al respecto ha demostrado que alrededor del 40 por ciento de las personas exitosas no creen que merecen los logros obtenidos, y que hasta el 70 por ciento lo ha sufrido en algún momento de su carrera.

Pero, como era de suponer, Rashi nos está diciendo algo más profundo. Aarón no era una persona que simplemente carecía de confianza en sí mismo. Había algo específico que tendría in mente el día que fue nombrado Sumo Sacerdote. Es que Aarón había quedado a cargo del pueblo cuando Moshé subió a la montaña para recibir la Torá. Y ahí fue que ocurrió el pecado del Becerro de Oro.

Leyendo esa narrativa, es difícil no concluir que fue la debilidad de Aarón la que permitió que ello ocurriera. Fue él quien sugirió al pueblo que entregue sus ornamentaciones de oro, él el que los transformó en un becerro y él el que construyó el altar para el ídolo (Ex. 32: 1-6). Cuando Moshé vio el Becerro de Oro, enfrentó a Aarón diciendo –“Qué te ha hecho este pueblo para que le hayas traído este gran pecado?” –  Y él le contestó evasivamente, “Ellos me dieron el oro, yo lo tiré al fuego y de ahí salió este becerro!”

Se trata de un hombre que estaba profundamente (y merecidamente) incómodo por su rol en uno de los episodios más desastrosos de la Torá, y ahora es llamado para expiar no sólo a sí mismo sino a todo el pueblo? No es una hipocresía? No fue él un pecador? Cómo podría pararse frente a Dios y al pueblo y asumir el rol del más santo de los hombres? Tenía razón en sentirse como un impostor, y estar  avergonzado y temeroso de aproximarse al altar.

Moshé, sin embargo, no sólo le dijo algo para levantarle el ánimo. Dijo algo mucho más radical y transformador de vida: “Fue para esto que fuiste elegido.” La tarea del Sumo Sacerdote es la de expiar los pecados del pueblo. Era este su rol en Iom Kipur, confesar sus males y falencias, luego los de su casa y por último los del pueblo en su totalidad (Lev. 16:11-17). Su responsabilidad era la de rogar por el perdón.

“Ese” dio a entender Moshé, “es el motivo por el cual fuiste elegido. Sabes lo que significa el pecado. Sabes lo que es sentir culpa. Tú, más que nadie, comprende la necesidad del arrepentimiento y la expiación. Has sentido el grito de tu alma para ser purificado, limpiado y depurado de la mancha de la transgresión. Lo que piensas que es tu principal debilidad, se transformará, en este puesto que estás por asumir, en tu mayor fortaleza.” 

Cómo sabía esto Moshé? Porque él mismo había experimentado algo similar. Cuando Dios le dijo que confronte al Faraón y conduzca a los israelitas hacia la libertad, él repitió insistentemente que no podía hacerlo. Releamos la respuesta al llamado de Dios para conducir a los israelitas hacia afuera de Egipto (Ex. cap 3-4) y parece que vinieran de una persona muy convencida de sus limitaciones. “Quién soy yo?” “Ellos no me creerán.” Sobre todo, repitió insistentemente que no podía hablar en público, algo que es absolutamente imprescindible para un líder. No era un orador. No poseía la voz de mando:

Entonces Moshé le dijo al Señor: “Por favor, mi Señor, Yo no soy hombre de palabras, no desde ayer, no desde anteayer y no desde que Tú le has hablado a Tu sirviente. Yo soy lento de palabra y de lengua.” (Ex. 4: 10) Moshé le dijo al Señor “Mira, los israelitas no me escuchan. Cómo es que me escuchará el Faraón? Además, tengo labios incircuncisos.” (Ex. 6: 12)

Moshé tenía un trastorno del habla. Para él, significaba una descalificación importante siendo el vocero de la palabra Divina. Lo que él no alcanzó a comprender es que ese fue el motivo por el cual fue elegido por Dios. Cuando Moshé habló las palabras de Dios el pueblo supo que no estaba hablando las palabras de su propia voz. Alguien estaba hablando a través de él. Este parece ser el caso de Isaías y Jeremías: ambos tenían dudas de su habilidad para hablar y sin embargo se transformaron en dos de los profetas más elocuentes. (2)

En términos generales, las personas que maravillan a las masas con su oratoria, no son profetas. Frecuentemente se convierten, o son, dictadores y tiranos. Utilizan el poder de la palabra para adquirir formas más peligrosas de poder. Dios no elige a personas que hablan con voz propia para decirle al público lo que quiere escuchar. Elige a las personas qué están plenamente conscientes de sus limitaciones, que balbucean literalmente o metafóricamente, que hablan, no porque lo quieren hacer sino porque deben y que le dicen a la gente lo que no quieren oír, pero que deben escuchar si quieren salvarse de una catástrofe. Lo que Moshé consideró que era una de sus mayores debilidades fue, en realidad, una de sus mayores fortalezas.

