Rabino Sacks Vaigash 5777 – Elección y Cambio

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

Elección y Cambio   

Vaigash – 7 de enero, 2017 / 9 Tevet 5777

Rabino Sacks Vaigash 5777 [PDF] 

La secuencia de capítulos 37 al 50 de Bereshit es la narrativa ininterrumpida más extensa de toda la Torá, y no cabe duda de quién es el héroe: es Yosef. La historia comienza y termina con él. Lo vemos como niño, amado, – casi mimado – por su padre; como adolescente soñador, resentido por sus hermanos; como esclavo, luego prisionero en Egipto; y posteriormente como el segundo en autoridad del imperio más grande del mundo antiguo. En cada etapa la narración gira alrededor de su persona y de su impacto sobre los demás. Domina el último tercio de Bereshit, proyectando su sombra sobre todo el resto del Libro. Casi desde el inicio, tiene un destino de grandeza.

Pero la historia no resultó ser así. Al contrario, es otro hermano el que con el correr del tiempo, deja su marca sobre el pueblo judío. En efecto, portamos su nombre. La familia del pacto se conoce por diversos nombres. Una es Ivrí, “hebreo”, (posiblemente  relacionado con el nombre antiguo apiru) que significa “extranjero, foráneo, nómade, el que va errando de un lugar a otro.” Así eran denominados por los otros, Abraham y sus hijos. El segundo es Israel, derivado del nuevo nombre de Yaakov luego de que “luchó con Dios y con el hombre y prevaleció.” Sin embargo, después de la división del reino y de la conquista del norte por los asirios, fueron llamados yehudim o judíos, ya que fue la tribu de Judá la que dominó el reinado del sur y fue la que sobrevivió al exilio babilónico. Por lo tanto fue Judá y no Yosef el que confirió la identidad al pueblo, Judá el que se transformó en el antecesor del más grande de los reyes de Israel, David; Judá, de quien provendrá el Mesías. Por qué Judá y no Yosef? La respuesta aparece sin duda al principio de Vaigash, cuando los dos hermanos se enfrentan y Judá ruega por la liberación de Benjamín.

La clave está en varios capítulos anteriores, al principio de la historia de Yosef. Es ahí donde vemos que fue Judá el que propone vender a Yosef como esclavo: Judá le dijo a sus hermanos, “Qué ganaremos en matar a nuestro hermano y tapar su sangre? Vendámoslo a los árabes y no lo dañemos con nuestras propias manos. Después de todo, es nuestro hermano, nuestra propia carne y sangre.” Sus hermanos accedieron. (37: 26-27)

Este discurso denota una indiferencia monstruosa. No hay mención alguna a lo malvado que sería el asesinato, simplemente hace un cálculo pragmático (“Qué ganaremos”). En ese mismo momento en que lo llama “nuestra propia carne y sangre” propone venderlo como esclavo. Judá no posee nada de la nobleza trágica de Rubén, el único de los hermanos que ve que lo que están haciendo está mal, e intenta salvarlo (y falla). En esta instancia, Judá es la última persona de las que podríamos esperar grandes cosas. Sin embargo Judá – más que cualquier otro personaje de la Torá – cambia. El hombre que veremos en todos estos años no es el mismo de entonces. Antes estaba preparado para ver a su hermano vendido en esclavitud. Ahora estaba listo para sufrir ese mismo destino antes de ver a Benjamín como esclavo. Él le dice a Yosef:

            “Ahora, mi señor, déjeme a mí como vuestro esclavo en lugar del muchacho, déjelo ir con sus hermanos. Cómo puedo retornar a lo de mi padre sin el niño? No podría tolerar la angustia por el sufrimiento de mi padre.” (44: 33-34)

            Es una reversión completa de su carácter. La indiferencia, reemplazada por el cuidado. La falta de interés en el destino de su hermano ha sido transformada en expresión de coraje por su bien. Está dispuesto a sufrir lo que antes infligió a Yosef para que la misma suerte no recaiga en Benjamín. En ese momento Yosef revela su verdadera identidad. Sabemos por qué. Judá pasó la prueba que Yosef había preparado cuidadosamente para él. Yosef quiere saber si Judá cambió. Y efectivamente, cambió.

