Rabino Sacks Pinjás 5775 – Elías y la pequeña y suave voz

Traductor: Carlos Betesh, Comunidad Chalom, Buenos Aires

Editor: Ben-Tzion Spitz, Gran Rabino, Uruguay

Elías y la pequeña y suave voz

Pinjás – 11 de julio, 2015 / 24 Tamuz 5775

Rabino Sacks Pinjas 5775 [PDF] 

“Entonces le llegó la voz de Dios: ‘¿Por qué estás aquí, Elías’? Le contestó ‘Me  conmueve el celo por el Señor de las Huestes…’ El Señor le dijo ‘Sal y ve a la montaña en presencia del Señor, porque Él está por pasar’. En ese momento un viento gigantesco y poderoso destrozó la montaña y pulverizó las rocas frente al Señor. Mas el Señor no estaba en el viento. Después del viento sobrevino un terremoto, pero el Señor no estaba en él. Después del terremoto vino el fuego, pero el Señor tampoco estaba en el fuego. Y a continuación del fuego – una pequeña y suave voz”. (I Reyes 19:9-12)

En 1165 los judíos de Marruecos se encontraron en una situación angustiante: una secta musulmana fanática, los Almohades, había tomado el poder y estaba embarcada en una política de conversión forzosa al Islam. La comunidad judía debió enfrentar  una dura elección: aceptar el Islam o morir.

Algunos eligieron el martirio, otros el exilio. Pero otros sucumbieron al terror y abrazaron esa otra fe, aunque interiormente siguieron siendo judíos, practicando sus ritos en secreto. Fueron los conversos* o como serían llamados más adelante por los españoles, marranos*.

Todo esto significó para los otros judíos, un significativo problema moral. ¿ Cómo habría que juzgarlos? En lo externo, habían traicionado a su comunidad y a su herencia religiosa, además de causar un efecto desmoralizante. Minaron la voluntad de los judíos que estaban decididos a resistir a toda costa. Sin embargo, muchos conversos querían seguir siendo judíos, seguir cumpliendo con los preceptos, y en la medida de lo posible, ir a rezar a la sinagoga.

Uno de ellos le planteó el problema a un rabino. Él se había convertido bajo presión, pero seguía siendo en su corazón fiel al judaísmo. ¿Podía seguir observando en privado la mayor cantidad de preceptos posible?  En pocas palabras, ¿había esperanza para él como judío?

La respuesta del rabino fue terminante. Un judío que abraza al Islam, renuncia de hecho a ser miembro de la comunidad judía. Deja de ser integrante de la Casa de Israel. Que esa persona cumpla con los mandamientos carece de sentido. Peor aún, sería pecado. La elección es total y absoluta: es ser o no ser judío. Si se elige ser judío, debe estar preparado para morir antes de claudicar. Si ha decidido dejar su judaísmo, no debe intentar reingresar a la casa que ha abandonado.

Es respetable la firmeza de la posición del rabino. Propuso, sin equívocos, la elección moral. Hay momentos en que el heroísmo es, para la fe, un imperativo categórico. Sin opciones. Su respuesta es dura, pero no carente de coraje. Pero otro rabino manifestó su desacuerdo.

No tenemos registro del nombre del primer rabino, pero sí del segundo. Se trata de Moisés Maimónides, el pensador judío más grande de la Edad Media. Maimónides no desconocía la persecución religiosa. Nacido en Córdoba en 1135, unos trece años más tarde, fue obligado a exiliarse junto con su familia cuando la ciudad cayó en manos de los Almohades.

Pasó doce años errando por distintos países, y en 1160 una liberalización del régimen Almohade permitió a la familia reubicarse en Marruecos. Pero cinco años más tarde tuvo que volver a partir, radicándose primero en la tierra de Israel y luego en Egipto.

Maimónides estaba tan indignado por la respuesta del rabino al converso forzado que escribió su propia responsa. En ella, se disocia totalmente del dictamen del rabino anterior a quien fustiga, llamándolo “un estudioso auto-labrado que nunca ha experimentado lo que tantas comunidades han tenido que sufrir en materia de persecución”.