El punto en cuestión no es simplemente una aceptación de la debilidad del tipo “Estás bien, estoy bien.” El judaísmo no se trata de eso – el tema es la lucha. Moshé y Aarón, cada uno a su manera, debieron luchar consigo mismos. Moshé no era un líder natural. Aarón no era un sacerdote natural. Moshé debía aceptar que una de sus calificaciones más importantes era lo que actualmente llamaríamos su baja autoestima, pero que, viéndolo bajo una perspectiva totalmente distinta, la Torá llama humildad. Aarón tuvo que comprender que su propia experiencia de pecado y fracaso lo llevó a ser la elección ideal para convertirse en el representante de un pueblo consciente de su propio pecado y fracaso. Los sentimientos de falta de adecuación – el síndrome del impostor – pueden ser buena o una mala noticia, dependiendo de lo que se haga con ellas. Te llevarán a la depresión y desesperación? O te inducen a trabajar sobre tus debilidades y transformarlas en fortalezas?

La clave, según Rashi en la parashá de esta semana, es el rol que jugó Moshé en esta instancia crítica de la vida de Aarón. Él tenía fe en Aarón aún cuando Aarón no tenía fe en sí mismo. Ese es el rol que le correspondió a Dios en más de una ocasión en la vida de Moshé. Y ese es el rol que asume Dios en todas nuestras vidas si estamos verdaderamente abiertos a Él. He dicho con frecuencia que el misterio en el corazón del judaísmo no es nuestra fe en Dios, sino la fe de Dios en nosotros.

Esta es entonces la idea transformadora de nuestras vidas: lo que consideramos nuestra principal debilidad puede transformarse, si luchamos con ella, en nuestra mayor fortaleza. Pensemos en aquellos que han sufrido una tragedia y luego han dedicado sus vidas a aliviar el sufrimiento de otros. Pensemos en los que, conscientes de sus falencias utilizan esa consciencia para ayudar a que otros superen su sensación de fracaso.

Lo que hace que el Tanaj sea tan especial es su total candidez con respecto a la humanidad. Sus héroes – Moshé, Aarón, Isaías, Jeremías, – todos pasaron por épocas en las cuales se sintieron fracasados, “impostores.” Tuvieron sus momentos de profunda desesperación. Pero siguieron adelante. Se negaron a ser derrotados. Sabían que la sensación de no ser adecuados nos trae más cerca de Dios, tal como lo expresó el Rey David: “Mi sacrificio (lo que traigo como ofrenda para Ti) oh Dios, es un espíritu quebrado. un corazón compungido, que Tú Dios, no despreciarás” (Sal. 51: 19)

Es mucho mejor creer que uno es imperfecto que creer lo contrario. Dios nos ama y cree en nosotros a pesar de, y a veces debido a, nuestras imperfecciones. Nuestras debilidades hacen que seamos humanos, luchar contra ellas nos fortalece.

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  1. Pauline Clance and Suzanne Ament Imes, “The impossible phenomenon of High Achieving Women, Dynamics and Therapeutic Intervention” Psychotherapy: Theory, Research & Practice, vol 15 No.3, 1978 p. 441-247.
  2. Hay un ejemplo secular impactante . Winston Churchill ceceaba y además tartamudeaba, y aunque luchó contra ambos defectos, persistieron largamente en su adultez. Debido a eso, debía pensar cuidadosamente antes de pronunciar sus discursos más importantes. Era fastidioso tanto para escribirlos como para dictarlos de antemano, reescribiendo las frases salientes hasta el último momento. Cuando era posible, usaba palabras cortas, hacía un uso dramático de las pausas y silencios, y desarrolló un ritmo casi poético. Como resultado, no sólo fue un gran orador. Sus discursos, especialmente durante la Segunda Guerra, fueron factores fundamentales para levantar el espíritu de la nación. En palabras de Edward Murrow, “movilizó al idioma inglés y lo envió a la batalla.”

 

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