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La Torá no tiene una palabra para expresar la ambivalencia (lo más cercano es la pregunta que Elías dirige a los israelitas que adoraban a Baal: “¿Hasta cuándo van a seguir vacilando entre dos opiniones?”). Sin embargo, sí tiene una melodía para expresarla. Se trata de la rara nota conocida como shalshelet. Aparece tres veces en Bereshit, en cada ocasión en un momento de crisis para la persona en cuestión.1 En todos los casos señala una crisis existencial. La persona debe tomar una decisión de la que dependerá todo su futuro, pero descubre que no puede hacerlo. Se debate entre dos alternativas, ambas con un poderoso atractivo. Debe resolver el dilema de una manera u otra, pero cualquiera de las dos opciones implica renunciar a tentaciones profundamente sentidas o a aspiraciones muy arraigadas. Es un momento de gran dramatismo psicológico.
La shalshelet es una nota inusual. Sube y baja, sube y baja, como si fuera incapaz de avanzar hacia la nota siguiente. Fue el comentarista del siglo XVI, el Rabino Iosef Ibn Caspi (en su comentario a Bereshit 19:16), quien mejor comprendió lo que pretendía transmitir: un estado psicológico de incertidumbre e indecisión. La representación gráfica de la propia shalshelet parece un rayo, un “movimiento en zigzag” (tenuá meuvetet), una marca que avanza y retrocede repetidamente. Transmite una sensación de movimiento paralizado, aquello que Hamlet describió como la resolución natural que palidece bajo la sombra del pensamiento, un estado en el que la persona se encuentra desgarrada por un conflicto interior. La shalshelet es la música de la ambivalencia.
Un ejemplo aparece en Génesis 24:12. Abraham ha enviado a su sirviente (cuyo nombre no se menciona en el texto, pero que los comentaristas identifican como Eliezer) a buscar una esposa para su hijo Itzjak. Eliezer se dirige a la ciudad de Jarán, donde la familia de Abraham había permanecido mientras Abraham continuaba su camino hacia la tierra de Canaán. Al llegar al pozo de la ciudad, Eliezer propone una prueba: la mujer que se acerque a sacar agua, le ofrezca de beber al viajero y, además, dé agua a sus camellos será la elegida por Dios para el hijo de su señor. Sobre las palabras “y dijo”, que introducen su petición a Dios para que la prueba tenga éxito, la tradición masorética coloca una shalshelet.
Los comentaristas identifican varias fuentes de ambivalencia en este momento. En primer lugar, ¿estaba permitido realizar esa prueba? La ley judía prohíbe confiar en los “augurios” (Deut. 18:10; Julín 95b), y Eliezer quizá sintiera que su prueba se acercaba peligrosamente a una práctica pagana.2 El propio Ibn Caspi sugiere que Eliezer no estaba seguro de que una sola prueba como aquella constituyera una base suficiente para tomar una decisión tan trascendental como elegir una esposa para Itzjak.
Sin embargo, el Midrash (Bereshit Rabá 59:9) ofrece la explicación más esclarecedora. Los sentimientos encontrados de Eliezer no tenían que ver con la prueba, sino con toda la misión. Hasta ese momento, afirma el Midrash, había estado “sentado, sopesando si su propia hija sería adecuada para Itzjak”. En otras palabras, había esperado que, de una manera u otra, las posesiones de Abraham acabaran pasando a sus manos.
Hay dos indicios que llevaron al Midrash a esta hipótesis. El primero es que, cuando Abraham habló por primera vez con Dios acerca de su falta de hijos, dijo: “Señor Dios mío, ¿qué me habrás dado si sigo sin hijos y el heredero de mis bienes es Eliezer de Damasco?” (Gén. 15:2). En aquel momento, Eliezer tenía motivos para esperar convertirse en el heredero de Abraham.
El segundo indicio aparece cuando Abraham le encarga la misión de encontrar una esposa para su hijo. Eliezer responde: “¿Y si (ulai) la mujer no quiere regresar conmigo a esta tierra?”. Como señala Ibn Ezra (Comentario al Salmo 116:16), la palabra ulai no siempre es neutral. A veces expresa una posibilidad que uno no desea que ocurra, pero en otras ocasiones indica un acontecimiento que sí espera que suceda. El “¿y si?” de Eliezer podría haber sido una expresión inconsciente del hecho de que, en el fondo, deseaba que la misión fracasara. Eso volvería a situarlo a él, o a su hija, en una posición que les permitiera heredar los bienes de Abraham.
