El chivo expiatorio (Ajarei Mot 5782)

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El más extraño y dramático episodio del servicio de Iom Kipur expuesto en Ajarei Mot (Levítico 16: 7-22) era el ritual de los dos chivos, uno ofrecido como sacrificio y el otro enviado al desierto “a Azazel”.  En todos los casos los animales no eran distinguibles uno del otro, elegidos específicamente lo más parecidos posible en cuanto a su tamaño y apariencia. Se los llevaba al Sumo Sacerdote y se echaban suertes, uno con la inscripción “para el Señor” y el otro “para Azazel”. El que llevaba la inscripción de “el Señor» era ofrecido en sacrificio. Sobre el otro, el Sumo Sacerdote confesaba los pecados de la nación, y luego era llevado a las montañas del  desierto en las afueras de Jerusalem, donde terminaría muriendo. La tradición nos dice que tendría un hilo escarlata atado a sus cuernos, la mitad del cual era retirado antes de ser expulsado el animal. Si el rito resultase efectivo, el hilo rojo se volvería blanco.

Gran parte del ritual resulta desconcertante. Primero, ¿cuál es el significado de “a Azazel” al que sería enviado el segundo chivo? No aparece en ningún otro lado en las Escrituras. Surgieron tres teorías principales sobre su significado: Según los sabios y Rashi, era “un lugar empinado, rocoso y difícil”. En otras palabras, era la descripción de su destino. Según el sentido simple de la Torá, el chivo era enviado a un área desolada (el eretz gezerá), Levítico 16: 22). Los sabios interpretan que era llevado a un desfiladero abrupto donde hallaría la muerte. De acuerdo a la primera explicación, ese sería el significado de Azazel. 

La segunda, crípticamente sugerida por  Ibn Ezra y explícitamente por Najmánides, es que Azalel era el nombre de un espíritu o un demonio, uno de los ángeles caídos mencionados en Génesis 6:2, similar al macho cabrío llamado ‘Pan’ en la mitología griega, ‘Faunus’ en latin. Esta idea es problemática, razón por la cual Ibn Ezra aludió a ella, como hizo en otros casos, por medio de una adivinanza, un acertijo que solo los sabios podrían descifrar. Escribió:

“Voy a revelarles parte del secreto por medio de una insinuación: cuando cumplas treinta y tres lo sabrás”.

Najmánides revela el secreto:

Treinta y tres versículos más tarde la Torá ordena: “No deberán ofrecer ningún sacrificio a los ídolos cabríos (se’irim) tras los cuales irán por mal camino” (Ver Levítico 17:7),

Azalel, según está lectura, es el nombre de un demonio o una fuerza hostil, a veces llamado Satanás o Samael. Los israelitas tenían categóricamente prohibido adorar a tal fuerza. Es más, creer en la existencia de poderes en el universo distintos o incluso hostiles a Dios era incompatible con el monoteísmo judaico. Sin embargo, algunos sabios creían que había fuerzas negativas que eran parte del séquito celestial, como Satanás, autor de acusar contra los humanos, y tentarlos hacia el pecado. El chivo enviado al desierto era una forma de conciliar o propiciar esas fuerzas para que los rezos de Israel pudieran elevarse al cielo sin, digamos, voces disidentes.  Esta forma de comprender el rito es semejante a lo dicho por los sabios, en el sentido de que tocamos el shofar dos veces en Rosh Hashaná “para confundir a Satanás” (Rosh Hashaná 16b).

La tercera interpretación, y la más simple, es que Azalel es un sustantivo compuesto formado por el chivo (ez) enviado fuera (azal)”. Esto llevó al agregado de una nueva palabra al idioma inglés. En 1530 William Tyndale produjo la primera traducción de la Biblia Hebrea, un acto que entonces era ilegal y por lo cual pagó con su vida. Viendo cómo traducir Azalel al inglés, lo llamó “the escapegoat” (el chivo expiatorio,) o sea el chivo que se enviaba fuera y era liberado. Con el correr del tiempo la primera letra, la e, fue eliminada y nació la palabra “scapegoat.” 