Este es un momento significativo en la historia del espíritu humano. Judá es el primer penitente – el primer baal teshuvá – de la Torá. De dónde salió este cambio de su carácter? Para eso, debemos retroceder al capítulo 38 – la historia de Tamar. Como recordamos, Tamar se había casado sucesivamente con los dos hijos mayores de Judá, y ambos murieron, quedando ella como viuda sin hijos. Judá, temiendo que igual destino le aguardaría a su tercer hijo, lo impidió – con lo cual ella quedó imposibilitada de volver a casarse y tener hijos. Habiendo comprendido la situación, Tamar se disfraza de prostituta. Judá se acuesta con ella y queda embarazada. Judá, sin darse cuenta de su disfraz, concluye que ella ha tenido una relación prohibida y ordena que sea ajusticiada. En ese punto Tamar, – que disfrazada había tomado el sello, la vara y la cuerda de Judá como prenda – se los mandó a Judá con un mensaje: “El padre de mi hijo es el dueño de estos objetos.” Judá ahora comprende toda la historia. No sólo él ha colocado a Tamar en una situación imposible como viuda, no sólo es él el padre del hijo de la viuda, sino que además se da cuenta de que Tamar actuó con extraordinaria discreción al revelar la verdad sin humillarlo (de este acto de Tamar viene la regla que “uno debe arrojarse a un horno ardiente antes de humillar a alguien en público”). Tamar es la heroína de la historia, pero con una consecuencia significativa. Judá admite su error: “Ella fue más justa que yo” dice. Es la primera vez en la Torá que alguien admite su culpa. Y también es un punto de inflexión en la vida de Judá. Aquí nace la capacidad de reconocer las propias equivocaciones, sentir arrepentimiento y cambiar – el fenómeno complejo llamado teshuvá – que luego conduce a la gran escena de Vaigash, donde Judá es capaz de virar  completamente su conducta previa haciendo lo opuesto de lo que había hecho anteriormente. Judá es un ish teshuvá, hombre penitente.

Ahora entendemos el significado de su nombre. El verbo lehodot significa dos cosas. Una es “agradecer” que es lo que Lea tiene in mente cuando le pone el nombre a Judá, su cuarto hijo, “esta vez quiero agradecer al Señor.” Pero también quiere decir, “admitir, reconocer”. El término bíblico vidui “confesión” – en ese entonces y ahora, es parte del proceso de la teshuvá, y según Maimónides, su elemento central – proviene de la misma raíz. Judá significa “el que reconoce su pecado.”

Esto permite comprender uno de los axiomas fundamentales de la teshuvá: “El Rabí Abbahu dijo: en el lugar en que se paran los penitentes, ni los más justos pueden pararse (Berajot 34b). Su referencia es el verso de Isaías (57: 19), “Paz, paz a aquel que estaba lejos y al que está cerca.” El texto coloca antes al que “estaba lejos” del que “estaba cerca.” Pero el Talmud aclara que esta visión es polémica. Rabí Yohanan interpreta que “lejos” es “lejos del pecado” más que “lejos de Dios.” La prueba real está en Judá. Judá es un penitente, el primero en la Torá. Yosef es reconocido en forma consistente en la tradición como ha-tzadik, “el justo.” Judá, sin embargo, resultó ser el padre de los reyes de Israel. Donde se para el penitente, ni el perfectamente justo, Yosef, puede pararse. Por más grande que sea una persona por su virtud o por la naturaleza de su carácter, más grande aún es el que es capaz de crecimiento y cambio. Ese es el poder del arrepentimiento, y eso comenzó con Judá.

 

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