Por eso, oró con sentimientos profundamente encontrados para que apareciera una mujer que fuera la elegida por Dios como esposa de Itzjak.
Aún más dramático es el caso de Yosef. Hijo de un pastor, Yaakov, y casi el menor de sus hijos, odiado por sus hermanos y vendido por ellos como esclavo, se encuentra en Egipto al frente de la casa de uno de sus ciudadanos más prominentes, Potifar. Cuando se queda a solas con la esposa de su amo, ella intenta seducirlo:
“Y Yosef era bien formado y de hermoso aspecto. Después de algún tiempo, la esposa de su amo puso sus ojos en Yosef. ‘Acuéstate conmigo’, le dijo. Pero él se negó…” (Gén. 39:6-8).
Sobre las palabras “él se negó”, la tradición coloca una shalshelet.
Podemos imaginar el conflicto que se libraba en la mente de Yosef en aquel momento. Por un lado, todo su sentido moral le decía que no. Aquello habría traicionado todo lo que representaba su familia: su ética de la conducta sexual y su firme identidad como hijos de la alianza. También habría sido, como el propio Yosef afirma, una traición a Potifar: “Mi señor no se preocupa de nada de lo que hay en la casa cuando yo estoy a cargo, y ha puesto en mis manos todo lo que posee. No hay nadie en esta casa más importante que yo. Mi señor no me ha negado nada, excepto a ti, porque eres su esposa. ¿Cómo podría yo cometer una maldad tan grande y pecar contra Dios?”.
Y, sin embargo, la tentación debió de ser intensa. Yosef se encontraba en una civilización urbana como nunca antes había conocido. Era su primera experiencia de las “luces brillantes de la gran ciudad”. Estaba lejos de su hogar. Nadie podía verlo. Después de toda la hostilidad que había sufrido durante su infancia, que la esposa de Potifar intentara seducirlo debió de resultar halagador, además de tentador. Era un momento decisivo. ¿Se convertiría un esclavo, sin esperanzas realistas de ser rescatado, en un egipcio que adoptara toda la permisividad sexual que ello implicaba? ¿O permanecería fiel a su pasado, a su conciencia y a su identidad?
El Talmud ofrece una descripción vívida de su tormento interior:
“La imagen de su padre se le apareció en la ventana y le dijo: ‘Yosef, los nombres de tus hermanos están destinados a quedar inscritos en las piedras del efod [del Sumo Sacerdote], y tú estarás entre ellos. ¿Quieres que tu nombre sea borrado? ¿Quieres que te llamen adúltero?”.
La shalshelet es un comentario elegante sobre la crisis de conciencia de Yosef. Al final, Yosef se niega, pero no sin atravesar una profunda lucha interior.
Esto nos lleva al tercer caso, cronológicamente el primero, en la parashá Vaierá. Aquí el conflicto es explícito. Dos de los ángeles que habían visitado a Abraham llegan ahora a Sodoma, donde se encuentra Lot. Le anuncian que la ciudad y sus habitantes están a punto de ser destruidos. Él y su familia deben marcharse de inmediato. Pero Lot se demora:
“Los visitantes le dijeron a Lot: ‘¿Quién más tienes aquí, yernos, hijos, hijas o cualquier otra persona en la ciudad? Sácalos de aquí, porque estamos a punto de destruir este lugar. El clamor contra sus habitantes ha llegado a ser tan grande ante el Señor que nos ha enviado a destruirlo’.
Lot salió y habló con sus yernos, los hombres que estaban comprometidos con sus hijas, y les dijo: ‘¡Levántense y salgan de este lugar! El Señor está a punto de destruir la ciudad’. Pero sus yernos pensaron que estaba bromeando.
Al despuntar el alba, los ángeles apremiaron a Lot: ‘¡Levántate!’, le dijeron. ‘Toma a tu esposa y a tus dos hijas que están aquí, o serás arrastrado junto con la maldad de la ciudad’. Pero él seguía vacilando. Entonces los hombres tomaron de la mano a Lot, a su esposa y a sus dos hijas, y los sacaron sanos y salvos de la ciudad, porque el Señor tuvo misericordia de él” (Gén. 19:12-16).
Sobre las palabras “él seguía vacilando” aparece una shalshelet.
