Nosotros,el pueblo (Behar-Bejukotai 5781)

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En la última parashá del libro de Levítico, en medio de una de las más tremendas maldiciones pronunciadas a una nación en forma de advertencia, los sabios descubrieron lo más parecido a una partícula de oro puro.

Moshé está describiendo a una nación que huye de sus enemigos:

El mero sonido de una hoja al viento los hará huir corriendo, ¡y lo harán como si estuvieran escapando de la espada! ¡Ellos caerán, aunque nadie los persiga! ¡Se tropezarán unos sobre otros como si fuera ante la espada, aunque nadie los persiga! No tendrán el poder de enfrentar a sus enemigos. (Levítico 26:36-37)

A primera vista, no parece haber nada positivo en este escenario de pesadilla. Pero los sabios dijeron que “tropezar uno sobre otro” puede leerse “tropezará uno debido al otro”, y esto nos enseña que cada uno de los israelitas es responsable por el otro.[1]

Este es un pasaje decididamente extraño. ¿Por qué ubicar este principio aquí? Ciertamente toda la Torá expresa ese concepto, aun cuando Moshé habla de la recompensa de cuidar los preceptos lo hace colectivamente. Tendrán lluvias en la estación adecuada. Obtendrán buenas cosechas. Y así sucesivamente. El principio de que los judíos tienen una responsabilidad colectiva y que sus destinos están interconectados podría ser encontrado en las bendiciones de la Torá. ¿Por qué buscarlo en las maldiciones?

La respuesta es que no es específico del judaísmo el hecho que estemos todos ligados en nuestro destino. Eso es aplicable a los ciudadanos de cualquier nación. Si la situación económica es floreciente, todos se beneficiarán. Si hay orden, respeto por la ley y las personas se comportan amablemente entre sí, acudirán en ayuda del otro y habrá una sensación de bienestar generalizada. Por el contrario, ante una recesión todos sufrirán. Si es barrio está azotado por la delincuencia, la gente temerá salir a la calle. Somos animales sociales, y nuestros horizontes de posibilidad están moldeados por la cultura y la sociedad en la que vivimos.

Todo esto es aplicable a los israelitas siempre y cuando fuera una nación con tierra propia. ¿Pero qué pasa cuando sufrieron la derrota y el exilio y fueron dispersados por todo el mundo? Ya no poseían los lineamientos convencionales de una nación. No habitaban en el mismo lugar. No compartían el lenguaje de la vida diaria. Mientras que Rashi y su familia vivían en el ámbito cristiano del norte de Europa y hablaban francés, Maimónides vivía en el Egipto musulmán, hablando y escribiendo en árabe.

Los judíos tampoco compartieron el mismo destino. Mientras que los que vivían en el norte de europeo sufrían persecuciones y masacres en la época de los Cruzados, los judíos de España gozaban de su Época de Oro. Cuando los judíos de España eran expulsados y obligados a errar por el mundo, los de Polonia gozaban de una rara época de tolerancia. ¿De qué forma entonces eran responsables uno del otro? ¿Qué fue lo que los constituyó como nación? ¿Cómo podrían – como lo expresó el autor del Salmo 137 – cantar la canción de Dios en una tierra extraña?

Hay solo dos textos en la Torá que se refieren a esta situación, las dos secciones de maldiciones, una en nuestra parashá y la otra en Deuteronomio en la parashá Ki Tavó. Sólo en estos pasajes se habla del tiempo en el que Israel sufrió el exilio y se dispersó, como lo expresó más adelante Moshé, “entre las naciones de la tierra” (Deuteronomio 30:4) Pero hay tres diferencias entre las maldiciones. El pasaje de Levítico está en plural, el de Deuteronomio en singular. Las maldiciones de Levítico son palabras de Dios, las de Deuteronomio, de Moshé. Y las de Deuteronomio no conducen a la esperanza, sino a una imagen de desolación:

Intentarán venderse como esclavos – tanto hombres como mujeres – pero nadie los querrá adquirir. (Deuteronomio 28:68)

Los de Levítico terminan con una crucial esperanza:

Pero a pesar de todo, cuando estén en territorio enemigo, Yo no los rechazaré ni los aborreceré al punto de la destrucción total, quebrando así Mi pacto con ellos, pues Yo soy el Señor su Dios. Sino que en honor a ellos recordaré el pacto con la primera generación, la de los que saqué de la tierra de Egipto a la vista de todas las naciones para ser Dios; Yo soy el Señor. (Levítico 26:44-45)

