Rabino Sacks Shmot 5775 – Sobre no obedecer órdenes inmorales

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

Sobre no obedecer órdenes inmorales

Shmot – 2015 / 5775

Rabino Sacks Shmot 5775 [PDF] 

Los capítulos del comienzo del Éxodo nos sumergen en el medio de acontecimientos épicos. Casi de un solo golpe los israelitas son transformados de una minoría protegida a esclavos. Moisés pasa de ser príncipe de Egipto a pastor medianita a líder de los israelitas a través de un encuentro en el zarzal ardiente que cambió la historia. Aun así, es un pequeño episodio que merece ser visto como un momento crucial en la historia de la humanidad. Sus heroínas son dos mujeres extraordinarias: Shifra y Puah.

Nosotros no sabemos quiénes fueron. La Torah no nos da mucha más información sobre ellas más que ellas eran parteras, instruidas por el faraón: ‘Cuando estén ayudando a las mujeres hebreas durante el parto sobre el taburete, si ven que el bebé es un niño, mátenlo; pero si es una niña déjenla vivir’ (Ex. 1:16). La descripción hebrea de las dos mujeres es ha-meyaldot ha-ivriyot, es ambigua. Puede significar “las parteras hebreas”. Así lo leen casi todas las traducciones y comentarios. Pero igualmente puede significar “las parteras para los hebreos”, en cuyo caso pudieron haber sido egipcias. Así es como Josephus (1), Abarbanel y Samuel David Luzzatto lo entendieron, argumentando que es simplemente increíble suponer que las mujeres hebreas pudieron haber sido parte de un acto de genocidio contra su propio pueblo.

Lo que sabemos, sin embargo, es que ellas se rehusaron a llevar a cabo la orden: “Las parteras, sin embargo, temían a Dios y no hicieron lo que el rey de Egipto les había dicho que hicieran; dejaron que los niños vivieran” (1:17). Esta es la primera instancia de desobediencia civil en la historia: rehusarse a obedecer una orden, dada por el hombre más poderoso en el imperio más poderoso del mundo antiguo, simplemente porque era inmoral, no ético e inhumano.

La Torah sugiere que lo hicieron sin escándalo y sin drama. Llamadas por el faraón a explicar su comportamiento, ellas simplemente respondieron: “Las mujeres hebreas no son como las mujeres egipcias; ellas son vigorosas y dan a luz antes que lleguen las parteras” (1:19). Para esto, el faraón no tenía respuesta. El asunto-de-los-hechos de todo el incidente nos recuerda una de los descubrimientos más sobresalientes sobre el coraje de aquellos que salvaron vidas judías durante el Holocausto. Tenían poco en común excepto por el hecho de que no vieron nada extraordinario en lo que hicieron (2). A menudo la marca real de los héroes morales es que no se ven a sí mismos como héroes morales. Hacen lo que hacen porque es lo que el ser humano se supone debe hacer. Ese es probablemente el significado de la declaración que ellas “temían a Dios”. Es la descripción genérica de la Torah de quienes tienen sentido moral (3).

Tomó más de tres mil años para que lo que hicieron las parteras se convirtiera en una ley internacional consagrada. En 1946 los criminales de guerra nazis en los juicios de Nuremberg, todos ofrecieron como defensa de que estaban meramente obedeciendo órdenes, dadas por un gobierno debidamente constituido y democráticamente elegido. Bajo la doctrina de soberanía nacional cada gobierno tiene el derecho de hacer sus propias leyes y ordenar sus propios asuntos. Llevó a un nuevo concepto legal, a saber, crímenes contra la humanidad, para establecer la culpa de los arquitectos y administradores del genocidio.

El principio de Nuremberg dio substancia legal a lo que las parteras instintivamente entendieron: que hay órdenes que no deben ser obedecidas, porque son inmorales. La ley moral trasciende y pueden anular las leyes del Estado. Como lo pone el Talmud: “Si hay conflicto entre las palabras del maestro (Dios) y las palabras de un discípulo (un ser humano), las palabras del maestro deben prevalecer” (4).

Los juicios de Nuremberg no fueron la primera ocasión en la cual la historia de las parteras tiene un impacto significativo en la Historia. A través de la Edad Media la Iglesia, sabiendo que el conocimiento es poder y que de ahí es mejor dejarlo en manos del sacerdocio, prohibió traducciones vernáculas de la Biblia. En el curso del siglo XVI, tres eventos cambiaron esto irrevocablemente. Primero fue la Reforma, con su máxima “Sola scriptura”, “Por Escritura sola”, poniendo a la Biblia en el centro del escenario de la vida religiosa. Segundo fue la invención, en la mitad del siglo XV, de la imprenta. Los luteranos estaban convencidos de que la imprenta era Divina providencia. Dios había enviado la imprenta para que la doctrina de la iglesia reformada pudiera esparcir su palabra por todo el mundo.

La tercera fue el hecho de que algunas personas, sin importar la prohibición, habían traducido la Biblia de cualquier forma. John Wycliffe y sus seguidores lo habían hecho en el siglo XIV, pero la más influyente fue la de William Tyndale, cuya traducción del Nuevo Testamento empezó en 1525 a ser la primera Biblia impresa en inglés. Él pagó por esto con su vida. Cuando María I llevó a la Iglesia de Inglaterra de regreso al catolicismo, muchos protestantes ingleses huyeron a la Ginebra de Calvino, donde produjeron una nueva traducción, basada en Tyndale, llamada la Biblia de Ginebra. Producida en una pequeña, asequible edición, era contrabandeada hacia Inglaterra en grandes cantidades.