La vacilación de Lot toca el núcleo de su identidad. Recordemos que, anteriormente, cuando él y Abraham acordaron separarse para poner fin a las disputas entre sus pastores, “Lot alzó la vista y vio que toda la llanura del Jordán, hasta Tsoar, estaba bien regada. Era como el jardín del Señor… Así que Lot eligió para sí toda la llanura del Jordán. Viajó hacia el este…” (Gén. 13:10-11). Eligió establecerse en Sodoma, a pesar de que, como afirma la Torá, sus habitantes eran entonces “malvados y grandes pecadores contra el Señor” (Gén. 13:13).
Cuando encontramos a Lot en el capítulo 19, él y su familia ya están profundamente asimilados. Sus hijas están a punto de casarse con hombres de la localidad. Sobre la frase que aparece al comienzo del capítulo, “Lot estaba sentado a la puerta de la ciudad”, los Sabios dijeron que “acababa de ser nombrado juez”. La puerta de la ciudad era el lugar donde, en tiempos de Abraham, los jueces y los ancianos se sentaban para resolver disputas. Lot no se considera, como Abraham, un “extranjero y residente temporal”. Ha decidido echar raíces en el valle del Jordán y en las ciudades de la llanura. A partir de entonces, ese es el lugar al que pertenece, hasta tal punto que los visitantes tienen que sacarlo de allí físicamente.
Sin embargo, su sentimiento de pertenencia se basa en la ingenuidad o en el autoengaño. El texto lo deja claro en tres momentos. El primero es el intento de agresión sexual contra los visitantes de Lot (Gén. 19:4-5). Es evidente que los habitantes de Sodoma no reciben bien a los extranjeros. Esta es la primera señal de que quizá Lot también sea, a sus ojos, un extranjero. Y, en efecto, lo es. La Torá lo expresa con brutal claridad en su segunda indicación:
“¡Quítate de nuestro camino!”, respondieron [a Lot, cuando él les rogó que respetaran a sus visitantes. Luego añadieron:] “¡Este individuo vino aquí como inmigrante y ahora pretende hacerse juez! ¡Te trataremos peor que a ellos!” (Gén. 19:9).
La tercera señal aparece cuando Lot les dice a los maridos de sus hijas que deben escapar porque la ciudad está a punto de ser destruida, pero “sus yernos pensaron que estaba bromeando” (Gén. 19:14). La elaborada identidad que Lot ha construido está a punto de derrumbarse, no solo por la destrucción inminente, sino porque, golpe tras golpe, descubre que no ha sido aceptado en aquel lugar. Sodoma odia a los extranjeros; sus habitantes siguen considerando a Lot “un inmigrante”, y sus propios yernos lo toman por un necio.
Y, a pesar de todo esto, Lot vacila. Ha invertido demasiado de sí mismo en el proyecto de construir un hogar entre los habitantes de la llanura. Es un ejemplo paradigmático de lo que Leon Festinger llamó “disonancia cognitiva”. Según Festinger, la necesidad de evitar la disonancia es fundamental en los seres humanos, porque, de lo contrario, genera una tensión insoportable. Esa es precisamente la tensión que Lot no consigue resolver, y que la shalshelet situada sobre las palabras “él seguía vacilando” viene a señalar. Se trata de la pregunta existencial definitiva: “¿Quién soy?”. Después de haberse esforzado tanto por convertirse en uno de ellos, le resulta casi imposible alejarse. (Trágicamente, hubo muchos judíos en Alemania y Austria durante la década de 1930 que se negaron a marcharse porque no querían o no podían creer lo que tenían delante: que Hitler hablaba en serio cuando amenazaba con destruir a los judíos).
Por cierto, la teoría de Festinger también explica la conducta de la esposa de Lot, quien “miró hacia atrás”, desobedeciendo la instrucción explícita de los ángeles, “y se convirtió en una columna de sal”. Festinger llamó a este fenómeno “disonancia posterior a la decisión”. Predijo que cuanto más importante fuera una cuestión, cuanto más se demorara una persona en decidir y cuanto más difícil resultara revertir la decisión, más se atormentaría preguntándose si había elegido correctamente. Surgen las dudas; se necesita reafirmación; uno “mira hacia atrás”.
La shalshelet sobre la vacilación de Lot no es un simple detalle del texto bíblico. En cierto sentido, es la historia del judío moderno. Al entrar por primera vez en la sociedad mayoritaria y encontrarse con un antisemitismo abierto o encubierto, muchos judíos europeos del siglo XIX se volvieron ambivalentes respecto de su identidad. Intentaron ocultarla y asimilarse. Se convirtieron en marranos secularizados. No funcionó. Cuanto más se esforzaban por parecerse a los demás, más visibles se volvían, y más se intensificaba el antisemitismo. Ellos mismos perdieron mucho en el proceso: no solo su propia herencia judía, sino también la capacidad sencilla de saber quiénes eran y sentirse orgullosos de ello.
