Rabino Sacks Vaiélej 5775 – La Torá como canto

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

La Torá como canto

Vaiélej – 19 de septiembre, 2015 / 6 Tishrei 5776

Rabino Sacks Vaielej 5775 [PDF] 

La larga y tempestuosa carrera de Moshé está por llegar a su fin. Con palabras de ánimo y bendición entrega el manto de liderazgo a su sucesor, Yehoshua, diciendo, “Voy a cumplir hoy ciento veinte años. Ya no podré entrar y salir, ya que el Señor me ha dicho, tú no cruzarás este Jordán” (31: 2). Como observa Rashi, dice “no podré” y no “no soy capaz de.” Moshé esta aún en estado de pleno vigor físico, “su ojo sin opacidad y su energía natural sin disminución.” Pero ha arribado al final de su camino personal. Ha llegado la hora del inicio de otra época, de una nueva generación, de un modo distinto de liderazgo.

Pero antes de dejar la vida, Dios tiene un último mandato para él, y a través de él para el futuro: “Y ahora escribid para vosotros el cántico éste; y enséñalo a los hijos de Israel, pónselo en su boca para que sea para Mí – el cántico este – por testigo entre los hijos de Israel” (31:19). La explicación sencilla de esta frase es que Dios está ordenando a Moshé y Yehoshua, escribir la canción que sigue, la de Haazinu (32:1-43). Así lo interpretaron Rashi y Nahmánides, pero la tradición oral lo lee de otra  forma.

Según los sabios, “Y ahora escribid para vosotros el cántico” se refiere a la Torá como un todo, de tal forma que el último de los 613 mandamientos es el de escribir – o tomar parte de la escritura, aunque sea una sola letra – un rollo de Torá. Esta es la declaración de la ley según Maimónides:

A cada israelita se le  ordena  escribir un rollo de Torá, él mismo, ya que está dicho,”Ahora, por lo tanto, escribe esta canción” lo cual significa “escribe para ti un sefer Torá (una copia completa) ya que no se escriben pasajes aislados de la Torá (sino un rollo completo) . Aun si alguien ha heredado un rollo de Torá de sus padres, de la misma forma es una mitzvá escribir un ejemplar uno mismo, y el que lo hace es como si hubiera recibido (la Torá) del Monte Sinaí. El que no sabe cómo hacer para escribir un rollo puede contratar a otro (un escriba) por él, y el que corrige aunque sea una sola letra, es como si hubiera escrito todo el rollo.[1]

Por qué este mandamiento? Por qué aparece al final de la vida de Moshé? Por qué hacer que sea el último de los mandamientos? Y si la referencia es a la Torá como un todo, por qué llamarlo “canto” ?

La tradición oral nos insinúa una serie de ideas muy profundas al respecto. La primera es decir a los israelitas: a nosotros, en cada generación, que no alcanza con decir que “hemos recibido la Torá de Moshé” o “de nuestros padres.” Debemos tomar la Torá y hacerla de nuevo en cada generación. Debemos escribir nuestro propio rollo. El tema central de la Torá es que no es antiguo, sino que es nuevo; no solo tiene que ver con el pasado sino también con el futuro. No es simplemente un documento antiguo que nos viene de una etapa anterior de evolución de la sociedad. Nos habla acá, ahora- pero no sin que hagamos el esfuerzo de reescribirla.

Hay dos palabras hebreas para denominar la herencia: najalá y yerushá/morashá, que transmiten ideas distintas. Najalá está relacionada con la palabra najal, que significa río, arroyo. Así como fluye el río en descenso, así fluye la herencia por las generaciones. Ocurre naturalmente, no requiere ningún esfuerzo de nuestra parte.

Yerusha/morashá es distinto, el verbo es activo. Significa tomar posesión de algo a traves de un esfuerzo o acción positiva. Los israelitas recibieron la tierra como resultado de la promesa de Dios a Abraham. Ese fue su legado, pero de cualquier forma tuvieron que luchar y ganar las guerras. Lehvadil, Mozart y Beethoven fueron ambos hijos de músicos. La música estaba en sus genes, pero su arte fue el resultado de un trabajo duro e incesante. La Torá es morashá, no najalá. Debemos escribirla nosotros, no meramente heredarla de nuestros antepasados.

Y por qué llamar a la Torá un canto? Porque si entregaremos nuestra fe y nuestro modo de vida a la generación venidera, debe cantar. La Torá debe ser afectiva, no sólo cognitiva. Debe hablarle a nuestras emociones. Como demostró Antonio Damasio en forma empírica en Descartes´Error[2], aunque el sector del razonamiento del cerebro es central para lo que nos constituye como humanos, es el sistema límbico, el centro de las emociones, el que nos conduce hacia un lado u otro. Si nuestra Torá carece de pasión, no lograremos transmitirla al futuro. La música es la dimensión afectiva de la comunicación, el medio a través del cual nos expresamos, evocamos y compartimos emociones. Precisamente porque somos seres emotivos, la música es una parte esencial del vocabulario de la humanidad.