La verdadera pregunta es, sin embargo, de qué se trataba realmente el ritual. Las ofrendas por pecados y culpa resultan familiares en la Torá y formaban parte del servicio del Templo. El servicio de Iom Kipur era distinto en un aspecto saliente: en todos los demás casos, el pecado se confesaba sobre el animal que iba a ser sacrificado. En Iom Kipur, el Sumo Sacerdote confesaba los pecados del pueblo sobre el animal que no sería sacrificado, el chivo expiatorio que era enviado a “llevar sobre sí todas las iniquidades” (Levítico 16: 21-22).

La respuesta más simple y contundente fue dada por Maimónides en su Guía para Perplejos:

No cabe duda de que los pecados no pueden ser llevados como una carga y sacados de los hombros de un ente para ser colocados sobre otro. Pero estas ceremonias son de carácter simbólico y sirven para impactar a la gente con una idea determinada e inducirlos al arrepentimiento – como decir, nos hemos librado de nuestros hechos anteriores, los hemos arrojado detrás de nosotros y los hemos enviado lo más lejos posible.[1]

La expiación requiere un ritual, una representación dramática de la eliminación del pecado y de borrar el pasado. Eso está claro. Pero Maimónides no explica por qué en Iom Kipur ese ritual no era cumplido mientras qué, en los otros días del año, las ofrendas de pecado y culpa sí lo eran. ¿Por qué no resultó suficiente que el primer chivo, el que resultó sorteado “para el Señor”, fuera aceptado como ofrenda de pecado? (Levítico 16: 9)

La respuesta está en el carácter dual del día. La Torá establece que:

Esta será una ley eterna para ti: En el décimo día del séptimo mes debes ayunar y no trabajar… Porque en ese día habrás expiado todos tus pecados (iejaper) de tal forma que quedarás purificado (le-taher). Ante Dios quedarás purificado de todos tus pecados (Levítico 16: 29-30).

Dos procesos distintos entran en juego en Iom Kipur. Primero está la kapará, expiación. Esta es la función normal de la ofrenda por el pecado. Segundo está la tahará, la purificación, algo normalmente hecho en un contexto totalmente distinto, como la remoción de la tumá, impurificación ritual, que podía resultar por diferentes causas: el contacto con un muerto, con enfermedades de la piel o por emisión nocturna. La expiación tiene que ver con la culpa. La purificación, con la contaminación o polución. Estos son habitualmente[2] dos mundos distintos. En Iom Kipur se juntan. ¿Por qué?

Como comentamos en la parashá de la semana pasada, Metzorá, debemos a los antropólogos como Ruth Benedict la diferenciación entre las culturas de culpa y las de vergüenza [3]. La vergüenza es un fenómeno social. Es lo que sentimos cuando nuestros delitos son expuestos a otros. Puede ser incluso algo que sentimos al imaginar que otras personas puedan ver o saber lo que hemos hecho. La vergüenza es la sensación de haber sido expuestos, y nuestra reacción instintiva es la de ocultarnos. Eso es lo que hicieron Adán y Eva en el Paraíso después de haber comido el fruto del árbol prohibido. Se avergonzaron de su desnudez y se ocultaron.

La culpa es un fenómeno personal. No tiene nada que ver con lo que otros puedan decir si supieran lo que hemos hecho, y todo que ver con lo que nos decimos a nosotros mismos. La culpa es la voz de la conciencia, y es ineludible. Se puede escapar a la vergüenza mediante ocultamiento o evitando ser descubierto, pero no se puede evitar la culpa. La culpa es el autoconocimiento.

