Rabino Sacks Noaj 5775 – Más allá de la naturaleza

Traductor: Ana Barrera

Editor: Marcello Farias

Más allá de la naturaleza

Noaj – 25 de octubre, 2014 / 1 Jeshvan 5775

Rabino Sacks Noaj 5775 [PDF] 

¿Somos naturalmente buenos o malos? Sobre esto las grandes mentes han argumentado por siglos. Hobbes creía que nosotros tenemos naturalmente “un perpetuo e inquieto deseo de poder y más poder, que cesa solo en la muerte”. Nosotros somos malos, pero los gobiernos y la policía pueden ayudar a limitar el daño que hacemos. Rousseau al contrario creía que naturalmente somos buenos. Es la sociedad y sus instituciones lo que nos hace malos.

El argumento continúa al día de hoy entre los neo-darwinianos. Algunos creen que la selección natural y la lucha por la supervivencia nos hace, genéticamente, halcones y no palomas. Como M.T Ghiselin lo pone, “Escarba a un ‘altruista’ y verás un ‘hipócrita’ sangrar”.  En contraste el naturalista Frans de Waal en una serie de atractivos libros sobre primates, incluyendo su favorito, los bonobos, demuestran que pueden ser empáticos, preocupados, incluso altruistas. Entonces por naturaleza lo somos nosotros también.

T.E. Hulme llamó a esto la división fundamental entre románticos y clásicos a través de la historia. Los románticos creían que “el hombre era por naturaleza bueno, que eran solo las malas costumbres que lo habían suprimido. Remover todas estas y el infinito de posibilidades del hombre hubieran tenido una oportunidad”. Los clásicos creían lo opuesto, que “El hombre es un animal extraordinariamente fijo y limitado cuya naturaleza es absolutamente constante. Es solo por tradición y organización que algo decente puede salir de él.”

En el judaísmo, de acuerdo a los sabios, este es el argumento entre los ángeles cuando Dios les consultó si debería crear o no a los humanos. Los ángeles eran el “nosotros” en “Hagamos al hombre…” Los ángeles de jesed y tzedek dijeron “Dejemos que lo cree porque los humanos hacen actos de bondad y justicia”. Los ángeles de shalom y emet dijeron: “No dejemos que sea creado porque dice mentiras y pelea guerras”. ¿Qué hizo Dios? Él creó a los humanos de cualquier forma y tuvo fe en que nosotros gradualmente seríamos mejores y menos destructivos. Esto en términos seculares es lo que el neuro-científico de Harvard Steven Pinker argumenta en Los mejores Ángeles de nuestra Naturaleza. Tomado como un todo y con obvias excepciones nosotros nos hemos convertido en menos violentos con el tiempo.

La Torá sugiere que nosotros somos ambos buenos y malos, y la psicología evolucionista nos dice por qué. Nacemos para competir y cooperar. La vida es una lucha competitiva por recursos escasos. Entonces peleamos y matamos. Pero sobrevivimos sólo en grupos. Sin hábitos de cooperación y confianza, no tendríamos grupos y no sobreviviríamos. Eso es en parte lo que la Torá quiere decir cuando dice “No es bueno para el hombre estar solo”. Entonces nosotros somos tanto agresivos como altruistas: agresivos a extraños, altruistas hacia los miembros de nuestro grupo.

Pero la Torá es mucho más profunda para dejarlo en el nivel del viejo chiste del rabino quien, escuchando ambos lados de una discusión doméstica, le dice al esposo “Tú tienes razón”, y a la esposa le dice “Tú tienes razón”, y cuando su discípulo dice, “No pueden tener ambos la razón”,  el responde “Tú también tienes razón”. La Torá plantea el problema, pero también provee de una respuesta que no es obvia. Esta es la clave que nos ayuda a decodificar un argumento muy sutil que corre a través de la parsha de la semana pasada y de esta semana.