Aun en sus peores momentos, según Levítico, el pueblo judío nunca será destruido. Tampoco será rechazado por Dios. El pacto seguirá en pie en todos sus términos y sus cláusulas estarán vigentes. Esto significa que los judíos siempre estarán ligados uno a otro por la misma responsabilidad mutua que tuvieron en la tierra – pues fue el pacto lo que los constituyó como nación y los ligó a Dios. Por lo tanto, aun cuando tropezaran uno sobre otro huyendo de sus enemigos, seguirán estando unidos por la responsabilidad mutua. Aun seguirán siendo una nación con un destino definido y compartido.

Esta es una idea especial y extraña, y su característica distintiva es la política del pacto. El pacto se convirtió en un elemento primordial de Occidente posterior a la Reforma. Moduló el discurso político en Suiza, Holanda, Escocia e Inglaterra en el siglo XVII, así como la invención de la imprenta y la difusión de la lectoescritura permitió familiarizarse con la Biblia hebrea (el “viejo Testamento” como lo denominaron). Ahí aprendieron que los tiranos eran resistidos, que las órdenes inmorales no debían ser acatadas y que los reyes no gobernaban por derecho divino sino solamente por el consentimiento de los gobernados.

Los Padres Peregrinos (Pilgrim Fathers) que partieron hacia Norteamérica tenían iguales convicciones, pero con una diferencia: con el tiempo las mismas no se esfumaron como ocurrió en Europa. Como resultado, Estados Unidos es hoy el único país en el que todo el discurso político está enmarcado en la idea del pacto.

Dos ejemplos de manual lo ilustran: el discurso inaugural de Lyndon Baines Johnson en 1965 y el segundo discurso de Barack Obama en 2013. En ambos casos utilizaron la repetición de un número impar bíblico (tres, cinco o siete). Johnson invoca el concepto de pacto cinco veces. Obama en cinco oportunidades comienza con la frase clave de la política del pacto – nunca utilizada por políticos británicos – “Nosotros el pueblo”.

En las sociedades de pacto es todo el pueblo el que es responsable, bajo la tutela de Dios, del destino de la nación. Como lo señaló Johnson, “nuestro destino como nación y nuestro futuro como pueblo recae no en un ciudadano sino sobre todos.”[2] En palabras de Obama “ustedes y yo, como ciudadanos, tenemos el poder de poner a este país en su curso”[3] Esta es la esencia del pacto: estamos en esto todos juntos. No hay división en la nación entre gobernantes y gobernados. Estamos unidos, responsables en forma conjunta, bajo la soberanía de Dios, unos con otros.

Esta no es una responsabilidad de final abierto. En el judaísmo no existe nada parecido a la idea tendenciosa, y en el fondo sin sentido, a lo expuesto por Jean Paul Sartre en El ser y la Nada sobre la ‘responsabilidad absoluta’. “La consecuencia esencial de nuestros comentarios anteriores es que el hombre, al estar condenado a ser libre, lleva el peso de todo el mundo sobre sus hombros, es responsable por sí mismo y por el mundo como parte de su ser.”[4]

En el judaísmo somos responsables solo por lo que pudimos haber evitado y no lo hicimos. Así lo expresa el Talmud:

Cualquiera que hubiera podido evitar que su familia cometiera un pecado y no lo hizo, es considerado responsable por los pecados de la familia. Si pudieran haber prohibido que sus compatriotas pecaran y no lo hicieron, son responsables por los pecados de ellos. Si pudieran prohibir que todo el mundo lo hiciera, y no lo hicieron, serán responsables por los pecados de todo el mundo. (Shabat 54b)

Esta sigue siendo una idea, además de inusual, de mucha fuerza. Lo que hizo que fuera específico del judaísmo fue que se aplicó a un pueblo desparramado por todo el mundo, unido solamente por el pacto que hicieron nuestros antepasados con Dios en el Monte Sinaí. Pero continúa, como he expresado antes, impulsando el discurso político de Estados Unidos hasta el día de hoy. Nos dice que somos todos ciudadanos iguales en la república de la fe y que la responsabilidad no puede ser delegada en los gobiernos o presidentes sino que nos pertenece inalienablemente a cada uno de nosotros. Somos realmente los guardianes de nuestros hermanos y hermanas.

