Toldot 5774 – El Precio del Silencio

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias

 

Toldot 5774 – El Precio del Silencio

En un Pacto y Conversación anterior cité a Netziv (Neftalí Zvi Yehudah Berlín, 1816 – 1893, decano de la yeshiva en Volozhin), quien hizo la aguda observación que Isaac y Rebecca parecían no haberse comunicado cercanamente. La relación “de Rebecca con Isaac no era la misma que entre Sarah y Abraham o Rachel y Jacob. Cuando ellos tenían un problema ellos no tenían miedo de hablar sobre eso. No tanto con Rebecca” (Comentario al Gen. 24:65).

El Netziv siente la distancia desde el primer momento cuando Rebecca vio a Isaac “meditando en el campo” punto en el que ella “se cubrió a sí misma con un velo”. El comenta, “Ella se cubrió por el temor y el sentido de insuficiencia como si ella sintiera que ella era indigna de ser su esposa, y desde entonces esta trepidación se fijó sobre su mente.”

La relación, sugiere Netziv, nunca fue casual, íntima. El resultado fue, en una serie de críticos momentos, un fracaso de comunicación. Parecía como si Rebecca nunca informó a Isaac sobre el mensaje que ella tuvo antes de los gemelos, Esaú y Jacob, cuando nacieran, le dijo Dios, “el mayor servirá al menor”. Eso aparentemente es una de las razones por las que ella amaba más a Jacob que a Esaú, sabiendo que Jacob era el elegido por Dios. Si Isaac lo hubiera sabido, ¿por qué favoreció a Esaú? Entonces él probablemente no lo sabía, porque Rebecca no se lo dijo.

Esa es la razón por la qué, muchos años después, cuando ella escuchó que Isaac estaba por bendecir a Esaú ella se vio forzada a hacer un plan de engaño: ella le dijo a Jacob que pretendiera ser Esaú. ¿Por qué simplemente ella no le dijo a Isaac que era Jacob a quién estaba bendiciendo? Porque eso hubiera forzado a que ella admitiera que ella había mantenido a su esposo en la ignorancia sobre la profecía todos los años en los que los niños habían crecido.

Si ella hubiera hablado con Isaac el día de la bendición, Isaac podría haber dicho algo que hubiera cambiado completamente la dirección de sus vidas y de las vidas de sus hijos. Yo imagino a Isaac diciendo esto: ‘Pero claro que se que será Jacob y no Esaú quien continúe el pacto. Pero tengo dos bendiciones diferentes en mente, una para cada uno de nuestros hijos. Le daré a Esaú una bendición de bienestar y poder: “Sea que Dios te dé el rocío del cielo y las riquezas de la tierra…Sea que las naciones te sirvan y los pueblos te hagan reverencia” (Gen. 27:28-29). Yo le daré a Jacob la bendición que Dios le dio a Abraham y a mí, la bendición de hijos y tierra prometida: “Sea que Dios Todo Poderoso te bendiga y te haga provechoso e incremente tus números hasta que seas una comunidad de pueblos. Sea que te dé a ti y a tus descendientes la bendición dada a Abraham, para que puedas tomar posesión de la tierra donde resides ahora como un extranjero, la tierra que Dios le dio a Abraham” (Gen. 28: 3-4)’

Isaac nunca tuvo la intensión de dar la bendición del pacto a Esaú. El tenía la intensión de dar a cada hijo la bendición que le quedara mejor. El completo engaño planeado por Rebecca y que llevó a cabo Jacob nunca fue necesario para empezar. ¿Por qué Rebecca no entendía esto? Porque ella y su esposo no se comunicaban.