La estructura básica de la historia que empieza con la creación y que termina con Noé es que al inicio Dios creó un universo de orden. Él entonces creó seres humanos quienes crearon un universo de caos: “la tierra estaba llena con violencia”. Entonces Dios, como estaba, borró la creación trayendo un diluvio, regresando a la tierra a lo que era al inicio cuando “la tierra no tenía forma y estaba vacía, la oscuridad estaba sobre la superficie de lo profundo, y el espíritu de Dios revoloteaba sobre las aguas”.  Él entonces empezó otra vez con Noé y su familia como los nuevos Adán y Eva y sus hijos.

Génesis 8-9 es entonces una especie de segunda versión del Génesis 1-3, pero con dos diferencias. En ambos recuentos aparece una palabra clave siete veces, pero es una palabra diferente. En Génesis 1 la palabra es “bien”. En Génesis 9 es “pacto”.

La segunda es que en ambos, se hace la referencia al hecho de que los humanos son la imagen de Dios, pero las dos frases tienen diferentes implicaciones. En Génesis 1 nos dicen que “Dios creó a la humanidad a Su propia imagen, en la imagen de Dios Él los creó, hombre y mujer Él los creó”. En Génesis 9 leemos, “Quienquiera que derrame la sangre del hombre, por el hombre deberá su sangre ser derramada, pues en la imagen de Dios, Dios ha hecho a la humanidad” (Gen. 9:6).

La diferencia es sorprendente. Génesis 1 me dice que “Yo” soy la imagen de Dios. Génesis 9 me dice que “Tú” mi potencial víctima, eres la imagen de Dios. Génesis 1 nos dice sobre el poder humano. Somos capaces, dice la Torá, de “gobernar sobre los peces del mar y los pájaros del aire”. Génesis 9 nos dice sobre los límites morales del poder. Nosotros podemos matar pero nosotros no debemos. Nosotros tenemos el poder, pero no el permiso.

Leyendo la historia de cerca, pareciera que Dios creó humanos en la fe que ellos naturalmente elegirían lo justo y lo bueno. No necesitarían comer la fruta del “árbol de la sabiduría del bien y el mal”, porque el instinto los llevaría a comportarse como deberían. El cálculo, la reflexión, la decisión – todas las cosas que asociamos con el conocimiento – no serían necesarias.  Actuarían como Dios quería que actuaran, porque ellos habían sido creados a Su imagen.

No sucedió de esa manera. Adán y Eva pecaron, Caín cometió asesinato, y en algunas generaciones el mundo se había reducido al caos. Eso es cuando leemos que “El Señor vio cuán grande se había convertido la maldad de la raza humana sobre la tierra, y que cada inclinación de los pensamientos del corazón humano era solo malo todo el tiempo. El Señor se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y le dolía a Su corazón.” Todo lo demás en el universo era tov, “bueno”. Pero los humanos no eran naturalmente buenos. Ese es el problema. La respuesta, de acuerdo a la Torá, es pacto.

Pacto introduce la idea de la ley moral. Una ley moral no es lo mismo que una ley científica. Las leyes científicas son regularidades observadas en la naturaleza: tira un objeto y este caerá. Una ley moral es una regla de conducta: no robes, no hurtes o engañes. Las leyes científicas describen, mientras la ley moral prescribe.

Cuando un evento natural no es acorde con el estado actual de la ciencia, cuando “rompe” la ley, eso es un signo de que hay algo mal con la ley. Por eso las leyes de Newton fueron reemplazadas con aquellas de Einstein. Pero cuando un ser humano rompe la ley, cuando las personas roban, hurtan o engañan, la falla no está en la ley sino en el trato. Entonces debemos mantener la ley y condenar, algunas veces castigar, la acción. Las leyes científicas nos permiten predecir. Las leyes morales nos ayudan a decidir. Las leyes científicas se aplican a entidades sin libre albedrío. Eso es lo que hace a los humanos cualitativamente diferentes de otras formas de vida.

Entonces, de acuerdo a la Torá, una nueva era empezó centrada no en la idea de la bondad natural sino en el concepto de pacto, esto es, ley moral. La civilización empezó en el movimiento de lo que los griegos llamaron naturaleza physis, al nomos, ley. Eso lo que hace el concepto “imagen de Dios” tan diferente en Génesis 1 y  Génesis 9. Génesis 1 es sobre naturaleza y biología. Nosotros somos la imagen de Dios en el sentido que podemos pensar, hablar, planear, elegir y dominar. Génesis 9 es sobre ley. Otras personas también son en la imagen de Dios. De ahí que nos debemos respetar prohibiendo el asesinato e instituyendo la justicia. Con este simple movimiento, nació la moralidad.