Eso es lo que quise decir sobre la extraña y aparentemente contradictoria idea que he expresado en esta serie de ensayos, de que todos hemos sido llamados a ser líderes. Se puede cuestionar, con certeza, que si todos somos líderes, entonces nadie lo es. Si todos lideran, entonces, ¿quiénes son los seguidores? El concepto que resuelve la contradicción es el pacto.

Liderazgo es aceptar la responsabilidad. Por lo tanto, si somos todos responsables uno por el otro, estamos todos llamados a ser líderes, cada uno dentro de su esfera de influencia – ya sea la familia, la comunidad o una organización aún mayor.

Esto a veces puede hacer una diferencia enorme. Al final del verano de 1999 yo estaba en Pristina haciendo un programa de televisión para la BBC, poco después de la campaña de Kosovo. Entrevisté al general Sir Michael Jackson, entonces jefe de las fuerzas de la OTAN. Sorprendentemente, me agradeció por lo que “mi gente” había hecho. La comunidad judía se había hecho cargo de las 23 escuelas primarias de la ciudad. Eso fue, dijo, la contribución más importante para el bienestar de la misma. Cuando 800,000 personas se han convertido en refugiados y retornan al hogar, la señal más tranquilizadora es que la vida ha vuelto a la normalidad y que las escuelas están abiertas en su horario adecuado. Eso, dijo, se lo debemos al pueblo judío.

Al encontrarme más tarde con el presidente de la comunidad judía, le pregunté cuántos judíos vivían en ese momento en Pristina. Su respuesta fue once. La historia, como supe más tarde, es esta. En los primeros días del conflicto, Israel, junto con otros organismos de asistencia internacional, había enviado un equipo médico para trabajar con los refugiados albaneses de Kosovo. Observaron que mientras las otras agencias se concentraban los adultos, nadie se ocupaba de los niños. Traumatizados por el conflicto y lejos del hogar los niños se sentían perdidos, sin un sistema de sostén ni un lugar de ayuda.

El equipo llamó a Israel pidiendo jóvenes voluntarios. Cada movimiento juvenil, desde el más secular hasta el más religioso, respondió inmediatamente armando equipos de jóvenes líderes voluntarios, y fueron enviados a Kosovo en intervalos de dos semanas. Trabajaron con los niños, organizando campamentos de verano, competencias deportivas, eventos teatrales y musicales, y lo que pudieran crear para intentar que el exilio temporario fuera menos dramático. Los albaneses de Kosovo son musulmanes, y para muchos de los jóvenes fue la primera experiencia de contacto con niños de una fe distinta.

Su esfuerzo resultó muy elogiado por la UNICEF, la organización para la infancia de las Naciones Unidas. Fue por esto que “el pueblo judío”, a – Israel, la organización del Joint con base en Estados Unidos, y otras agencias judías – fueron requeridos para supervisar el retorno a la normalidad del sistema escolar de Pristina. Este episodio me enseñó el poder del jesed, los actos de bondad desplegados más allá de los límites de la fe. También mostró la diferencia que la responsabilidad colectiva confiere a la acción en el ámbito judío. El mundo judío es pequeño, pero los hilos invisibles de la responsabilidad mutua significan que hasta la comunidad más pequeña puede pedir ayuda al mundo judío y que se pueden lograr cosas que podrían resultar excepcionales para naciones mucho mayores. Cuando el pueblo judío une sus manos en responsabilidad colectiva se convierte en una fuerza formidable para el bien.


  1. ¿Cómo hizo el pueblo judío para convertirse en embajador de Dios?
  2. ¿Esta responsabilidad te pesa?
  3. ¿Una acción que crea un  Kidush Hashem es una de tus aspiraciones en la vida?

[1] Sifra ad loc., Sanedrín 27b, Shavuot 39a.

[2] Lyndon B. Johnson, Discurso Inaugural (Capitolio de los Estados Unidos, 20 de Enero de 1965).

[3] Barack Obama, Segundo Discurso Inaugural (Capitolio de los Estados Unidos, 21 de Enero de 2013).

[4] Jean Paul Sartre, Being and Nothingness, traducción de Hazel Barnes, Nueva York, Washington Square Press, 1966, 707.


Traductores

Carlos Betesh

Editores

Michelle Lahan