Rabino Sacks Bereshit 5777 – La fe de Dios

Traductor: Carlos Betesh

Editor: Ben-Tzion Spitz

La fe de Dios

Bereshit – 29 de octubre, 2016 / 27 Tishrei 5777

Rabino Sacks Bereshit 5777 [PDF] 

Hay una pregunta profunda que yace en el corazón de la fe judía y que raras veces es formulada. Cuando se abre la Torá vemos a Dios creando el universo día a día, trayendo el orden frente al caos, creando la vida a partir de la materia inanimada, y la flora y fauna, con toda su maravillosa diversidad. En cada etapa Dios ve lo que hizo y declara: es bueno.

Entonces, qué fue lo que no funcionó? Cómo es que entró la maldad en escena, poniendo en marcha el drama que la Torá – de alguna forma la  historia en su totalidad – registra? La respuesta simple, es el hombre, Homo Sapiens, nosotros. Sólo nosotros, de entre todas las formas de vida conocidas hasta ahora, tenemos libre voluntad, capacidad de elección y responsabilidad moral. Los gatos no debaten si deben matar ratones. Los murciélagos vampiros no se tornan vegetarianos. Las vacas no se preocupan por el calentamiento global.

Es esta capacidad compleja de hablar, pensar, elegir entre diversas alternativas de acción la que es a la vez nuestra gloria, nuestra carga y nuestra vergüenza. Cuando hacemos el bien, somos poco menos que ángeles. Cuando generamos el mal, somos peores que las bestias. Por qué entonces corrió Dios el riesgo de crear una forma de vida capaz de destruir el mismo orden que Él había creado y declarado bueno? Por qué Dios nos creó?

Esta es la pregunta planteada por la Guemará en el Sanhedrin:

            Cuando el Santo, Bendito sea, vino a crear el hombre, creó un grupo de ángeles dedicados a él y les preguntó: Están de acuerdo en que procedamos a crear al hombre según nuestra imagen?

            Ellos contestaron: Y cuáles serán sus acciones?

            Dios les mostró la historia de la humanidad.

            Los ángeles le replicaron: Qué es lo que tiene el hombre que Tú lo consideras tanto?” (Que el hombre no sea creado)

            Y Dios destrozó a los ángeles.

            Él creó un segundo grupo y les hizo la misma pregunta y ellos le dieron la misma respuesta. Dios los destruyó.

            Creó un tercer grupo de ángeles y ellos le contestaron Soberano del Universo, el primero y el segundo grupo de ángeles Le dijo que no creara al hombre y no les hizo caso. No los escuchó. Qué otra cosa podemos decir que esto: el Universo es Suyo, haga con él lo que desee.

            Y Dios creó al hombre.

            Pero cuando vino la generación del Diluvio, y luego la de los que construyeron la Torre de Babel, los ángeles le dijeron a Dios: No tenían razón los primeros ángeles? Ha visto qué grande es la corrupción de la humanidad?

Y Dios les respondió: (Isaías 46 :4) Aun con edad avanzada no cambiaré, y con cabello cano seguiré siendo paciente- (Talmud Babilónico, Sanhedrin 38b)

Técnicamente, la Guemará está planteando un problema estilístico con el texto. Luego de cada acto de creación en Génesis 1, la Torá nos dice: “Dios dijo ‘Que así sea’… Y ocurrió…” Sólo en el caso de la creación de la humanidad, hay un prefacio, un preludio. Y Dios dijo, “Hagamos al hombre a nuestra imagen, a nuestra semejanza…” Quien es el “nosotros”? Y por qué el preámbulo?

En su modalidad aparentemente inocente e infantil – en realidad sutil y profundo – los sabios contestaron ambas preguntas diciendo que – parafraseando a Hamlet – un emprendimiento de esta envergadura requiere una consulta con los ángeles. Eran ellos los “nosotros”.

Pero ahora la pregunta es verdaderamente muy profunda, pues al crear a los seres humanos, Dios generó la única forma de existencia, con la excepción de Él mismo, con la capacidad de la libertad de elegir. Es ése el significado de la frase “a Mi imagen y semejanza.” Porque el hecho saliente de Dios es que no tiene imagen. Hacer una imagen de Dios es el arquetipo de la idolatría.

Esto no sólo significa que obviamente, Dios es invisible. No puede ser visto. No puede ser identificado con nada de la Naturaleza: ni la luna, ni el sol, el trueno, el relámpago, el océano, ni ninguna de las otras fuerzas u objetos que los pueblos adoraban en ese tiempo. En este sentido superficial, Dios no tiene imagen. Eso, escribió Sigmund Freud en su última obra, Moisés y el Monoteísmo, fue la mayor contribución del judaísmo. Al adorar a un Dios invisible, los judíos inclinaron la balanza de la civilización, de lo físico a lo espiritual.

Pero la idea de que Dios no tiene imagen es más profunda que todo esto. Significa que Dios no puede ser conceptualizado, comprendido o que se puedan predecir sus actos. Dios no es una esencia abstracta; Él es una presencia viviente. Ese es el sentido de su autodefinición frente a Moshé en la zarza ardiente: “Seré El que Seré” – significando, “Seré lo que Yo elija ser.” Yo soy el Dios de la libertad, el que le otorgó la libertad a la humanidad, y estoy por liderar a los hijos de Israel para salir de la esclavitud hacia la libertad.

            Cuando Dios hizo a humanidad a Su imagen, significa que Él le dio a los seres humanos la libertad de elegir, para que nunca se pueda predecir lo que van a hacer. Ellos también – dentro de los límites de nuestra mortalidad y finitud – serán lo que elijan ser. Lo cual significa que cuando Dios le dio a los seres humanos la libertad de actuar bien, también lo hizo para que pudieran actuar mal. No hay forma de evitar este dilema ni para Dios mismo. Y así fue. Adán y Eva pecaron. El primer hijo humano, Caín, asesinó al segundo, Abel, y en un breve período el mundo estuvo colmado de violencia.

En uno de los pasajes más inquietantes de todo el Tanaj, leemos al final de la parashá de esta semana:

Dios vio que la maldad del hombre estaba en incremento. Cada impulso de sus pensamientos más profundos era sólo de maldad, durante todo el día. Dios se arrepintió de haber creado al hombre en la Tierra, y estaba apenado hasta su ser más íntimo. (Gen. 6: 5-6).

De ahí la pregunta de los ángeles, la que apunta al pleno corazón de la fe. Por qué Dios, sabiendo los peligros y los riesgos implícitos, creó una especie que podía, y efectivamente se rebeló contra Él, devastó la naturaleza  y el medio ambiente, extinguió especies y oprimió y mató a sus congéneres?

El Talmud, imaginando una conversación entre Dios y los ángeles, sugiere una tensión en la mente de Dios mismo. La respuesta de Dios a los ángeles es extraordinaria: “Aun con edad avanzada no cambiaré, aún con pelo cano seguiré siendo paciente.” Significando: Yo, Dios, estoy dispuesto a esperar. Si llevara diez generaciones para que aparezca Noaj, y otras diez para que surja Abraham, seré paciente. Aunque muchas veces los seres humanos me decepcionen, no cambiaré. Me desencanté una vez, y traje el Diluvio. Pero después de ver que los humanos son meramente humanos, nunca más volveré a producir un Diluvio.

Dios creó la humanidad porque tiene fe en la humanidad. Mucho más que la fe que tenemos en Dios, Él tiene fe en nosotros. Podemos fallarle muchas veces, pero cada vez que lo hacemos, Dios nos dice: “Aun con edad avanzada, no cambiaré, aún con pelo cano seguiré siendo paciente.” Nunca abandonaré la humanidad, nunca perderé la fe. Esperaré todo lo que sea necesario para que los humanos aprendan a no oprimir, a no esclavizar o a emplear la violencia contra otros humanos. Eso, implica el Talmud, es la única explicación concebible por la que un Dios sabio, bueno, todopoderoso y que todo lo ve, haya creado seres tan falibles y destructivos como nosotros. Dios tiene paciencia. Dios tiene perdón. Dios tiene compasión. Dios tiene amor,

Durante siglos, los teólogos y filósofos han estado viendo la religión al revés. El verdadero fenómeno que está en su corazón – el misterio y el milagro – no es nuestra fe en Dios, sino la fe de Dios en nosotros.

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