Shelaj Leja 5775 – Armando recordatorios

jonathan_sacksComentario del Rabino Jonathan Sacks, traducido del ingles por Ana Barrera.

Editor: Marcello Farias 

 

Shelaj Leja 5775 – Armando recordatorios

Estas manejando muy ligeramente sobre el límite de velocidad. Ves un auto de policía en el espejo retrovisor. Bajas la velocidad. Sabes perfectamente bien que está mal exceder el límite de velocidad ya sea que alguien esté mirando o no, pero siendo humano, la probabilidad de ser encontrado y penalizado hace una diferencia.

Recientemente una serie de experimentos han sido conducidos por psicólogos para probar el impacto del sentido de ser observado en conductas pro-sociales. Chenbo Zhong, Vanessa Bohns y Francesca Gino construyeron un test para ver si la sensación de anonimato hacía una diferencia. Aleatoriamente asignaron a un grupo de estudiantes ya fueran lentes de sol o lentes de lectura, diciéndoles que estaban probando reacciones a una nueva línea de producto. Ellos lo hicieron en una tarea aparentemente no relacionada dándole seis dólares y la posibilidad de compartirlos con algún extraño. Aquellos usando lentes de lectura dieron en promedio 2.71 dólares mientras que los que usaban lentes oscuros dieron en promedio 1.81. El mero acto de usar lentes de sol, y la sensación de sentirse irreconocibles y no reconocidos, redujo la generosidad. En otro experimento, ellos encontraron que a los estudiantes que se les daba la oportunidad de copiar en un examen fueron más propensos a hacerlo en una luz tenue que en una brillante. Entre más sentimos que somos observados, nos convertimos en más generosos y morales.

Kevin Haley y Dan Fessler probaron estudiantes en el llamado Juego del Dictador, en el que se te dan, por decir, 10 dólares junto con la oportunidad de compartir una parte o nada con un extraño anónimo. De ante mano, y sin darse cuenta que era parte del experimento, a algunos estudiantes les fue enseñado un par de ojos como fondo de pantalla de una computadora, mientras a los otros se les enseñó otro fondo de pantalla. Aquellos que fueron expuestos a la imagen de los ojos dieron 55% más a extraños que los otros. En otro estudio los investigadores pusieron una máquina de café en el pasillo de una universidad. Quien pasara podía tomar café y dejar dinero en la caja. En algunas semanas un póster con unos ojos vigilantes fue colgado de una pared cercana, en otras una fotografía de flores. En las semanas en las que estuvo la imagen de los ojos, la gente dejaba en promedio 2.76 más dinero que en otros momentos. (1)

Ara Norenzayan, autor del libro Grandes Dioses (Big Gods) de donde son tomados estos estudios, concluye que “Las personas que son vigiladas son buenas personas”. Eso es en parte lo que hace la religión una fuerza de comportamiento altruista y honesto: la creencia que Dios ve todo lo que hacemos. No es coincidencia que, como creencia en un Dios personal ha disminuido en Occidente, la vigilancia por circuitos cerrados de televisión y otros medios ha tendido a incrementarse. Voltaire alguna vez dijo que cualquiera que fueran sus visiones sobre el asunto él quería que su mayordomo y otros sirvientes creyeran en Dios porque lo engañarían menos.

Menos obvio el descubrimiento experimental que ha hecho la diferencia entre la forma en que nos compartamos no es tan simple a lo que creemos, sino más bien el hecho de ser recordados sobre esto. En una prueba, conducida por Brandon Randolph-Seng y Michael Nielsen, los participantes fueron expuestos a palabras destellando en menos de 100 milisegundos, eso es, tiempo suficiente para ser detectadas por el cerebro pero no demasiado tiempo para reconocerlas conscientemente. Entonces se les dio la oportunidad de hacer una prueba en donde podían copiar. Aquellos quienes se les habían mostrado palabras relacionadas a Dios fueron significantemente menos tendientes a copiar que a aquellas personas a quienes se les mostraron palabras neutrales. El mismo resultado fue cedido por otra prueba en la que, de antemano, algunos de los participantes se les solicitó que recordaran los Diez Mandamientos mientras a otros se les solicitó que recordaran los últimos diez libros que habían leído. Meramente ser recordados de los Diez Mandamientos redujo la tendencia a copiar.

Otro investigador, Deepak Malhotra, encuestó la voluntad de los cristianos a donar a peticiones hechas online. La respuesta fue 300% más grande si la petición era realizada en domingo que cualquier otro día de la semana. Claramente los participantes no cambiaron su opinión sobre las creencias religiosas o la importancia de las dádivas de caridad los días entre semana y los domingos. Era que simplemente en domingo era un día más factible para que pensaran sobre Dios. Una prueba similar se llevó a cabo entre musulmanes en Marruecos, donde se encontró que la gente era más propensa a dar generosamente a la caridad si vivían en un lugar donde pudieran escuchar el llamado a la oración de un alminar local.