Al ser capaces de leer la Biblia por ellos mismos por primera vez, las personas descubrieron que era, en lo que se refiere a la monarquía, un documento sedicioso. Decía como Dios le dijo a Samuel que, en la búsqueda de nombrar a un rey, los israelitas rechazaban a Dios como único soberano. Describe gráficamente como los profetas no tuvieron miedo de retar a los reyes, lo que ellos hacían con la autoridad de Dios Mismo. Y contaba la historia de las parteras que se rehusaron a llevar a cabo la orden del faraón. Sobre esto, en una nota al margen, la Biblia de Ginebra endosaba su negativa, criticando sólo el hecho que, explicando su comportamiento, dijeron una mentira.  La nota dice, “Su desobediencia aquí fue legal, pero su mal disimulado.” El rey James entendió claramente la implicación de esa única oración. Quería decir que un rey podía ser desobedecido sobre la autoridad de Dios Mismo: una clara y categórica refutación de la idea del Derecho Divino de los reyes (5).

Eventualmente, incapaz de poder frenar la propagación de Biblias traducidas, el Rey James decidió comisionar su propia versión que apareció en 1611. Pero para entonces el daño estaba hecho y las semillas de lo que se convirtió en la revolución inglesa se habían plantado.

A través del siglo XVII por lejos la fuerza más influyente en la política inglesa fue la Biblia Hebrea entendida por los puritanos, y fueron los Padres Peregrinos quienes llevaron esta fe con ellos en su viaje a lo que eventualmente se convertiría en los Estados Unidos de América.

Un siglo y medio después, fue el trabajo de otro inglés radical, Thomas Paine, el que hizo un impacto decisivo en la revolución americana. Su panfleto Sentido Común fue publicado en América en 1776, y se convirtió en un best seller, vendiendo 100,000 copias. Este impacto fue enorme, y por eso se lo conoce como “el padre de la Revolución Americana”. A pesar del hecho de que Paine era un ateo, las páginas que abren Sentido Común justifican la rebelión contra un rey tiránico, y están completamente basadas en citas de la Biblia hebrea. En el mismo espíritu, ese verano Benjamín Franklin dibujó su diseño del Gran Sello de América, un dibujo de los egipcios ahogándose (i.e Los Ingleses) en el Mar Rojo (i.e el Atlántico), con el encabezado “Rebelión contra los tiranos es obediencia a Dios”. Thomas Jefferson fue tan movido por la frase que recomendó que fuera usada en el Gran Sello de Virginia y después incorporado a su sello personal.

La historia de las parteras pertenece a una visión más grande que está implícita en la Torah y el Tanaj como un todo: que lo correcto está sobre lo poderoso, y que incluso Dios Mismo puede ser llamado a rendir cuentas en el nombre de la justicia, como Él expresamente manda a Abraham a hacer. La soberanía al final le pertenece a Dios, entonces cualquier humano puede actuar u ordenar transgresiones por la voluntad de Dios por el hecho de que es ultra vires. Estas ideas revolucionarias son intrínsecas a la visión bíblica del uso político del poder.

Al final, fue el coraje de dos extraordinarias mujeres que crearon el precedente tomado después por el escritor americano Thoreau (6) en su ensayo clásico Desobediencia Civil (1849) que en su momento inspiró a Gandhi y a Martin Luther King en el siglo XX. Su historia también termina con un toque bello. El texto dice: “Entonces Dios fue generoso con las parteras y el pueblo incrementó y se convirtió en aún más numeroso. Y porque las parteras temieron a Dios, él les dio casas” (1:20-21).

Luzzatto interpreta esta última frase como el significado de que Él les dio familias propias. A menudo, él escribió, las parteras eran mujeres que no podían tener hijos. En este caso, Dios bendijo a Shifra y a Puah dándoles hijos, como él había hecho por Sarah, Rebecca y Rachel.

Esto también es un punto no sin importancia. La historia más cercana a la idea de desobediencia civil en la literatura griega está en la historia de Antígona que insistía en dar entierro a su hermano Polinices a pesar del hecho de que el rey Cerón se había rehusado a permitirlo, ya que lo tenía como un traidor a Tebas. Antígona de Sófocles es una tragedia: la heroína debe morir por su lealtad a su hermano y su desobediencia al rey. La Biblia hebrea no es una tragedia. De hecho, la Biblia Hebrea no tiene una palabra que quiera decir “tragedia” en el sentido griego. El bien es recompensado, no castigado, porque el universo, es la obra de arte de Dios, es un mundo en el que la conducta moral es bendecida y el mal, brevemente ascendente, es finalmente derrotado.

Shifra y Puah son dos de las más grandes heroínas de la literatura del mundo, la primera en enseñar a la humanidad que la moral limita el poder.

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(1) Josephus, Antigüedades de los Judíos – Antiquities of the Jews, II. 9.2.

(2) Ver James Q. Wilson, El Sentido Moral – The Moral Sense, New York, Free Press, 1993, 35-39, y la literature aquí citada.

(3) Ver, por ejemplo, Gen. 20: 11.

(4) Kiddushin 42b.

(5) Ver Christopher Hill, La Biblia Inglesa y la Revolución del Siglo XVII – The English Bible and the Seventeenth-century Revolution. London: Allen Lane, 1993.

(6) Henry David Thoreau, Desobediencia Civil – Civil Disobedience. Boston: David R. Godine, 1969.

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