Existe otra diferencia que, una vez conocida, explica por qué el judaísmo es fundamentalmente una cultura de culpa más que una de vergüenza. La vergüenza se conecta con la persona. La culpa se conecta con el acto. Es casi imposible eliminar la vergüenza una vez que ha sido expuesto públicamente. Es como una mácula imborrable sobre la piel. Es la marca de Caín. Shakespeare hace exclamar a Lady Macbeth  luego de su crimen: “ ¿Nunca serán limpias estas manos?” En las culturas de vergüenza los acusados tienden a ocultarse o a exiliarse, donde nadie sepa nada acerca de su pasado, o se suicidan. Los autores teatrales hacen que estos personajes mueran, ya que para ellos no hay redención posible.

La culpa hace una clara distinción entre el acto delictivo y la persona actuante. El acto estuvo mal, pero el actor, en principio, permanece intacto. Es por eso que la culpa puede ser eliminada, “expiada” mediante la confesión, el remordimiento y la restitución. “No odies al pecador sino al pecado,” es el axioma básico de la cultura de la culpa.

Normalmente las ofrendas de pecado y culpa, como su nombre lo indica, son sobre la culpa. Son expiables. Pero la festividad de Yom Kipur no trata solamente de nuestros pecados como individuos. También confronta nuestros pecados como integrantes de la comunidad, ligados por responsabilidad mutua. Se ocupa, en otras palabras, de los delitos sociales así como los personales. Iom Kipur trata tanto de la vergüenza como de la culpa. Por eso debe haber una purificación (la remoción de la mancha) así como una expiación.

La psicología de la culpa es también bastante distinta a la de la vergüenza. Podemos descargar la culpa logrando el perdón – y el perdón solo puede ser brindado por la víctima de nuestra acción, que es el motivo por el cual Iom Kipur solo expía los pecados contra Dios. Mismo Dios no puede – con toda lógica – perdonar los pecados cometidos contra nuestros congéneres hasta que ellos mismos nos perdonen.

La vergüenza no puede ser eliminada por el perdón. La víctima de nuestro delito nos puede perdonar, pero seguiremos sintiéndonos impuros por el hecho de que nuestro nombre ha sido degradado, nuestra reputación dañada y nuestro status herido. Todavía sentimos el estigma, el deshonor, la degradación. Es por eso que una ceremonia inmensamente poderosa y dramática tuvo que tener lugar, durante la cual el pueblo podía sentir y ver simbólicamente que sus pecados eran llevados al desierto, a una tierra de nadie. Una ceremonia similar se hacía cuando un leproso era purificado. El sacerdote tomaba dos palomos, mataba a uno y dejaba volar al otro a través de los campos (Levítico 14: 4-7). Nuevamente, era un acto de purificación, no de expiación y tenía que ver con la vergüenza, no con la culpa.El judaísmo es una religión de esperanza y sus grandes rituales de expiación y arrepentimiento son parte de esa esperanza. No estamos condenados a vivir interminablemente con equivocaciones y errores de nuestro pasado. Esa es la gran diferencia entre la cultura de la culpa y la de la vergüenza. Pero el judaísmo también reconoce la existencia de la vergüenza. De ahí el elaborado ritual del chivo expiatorio que parecería llevarse la tumá, la impurificación que es la marca de la vergüenza. Sólo era posible hacerse en Iom Kipur porque era el único día del año en que todos compartían, en unión y comunidad, el proceso de confesión, arrepentimiento, expiación y purificación. Cuando la sociedad entera confiesa su culpa, la vergüenza puede ser redimida a nivel individual.


  1. ¿Por qué son tan importantes los rituales simbólicos? ¿Qué es lo que permiten lograr?
  2. Si el judaísmo es una cultura de culpa, ¿por qué sigue preocupado por la vergüenza?
  3. Si el ritual elimina la vergüenza, ¿qué es lo que elimina la culpa?

  1.  Guía de los Perplejos, III:46.
  2. Existían, sin embargo, excepciones. Un leproso, mas precisamente alguien que sufría de la enfermedad conocida en la Torá como tsaarat, debía llevar una ofrenda de culpa (ahsam) además de realizar los ritos de purificación (Levítico 14:12-20)
  3.  Ruth Benedict, The Chrysanthemum and the Sword, (Boston: Houghton Mifflin) 1946.

Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan