Emor 5774 – Sobre no tener miedo a la grandeza

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias 

Emor 5774 – Sobre no tener miedo a la grandeza

Enclavado en la parsha de esta semana hay dos de los más fundamentales mandamientos del judaísmo – mandamientos que tocan la misma naturaleza de la identidad judía.

No profanes Mi nombre santo. Debo ser santificado entre los israelitas. Yo soy el Señor, quien los hizo santos y quien los sacó de Egipto para ser su Dios. Yo soy el Señor. (Levítico 22:32)

Los dos mandamientos son respectivamente la prohibición contra profanar el nombre de Dios, Jilul Hashem, y el corolario positivo, Kiddush Hashem, que estamos mandados a santificar el nombre de Dios. ¿Qué son estos mandamientos y qué significan?

Primer tenemos que entender el concepto de “nombre” y cómo se aplica a Dios. Un nombre es cómo somos conocidos a otros. El “nombre” de Dios es por lo tanto Su existencia en el mundo. ¿Cómo las personas Lo reconocen, respetan, honran?

Los mandamientos Kiddush Hashem y Jllul Hashem localizan la responsabilidad en la conducta y el destino del pueblo judío. Esto es lo que Isaías quiso decir cuando dijo: “Tú eres mi testigo, dice Dios, que Yo soy Dios”. (Isaías 43:10).

El Dios de Israel es el Dios de toda la humanidad. Él creó el universo y la vida misma. Él nos hizo a todos nosotros – judíos y no judíos por igual – en Su imagen. Él cuida de todos nosotros: “Su piedad está sobre todos sus obras” (Salmo 145:9).

Aunque el Dios de Israel es radicalmente diferente a los dioses en los que los antiguos creían, y la realidad en la que creen el día de hoy los científicos ateos. Él no es idéntico a la naturaleza. Él creó la naturaleza. Él no es idéntico al universo físico. Él trasciende el universo. Él no es capaz de ser mapeado por la ciencia: observado, medido, cuantificado. Él no es de ese tipo de cosa en absoluto. ¿Cómo entonces es Él conocido?

La reivindicación radical de la Torah es que Él es conocido, no exclusivamente pero primeramente, a través de la historia judía y a través de la forma de vida judía. Como Moisés dice al final de su vida:

Pregunta ahora sobre los antiguos días, mucho antes de tu tiempo, del día que Dios creó a los seres humanos sobre la tierra; pregunta desde un extremo del cielo hasta el otro. ¿Ha pasado algo así de grande, o se ha escuchado sobre algo así? ¿Acaso algún otro pueblo ha escuchado la voz de Dios hablando desde el fuego, como lo han escuchado y vivido? ¿Acaso algún otro dios alguna vez intentó tomar para sí mismo una nación fuera de otra nación, por pruebas por signos y maravillas, por guerra, por una mano fuerte y un brazo extendido, o por grandes e increíbles andanzas, como todas las cosas que el Señor tu Dios hizo por ti en Egipto ante tus propios ojos? (Deut. 4:32-34)

Hace treinta y tres siglos, Moisés ya sabía que la historia judía era y sería continua y única. Ninguna otra nación ha sobrevivido tales pruebas. La revelación de Dios a Israel es única. Ninguna otra religión está construida sobre una revelación directa de Dios a un pueblo entero como pasó en el Monte Sinaí. De ahí que Dios – el Dios de la revelación y de la redención – es conocido por el mundo a través de Israel. En nosotros mismos somos el testimonio de algo más allá de nosotros. Nosotros somos los embajadores de Dios en el mundo.

Por lo tanto cuando nosotros nos portamos en tal forma como para evocar admiración para el judaísmo como fe y una forma de vida, eso es Kiddush Hashem, una santificación del nombre de Dios. Cuando nosotros hacemos lo opuesto – cuando traicionamos esa fe y forma de vida, causando a las personas a tener desprecio por el Dios de Israel – eso es Jllul Hashem, una profanación del nombre de Dios. Eso es lo que Amos quiere decir cuando dice:

Ellos pisotean sobre las cabezas de los pobres como sobre el polvo de la tierra, y niegan justicia a los oprimidos….profanando Mi nombre santo.