¿Qué nos está diciendo la Torá sobre moralidad?

Primero, que es universal. La Torá pone el pacto de Dios con Noé y a través de él toda la humanidad previo a su particular pacto con Abraham, entonces después con sus descendientes en el Monte Sinaí. Nuestra humanidad universal precede nuestras diferencias religiosas. Esa es una verdad que nosotros necesitamos profundamente en el siglo XXI cuando tanta violencia ha sido justificada religiosamente. El Génesis nos dice que nuestros enemigos son humanos también.

Todas las sociedades han tenido una forma de moralidad pero usualmente se preocupan por las relaciones dentro del grupo. La hostilidad a extraños es casi universal tanto en el reino animal y en el reino humano. Entre extraños, el poder gobierna. Como los atenienses decían de los melianos, “Los fuertes hacen lo que quieren, mientras los débiles hacen lo que deben”.

La idea que incluso la gente que no es como nosotros tiene derechos, y que nosotros debemos “amar al extraño”, debería ser considerado completamente extraño por la mayoría de la gente la mayoría de las veces.  Tomó tiempo reconocer que hay un solo Dios soberano sobre toda la humanidad (“¿No tenemos todos un padre? ¿No fuimos creados por un Dios?” Malaquías 2:10) para crear la ruptura momentánea de la idea que hay morales universales, entre ellas, la santidad de la vida, la búsqueda de justicia y el gobierno de la ley.

Segundo, Dios mismo reconoce que no somos naturalmente buenos. Después del Diluvio, Él dijo: “Nunca volveré a maldecir la tierra a causa de la humanidad, aunque la inclinación de sus mentes sea malvada desde la niñez”. El antídoto al yetzer (en hebreo rabínico, yetzer hara) la inclinación al mal, es el pacto.

Esto tiene una base neurocientífica. Nosotros tenemos un cortex prefrontal, evolucionó para permitir a los humanos pensar y actuar reflexivamente, considerando las consecuencias de sus acciones. Pero esto es más lento y débil que la amígdala (lo que los místicos judíos llamaron el nefesh habehamit, el alma animal) lo que, incluso antes de que tengamos tiempo para pensar, produce la reacción pelea-o-vuela sin la cual los humanos antes de la civilización no hubieran sobrevivido.

El problema es que estas reacciones rápidas pueden ser destructivas. A menudo se dirigen a la violencia: no solo la violencia entre especies (predadores o presas) que es parte de la naturaleza, pero también a la más gratuita violencia que es una característica de la vida de casi todos los animales sociales. No es que solo hacemos el mal. La empatía y la compasión son tan naturales a nosotros como lo son el miedo y la agresión. El problema es que el miedo recae justo debajo de la superficie de la interacción humana, y puede abrumar todo lo demás.

Daniel Goleman llama a esto un secuestro de amígdala. “Emociones que nos hacen poner atención justo ahora – esto es urgente – y nos dan un inmediato plan de acción sin tener que pensar dos veces. El componente emocional evolucionó muy temprano: ¿Me lo como o me come a mi?”.  La acción impulsiva es a menudo destructiva porque es emprendida sin pensar las consecuencias. Esto es el motivo de que Maimónides argumentara que muchas de las leyes de la Torá constituyen un entrenamiento en virtud al hacernos pensar antes de actuar. (1)

Entonces la Torá nos dice que naturalmente nosotros no somos ni buenos ni malos pero tenemos ambas capacidades. Nosotros tenemos una inclinación a la empatía y la simpatía, pero podemos tener incluso un instinto para el miedo que lleva a la violencia. Eso es porque, en el movimiento de Adán a Noé, la Torá cambia de la naturaleza al pacto, de tov a brit, del poder de la moral a los límites morales del poder. Los genes no son suficientes. También necesitamos de la ley moral.

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(1) Hilkhot Temurah 4: 13.

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