Las conclusiones de Nazorayan es que ‘La religión es más en la situación que en la persona’ (2) o para ponerlo de otra manera, lo que hace la diferencia en nuestro comportamiento es menos lo que creemos que el fenómeno de ser recordados, incluso subconscientemente, de lo que creemos.

Esta es precisamente la psicología detrás de la mitzvah del tzitzit en la parsha de esta semana:

Y este será para ustedes tzitzit, lo verán y recordarán todos los mandamientos del Señor y los mantendrán, no desviando tras de su corazón y tras de sus ojos, siguiendo sus propios deseos pecaminosos. Así recordarán y cumplirán todos Mis mandamientos y serán santos para con su Dios. (Num. 15:39)

El Talmud (3) cuenta la historia de un hombre quien, en un momento de debilidad moral, decide hacer una visita a cierta cortesana. Él estaba en el momento de remover sus vestidos cuando él vio el tzitzit e inmediatamente se congeló. La cortesana le preguntó qué pasaba, y él le contó sobre el tzitzit, diciendo que los cuatro flecos se habían convertido en testigos acusadores sobre él por el pecado que estaba por cometer. La mujer estaba tan impresionada por el poder de este simple mandamiento que se convirtió al judaísmo.

Algunas veces nosotros fallamos en entender la conexión entre la religión y la moralidad. Dostoevsky, se dice, dijo que si Dios no existía todo se convertiría en permitido (4). Esta no es la principal corriente de visión del judaísmo. De acuerdo a Rav Nissim Gaon, el acceso a la imperativa moral de la razón ha sido más vinculante desde los albores de la humanidad (5). Nosotros tenemos un sentido moral. Sabemos que ciertas cosas están mal. Pero también tenemos deseos conflictivos. Estamos atraídos a hacer lo que sabemos que no debemos, y algunas veces cedemos a la tentación. Cualquier que haya tratado de perder peso sabe exactamente lo que significa. En el dominio moral, es lo que la Torah quiere decir cuando habla de “desviando tras de su corazón y tras de sus ojos, siguiendo sus propios deseos pecaminosos”.

El sentido moral, escribió James Q. Wilson, “no es un fuerte rayo de luz que irradia hacia fuera para que se ilumine el contorno afilado todo lo que toca”. Si no más bien “una pequeña flama de vela, proyectando sombras vagas y múltiples, parpadeando y tartamudeando en los fuertes vientos del poder y la pasión, codicia e ideología.” Y agrega: “Pero llevada cerca al corazón” la flama “disipa la oscuridad y entibia el alma” (6).

Wittgenstein alguna vez dijo que “el trabajo del filósofo consiste en armar recordatorios” (7). En el caso del judaísmo el propósito de los signos externos – tzitzit, mezuzah y tefillin – es precisamente eso: armar recordatorios, sobre nuestras ropas, nuestros hogares, nuestros brazos y cabeza, de que ciertas cosas están mal, y que incluso si ningún otro ser humano nos mira, Dios nos ve y nos llamará a rendir cuentas. Sabemos que tenemos la evidencia empírica que los recordatorios hacen una diferencia significante en la forma que actuamos.

“El corazón es engañoso sobre todas las cosas y desesperadamente malvado; ¿quién lo sabría?” dijo Jeremías (Jer. 17:9). Una de las bendiciones y maldiciones de la naturaleza humana es que usamos el poder de nuestra razón no sólo para actuar racionalmente, sino para racionalizar y hacer excusas por las cosas que hacemos, incluso cuando sabemos que no debimos haberlas hecho. Eso quizá es una de las lecciones que la Torah desea que saquemos de la historia de los espías. Si hubieran recordado lo que Dios hizo por ellos en Egipto, el imperio más poderoso del mundo antiguo, no hubieran dicho “No podemos atacar a este pueblo, son más fuertes de lo que somos nosotros” (Num. 13:31). Pero ellos estaban apretados por el miedo. Una emoción fuerte, especialmente el miedo, distorsiona nuestra percepción. Activa las amígdalas, la fuente de nuestras más primarias reacciones, causando que sobregire la corteza pre-frontal, lo que nos permite pensar racionalmente sobre las consecuencias de nuestras decisiones.

El tzitzit con sus hilos azules nos recuerda los cielos, y que eso es lo que nosotros más necesitamos si vamos a actuar conscientemente de acuerdo con los mejores ángeles de nuestra naturaleza.

 

SacksSignature

(1) Este y el siguiente párrafo están basados en Ara Norenzayan, Grandes Dioses: Cómo la religión transforma cooperación y conflicto (Big Gods: How religion transformed cooperation and conflict) Princeton University Press, 2013, 13-54.

(2) Ibid., 39.

(3) Menachot 44a.

(4) Él no dijo estas palabras precisas, pero dijo algo similar en Los Hermanos Karamazov (1880)

(5) Comentario a Berakhot, introducción.

(6) James Q. Wilson, The Moral Sense, Free Press, 1993, 251.

(7) Philosophical Investigations, §127.

Leave a Reply