Ahora vamos a contar las consecuencias. Isaac, viejo y ciego, se sintió traicionado por Jacob. El “tembló violentamente” cuando se dio cuenta de lo que había pasado, y le dijo a Esaú, “Tu hermano vino engañosamente”. Esaú de igual manera se sintió traicionado y sintió un odio violento hacia Jacob que hizo un voto para matarlo. Rebecca fue forzada a enviar a Jacob al exilio, aunque se privó a ella misma de la compañía del hijo que amaba. Mientras para Jacob, las consecuencias del engaño duraron toda una vida, resultando en una contienda entre sus esposas y entre sus hijos. “Pocos y malos han sido los días de mi vida”, dijo él como hombre viejo al Faraón. Cuatro vidas cicatrizadas por un acto que no fue siquiera necesario en primer lugar pues Isaac le dio de hecho a Jacob “la bendición de Abraham” sin ningún engaño, sabiendo que él era Jacob y no Esaú.

Así es el precio humano que nosotros pagamos por un fracaso en comunicar. La Torah es excepcionalmente cándida sobre estos asuntos, que es lo que la hace una guía tan poderosa para la vida: vida real, entre gente real con problemas reales. La comunicación importa. En el inicio Dios creó el mundo natural con palabras: “Y Dios dijo: Sea la luz”. Nosotros creamos el mundo social con palabras. El Targum tradujo la frase en Génesis 2, “Y el hombre se convirtió en alma viviente” como “y el hombre se convirtió en alma hablante”. Para nosotros, el discurso es vida. Vida es relación. Y las relaciones humanas solo existen porque podemos hablar. Podemos decirles a otras personas nuestras esperanzas, nuestros miedos, nuestros sentimientos y pensamientos.

Eso es por qué un líder – desde un padre hasta un CEO – deben poner a sus tareas una buena, fuerte, honesta y abierta comunicación. Eso es lo que hace familias, equipos y corporaciones culturas fuertes. Todos deben saber que sus objetivos generales son como equipo, cual es su rol específico, cuales las responsabilidades que llevan a cabo, y qué valores y comportamientos se espera de ellos ejemplificar. Debe haber alabanza para aquellos que hacen bien, así como una crítica constructiva a las personas que hacen mal – crítica del acto no de la persona, quien debe sentirse respetada cualquiera que sea su fracaso. Esto último es uno de las diferencias más fundamentales entre una “culpa moral” de la cual el judaísmo es el ejemplo supremo, y una “vergüenza moral” como la de la antigua Grecia (la culpa hace una clara distinción entre el acto y la persona, lo que la vergüenza no hace).

Hay momentos en los que mucho depende de una clara comunicación. No es demasiado decir que hubo un momento en el que el destino del mundo dependía de ello. Pasó durante la crisis de los misiles cubanos en 1962 cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban al filo de una guerra nuclear. En lo alto de la crisis, como lo describió Robert McNamara en su película, Niebla de la Guerra, John F. Kennedy recibe dos mensajes del líder soviético Nikita Khrushchev. Uno era conciliatorio, y el otro era por lejos mucho más agresivo. Casi todos los consejeros de Kennedy creyeron que el segundo representaba la vista real de Khrushchev y debería ser tomado seriamente.

Sin embargo un hombre, Llewellyn Thompson Jr, había sido un embajador americano en la Unión Soviética desde 1957 a 1962 y pudo conocer al presidente ruso bien. El había pasado un periodo de tiempo viviendo con Khrushchev y su esposa. Él le dijo a Kennedy que el mensaje conciliatorio sonaba más al punto de vista personal de Khrushchev mientras que la carta agresiva, no sonaba como él, probablemente había sido escrito para apaciguar a los generales rusos. Kennedy escuchó a Thompson, le dio a Khrushchev una forma de retractarse sin avergonzarlo, y el resultado fue que la guerra se evitó. Asusta imaginar lo que pudo haber pasado si Thompson no hubiera estado ahí para establecer cuál era y cuál no era el acto real de comunicación.

Los padres y los líderes deben establecer una cultura en la que una comunicación honesta, abierta y respetuosa tenga lugar, y que involucre no solo hablar sino también escuchar. Sin ella, la tragedia estará pronta para entrar en escena.

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