La música está estrechamente asociada a la espiritualidad. Como lo expresó Rainer María Rilke:

Las palabras aún van suavemente hacia lo indecible.

Y música siempre nueva, de piedras palpitantes

Construye en espacio inútil su endiosado hogar.

El canto es central a la experiencia judaica. Nosotros no rezamos. davvenamos, o sea, canturreamos las palabras que dirigimos al cielo. Tampoco leemos la Torá. La cantamos, con la cantilación de cada palabra. Incluso los textos rabínicos, no son nunca meramente estudiados; son cantados con la melodía particular tan conocida por todos los estudiantes del Talmud. Cada tiempo y cada texto tiene su melodía específica. La misma plegaria puede se cantada por media docena de melodías distintas según sea parte del servicio de la mañana, de la tarde o del atardecer, y según sea un día de la semana, Shabbat, una festividad o alguna de las Altas Fiestas. Hay distintas cantilaciones para las lecturas bíblicas dependiendo de que el texto provenga de la Torá, de los Profetas, o de `las escrituras´, los Ketuvim. La música es el mapa del espíritu judío y cada experiencia espiritual posee su escenario musical distintivo.

El judaísmo es una religión de palabras; sin embargo, cuando su lenguaje aspira a lo espiritual, se modula en forma de canción, como si las palabras mismas quisieran escapar de la atracción gravitacional de los significados finitos. La música habla a algo más profundo que la mente. Si es que queremos hacer nueva a la Torá en cada generación, debemos encontrar formas de cantar su canción en una forma nueva. Las palabras nunca cambian, la música sí.

Un anterior Gran Rabino de Israel, el Rab. Abraham Shapiro, una vez me contó la historia de dos grandes sabios rabínicos del siglo XIX, ambos distinguidos estudiosos; los hijos de uno de ellos sucumbieron al espíritu secular de la época, mientras que en el caso del otro fue bendecido por hijos que siguieron su senda. La diferencia entre ambos fue esta, dijo: cuando llegó la seudá shlishit, la tercera comida de Shabbat, el primero pronunció palabras de Torá mientras que el segundo cantó canciones. Su mensaje fue claro. Sin una dimensión afectiva – sin música – el judaísmo es un cuerpo sin alma. Son las canciones que enseñamos a nuestros hijos las que transmiten nuestro amor a Dios.

Hace unos años uno de los líderes del judaísmo mundial quiso averiguar qué había pasado con los “niños judíos perdidos” (*) de Polonia, que durante la guerra fueron adoptados por familias cristianas y criados como católicos. Decidió que la forma más fácil de hacerlo era a través de la comida. Organizó un gran banquete y puso avisos en la prensa polaca invitando a quien creyera que había nacido judío a asistir a la cena gratuita. Acudieron centenares de personas, pero el evento estuvo al borde del desastre porque ninguno de los presentes recordaba nada de su primera infancia – hasta que le preguntó al hombre sentado a su lado si recordaba alguna de las canciones que su madre judía le cantaba antes de dormir. Comenzó a cantar Rozhinkes mit mandlen (Pasas y almendras) una antigua canción de cuna idish. Lentamente los demás lo acompañaron, hasta que todo el salón fue un gran coro. En algunos casos, lo único que queda de la identidad judía es una canción.

El Rabino Yehiel Michael Epstein en la introducción del Aruj ha-Shuljan Joshen Mishpat escribe que la Torá se compara con una canción, porque, para los que aprecian la música, la más hermosa música coral es una armonía compleja con muchas voces distintas cantando notas distintas.  Así, dice, es la Torá, con su multiplicidad de comentarios, sus “setenta caras.” El judaísmo es una sinfonía coral escrita para muchas voces: el texto escrito es la melodía, la tradición oral, su polifonía.

Así, es  con un sentido poético de conclusión que termina la vida de Moshé, con el mandato de comenzar nuevamente, en cada generación, de escribir nuestro propio rollo, de agregar nuestros propios comentarios. El pueblo del libro que reinterpreta sin fin el libro del pueblo y canta su canción. La Torá es el libreto de Dios, y nosotros, el pueblo judío, Su coro. Hemos cantado colectivamente la canción de Dios. Somos los artistas de Su sinfonía coral. Y aunque cuando los judíos hablan frecuentemente discuten, cuando cantan, cantan en armonía porque las palabras son el lenguaje de la mente, pero la música es el lenguaje del alma.

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[1] Leyes de Tefilin, Mezuzá y Sefer Torá,  7: 1

[2] Antonio Damasio, Descartes´Error, emotion, reason and the human brain,    London, Penguin, 2005

(*) Jewish missing children

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