La respuesta de Maimónides, el Iggeret ha-Shemad  (Epístola de la Conversión Forzada), es de hecho un tratado substancial en sí.[1] Lo que es llamativo, dada la vehemencia del comienzo, es que las conclusiones son algo menos terminantes que la responsa anterior. Si te encuentras en una situación de persecución religiosa – dice Maimónides – debes trasladarte y reubicarte en otro lado. “Si estás obligado a violar un solo precepto está prohibido que permanezcas en ese lugar. Debes dejar todo y viajar día y noche hasta llegar al lugar donde puedas practicar tu religión”. Esto es preferible al martirio.

Pese a ello, el que decide dar su vida antes de renunciar a su fe, está bien y hace lo correcto dado que ha sacrificado su vida para santificar el nombre de Dios. Lo que es inaceptable es quedarse, y si uno comete una transgresión decir que lo ha hecho por estar bajo presión. Hacer esto es profanar el nombre de Dios “no exactamente en forma voluntaria, pero casi”.

Estas son las conclusiones de Maimónides. Pero circundando esta postura, y constituyendo el punto principal de su argumento, está la carta de defensa de aquellos que han hecho lo contrario de lo expuesto. Esta carta da esperanza a los conversos.

Han hecho mal pero es un mal perdonable. Actuaron bajo coerción y con peligro de muerte. Pero siguen siendo judíos, y las acciones que cometen como judíos siguen teniendo favor ante los ojos de Dios. En realidad, doblemente, porque las acciones de cumplimiento de los preceptos no son para ganarse el favor de otros. Saben que cuando ejercen acciones como judíos corren el peligro de ser descubiertos y ejecutados. Su adherencia secreta es en sí un acto de heroísmo.

Lo equivocado del dictamen del primer rabino era su insistencia en que el judío que abandona su fe la ha traicionado y por lo tanto debe ser excluido de su comunidad. Maimónides insisten que no es así. “No está bien alienar, despreciar y odiar a quien viola la santidad del Shabat. Es nuestra tarea acercarnos amistosamente y animarlos a que cumplan con los preceptos”. En un acto de audacia interpretativa cita el dicho “No desprecies al ladrón hambriento si roba para saciar su hambre” (Proverbios 6:30). Los conversos que van a la sinagoga tienen hambre de rezo judío. “Roban” momentos de pertenencia. No deben ser despreciados sino bien recibidos.

Esta epístola es un ejemplo magistral de lo más difícil de los dilemas morales: combinar prescripción con compasión. Maimónides no nos deja duda alguna de qué cree que deben hacer los judíos, pero a la vez es tenaz en la defensa de aquellos que no lo pueden hacer. No justifica lo que han hecho, pero los defiende. Nos pide que comprendamos su situación. Les da una base para su autoestima y les deja abiertas las puertas de la comunidad.

La postura llega a la máxima instancia cuando Maimónides cita una secuencia notable de pasajes midráshicos, cuyo tema es que los profetas no deben condenar a su pueblo sino defenderlo ante Dios.

Cuando Moshé, encargado de sacar al pueblo de Egipto, dijo “pero no creerán en mí” (Ex.4:1) estaba justificado, ya que la narración bíblica sugiere que sus dudas estaban bien fundadas. Los israelitas eran difíciles de liderar. Pero el midrash dice que Dios le replicó a Moshé “son creyentes e hijos de creyentes, pero tú, en última instancia, no creerás”.[2]

Maimónides cita una serie de pasajes similares y luego afirma: Si este es el castigo que han merecido los pilares del universo, el más grande de los profetas, por haber criticado someramente a su gente – aun siendo ellos culpables de las transgresiones de que fueron acusados – ¿podemos imaginar el castigo que les espera a los que critican a los conversos que bajo amenaza de muerte  y sin abandonar su fe, aceptan otra religión en la que no creen?