Cuando los judíos se portan mal, poco éticos, injustos, ellos crean un Jilul Hashem. La gente dice, no puedo respetar una religión, o un Dios, que inspira a las personas a portarse de tal manera. Lo mismo aplica sobre una escala más grande, más internacional. El profeta que nunca desistió de señalarlo fue Ezequiel, el hombre que fue al exilio a Babilonia después de la destrucción del Primer Templo. Eso es lo que él escucha de Dios:

Los he dispersado entre las naciones, y se diseminaron a través de las naciones; los he juzgado de acuerdo a su conducta y sus acciones. Y donde sea que fueron entre las naciones, profanaron mi santo nombre, por lo que les fue dicho: “Estas son las personas del Señor, y aun así debieron dejar su tierra”. (Ezequiel 36:19).

Cuando los judíos son vencidos y enviados al exilio, no es sólo una tragedia para ellos, es una tragedia para Dios. Él se siente como se sentiría un padre cuando ve a uno de sus hijos ser enviado a la cárcel. Él siente un sentido de vergüenza y peor que eso, de fracaso inexplicable. “¿Cómo es que, a pesar de todo lo que hice por él, no pude salvar a mi hijo de sí mismo?” Cuando los judíos son fieles a su misión, cuando viven y lideran e inspiran, entonces el nombre de Dios es exaltado. Eso es lo que quiere decir Isaías cuando dice “Tú eres mi siervo, Israel, en quien seré glorificado”.  (Isaías 49:3).

Esa es la lógica de Kiddush Hashem y Jllul Hashem. El destino del “nombre” de Dios en el mundo depende de nosotros y cómo nos portemos. A ninguna nación se le ha dado una responsabilidad tan grande y fatídica. Y eso quiere decir que cada uno de nosotros tiene un pedazo en esta tarea.

Cuando un judío, especialmente un judío religioso, se porta mal – actúa sin ética en el negocio, o es culpable de abuso sexual, o expresa un comentario racista, o actúa con desprecio hacia otros – esto se refleja de mal forma sobre todos los judíos y del judaísmo en sí mismo. Y cuando un judío, especialmente un judío religioso, actúa bien – desarrolla una reputación de actuar honorablemente en los negocios, o cuidando de víctimas de abuso, o demuestra conspicua generosidad de espíritu – no solo habla bien de los judíos. Aumenta el respeto que las personas tienen para la religión en general, y así por Dios.

Así es como Maimónides lo pone en su código legal, hablando de Kiddush Hashem:

Si una persona ha sido escrupulosa en su conducta, gentil en su conversación, agradable hacia sus semejantes y hacia las criaturas, afable en la manera en la que recibe, no haciendo retórica incluso cuando es confrontado, pero demuestra cortesía a todos, incluso a aquellos que le han tratado con desdén, conduciendo sus asuntos de negocios con integridad…..Y haciendo más que su deber en todas las cosas, mientras evita extremos y exageraciones – tal persona ha santificado a Dios.

Rab Norman Lamm nos cuenta la graciosa historia de Mendel el mozo. Cuando las noticias llegaron a un crucero sobre la atrevida incursión israelí sobre Entebbe en 1976, los pasajeros querían pagar tributo, de alguna manera, a Israel y al pueblo judío. Se hizo una búsqueda para ver si había algún judío en la tripulación. Sólo se encontró a uno: Mendel el mozo. Entonces, en una ceremonia solemne, el capitán en nombre de los pasajeros ofreció sus felicitaciones a Mendel quien de pronto se encontró a él mismo elegido de facto como el embajador del pueblo judío. Nosotros somos todos, nos guste o no, embajadores del pueblo judío, y cómo vivimos, nos portamos y tratamos a otros refleja no sólo a nosotros como individuos sino como judíos como un todo, y así al judaísmo y al Dios de Israel.

“No temáis a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza le es impuesta” escribió Shakespeare en “Noche de Reyes”. A través de la historia a los judíos se les ha sido impuesta la grandeza. Como Milton Himmelfarb escribió: “El número de judíos en el mundo es más pequeño que un error estadístico en un censo chino. Aun así prevalecemos más grandes que nuestros números. Las cosas grandes parecen suceder alrededor de nosotros y a nosotros.”

Dios confió en nosotros lo suficiente para hacernos Sus embajadores ante un mundo a menudo brutal y sin fe. La elección es nuestra. ¿Serán nuestras vidas Kiddush Hashem o Dios no lo permita, lo opuesto? Haber hecho algo, incluso un acto en una vida, hacer a alguien agradecido de que hay un Dios en el cielo que inspira a las personas a hacer el bien sobre la tierra, es quizá el más grande logro al que cualquiera puede aspirar. Shakespeare definió correctamente el reto: No teman a la grandeza.

 

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