En el transcurso de su análisis, Maimónides cita el texto del profeta Elías que constituye la haftará de esta semana. Durante el reinado de Ahab y Jezebel el culto a Baal se había oficializado. Estaban asesinando a los profetas de Dios, y los sobrevivientes se habían ocultado. Elías reaccionó desafiándolos públicamente en el Monte Carmel ante cuatrocientos representantes de Baal ya que estaba decidido a liquidar la cuestión de la verdad religiosa de una vez por todas.

Le dijo a la asamblea allí reunida que debían elegir un camino u otro: o Dios o Baal. No podían alternar más entre las dos opciones. La verdad se dilucidaría mediante una prueba. Si el fuego consumiera la ofrenda a Baal preparada por sus sacerdotes, éste sería el ganador. De lo contrario, si descendiera sobre la ofrenda de Elías, éste triunfaría.

Elías ganó la contienda. La gente exclamó “El Señor es Dios” y los sacerdotes de Baal fueron derrotados. Pero la historia no termina aquí.  Jezebel lanzó un edicto condenándolo a muerte. Elías escapó al Monte Horeb y allí tuvo una extraña visión. Primero un vendaval, luego un terremoto y después, fuego, pero Elías está dirigido a pensar que Dios no está en estos hechos. Poco después Dios le habla con una pequeña y suave voz diciéndole que nombre a Elisha como su sucesor.

El episodio es enigmático, aun más extraño por un detalle del texto. Inmediatamente antes de la visión Dios le pregunta: “¿Qué estás haciendo acá, Elías?” y él responde: “me conmueve el celo por Dios, el Señor de las Huestes…” (I Reyes 9:9-10). Inmediatamente después de la visión Dios le hace la misma pregunta y obtiene la misma respuesta (I Reyes 19:13-14). El midrash crea para este texto en el siguiente diálogo:

Elías: Los israelitas han roto el pacto de Dios

Dios: ¿Acaso es tu pacto?

Elías: Ellos han destruido Tus altares

Dios: ¿Acaso eran tus altares?

Elías: Han pasado a Tus profetas por la espada

Dios: Pero tú estás vivo

Elías: Si, pero quedo solamente yo

Dios: En lugar de lanzar acusaciones contra Israel, ¿no debieras haber defendido su causa?[3]

El significado del midrash está claro. El fanático asume el rol de Dios, pero Él espera que sus profetas sean defensores, no acusadores.

La pregunta y la respuesta repetidas se comprenden ahora en toda su trágica dimensión. Elías declara ser fanático de Dios. Le queda demostrado que Dios no se presenta en situaciones de confrontación dramática: no está en el viento, el terremoto ni el fuego. Dios le vuelve a preguntar “¿Qué estás haciendo aquí, Elías?” Elías le vuelve a manifestar su fanatismo. No ha comprendido que el liderazgo religioso requiere otro tipo de virtud, la de la voz pequeña y suave. Dios le anuncia que ahora el líder debe ser otro, y Elías debe entregar su manto a Elisha.

En tiempos de turbulencia, los líderes religiosos sienten una tentación casi  incontenible a la confrontación. No sólo proclamar la verdad sino también denunciar la falsedad. Las opciones se presentan en este caso en forma terminante: no condenar es condonar. El rabino que condenó a los conversos tenía fe en su corazón, estaba la lógica de su lado y lo tenía a Elías como precedente.

Pero el midrash y Maimónides nos presentan otro modelo. El profeta ya no oye un solo imperativo sino dos: conducción y compasión, amor a la verdad y una solidaridad ligada a aquellos a los cuales la verdad les ha sido eclipsada. Preservar la tradición y al mismo tiempo defender a los que son condenados por otros es la difícil y necesaria tarea del liderazgo religioso en tiempos de irreligiosidad.

SacksSignature

*en castellano en el original

[1] Traducción en inglés y comentario en el texto de Abraham S. Halkin y David Hartman Crisis and Leadership: Epistles of Maimonides. Philadelphia: Jewish Publication Society of America, 1985. 

[2] Shabbat 97a.

[3] Shir ha-Shirim Rabbah 1:6.

 

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