Las vidas de Lot y Abraham representan para siempre el contraste entre la ambivalencia y la seguridad que nace de saber quién eres y por qué. Lot, que intentó convertirse en otra persona, terminó siendo considerado por sus vecinos un extranjero, un advenedizo, un intruso, un recién llegado que pretendía ocupar un lugar que no le correspondía. Para sus propios yernos era “objeto de burla”. Abraham llevó una vida diferente. Combatió en una guerra para defender a sus vecinos. Rezó por ellos. Pero vivió separado, fiel a su fe, a su misión y a su alianza con Dios. ¿Qué pensaban de él? Al comienzo de la siguiente parashá, Jaiei Sará, los hititas lo llaman “un príncipe de Dios en medio de nosotros” (Gén. 23:6).
Esa ecuación no ha cambiado. Los no judíos respetan a los judíos que respetan el judaísmo. Les avergüenzan los judíos que se avergüenzan del judaísmo. Nunca seas ambivalente respecto de quién eres y de lo que eres.
Preguntas para la mesa de Shabat
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¿En qué momento el deseo de pertenecer se convierte en un peligro para nuestra identidad judía? ¿Cómo podemos distinguir entre una integración razonable y la necesidad de preservar nuestro judaísmo?
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Eliezer, Yosef y Lot experimentan momentos de conflicto interior. ¿Qué ayuda a una persona a actuar de acuerdo con sus convicciones más profundas cuando deseos poderosos y contrapuestos la empujan en otras direcciones?
Edición familiar
ASUNTOS MORALES, DESARROLLADO POR SHOSH HILL
Vaierá: el mensaje y los mensajeros
RESUMEN DE LA PARASHÁ
Abraham recibe la visita de tres desconocidos que, en realidad, son ángeles enviados por Dios y disfrazados de seres humanos. Aunque siente dolor por su brit milá (circuncisión), Abraham se apresura a recibirlos y les ofrece una comida abundante. Uno de los ángeles ha venido para curarlo. Otro trae un mensaje para Abraham y su esposa Sará: pronto tendrán un hijo. El tercer ángel se dirige a destruir las malvadas ciudades de Sodoma y Amorá.
Cuando los ángeles se marchan, Dios se pregunta si debería contarle a Abraham lo que sucederá con Sodoma y Amorá. Decide que sí, porque Abraham llegará a ser un gran líder que enseñará a las personas a hacer lo correcto y lo justo, y por eso merece conocer lo que va a ocurrir.
¿Qué nos enseña la conducta de Abraham? ¿Es posible ser amables incluso cuando nosotros mismos no nos sentimos demasiado bien?
¿Por qué creen que Dios quiso que Abraham supiera lo que sucedería con las ciudades antes de que fueran destruidas?
Miremos más de cerca
לַעֲשׂוֹת צְדָקָה וּמִשְׁפָּט
“Lo he elegido para que enseñe a sus hijos y a su familia después de él a seguir el camino del Señor, practicando lo que es justo y correcto” (Gén. 18:19).
El Rabino Sacks nos enseña:
“La Biblia nos cuenta muy poco sobre Abraham que pueda explicar por qué fue elegido para la misión que debía emprender. No lo llama justo, como hace en el caso de Noaj. Tampoco lo presenta como un hacedor de milagros, como hace con Moshé. El único lugar de la Biblia que explica por qué Abraham fue elegido es este versículo. Fue elegido porque transmitiría su forma de vida a las generaciones futuras”.
Hablemos de asuntos morales
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¿Cómo transmitirá Abraham “su forma de vida a las generaciones futuras”?
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¿Cómo creen que el ejemplo de Abraham de “practicar lo que es justo y correcto” (לַעֲשׂוֹת צְדָקָה וּמִשְׁפָּט) puede ayudar a las personas de hoy?
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¿Cómo pueden seguir el ejemplo de Abraham en su propia vida?
Fuentes
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La nota shalshelet aparece una cuarta vez en la Torá, en Vaikrá 8:23, donde su significado resulta menos evidente. Sin embargo, aquí nos centraremos en lo que nos enseñan sus tres apariciones en el Séfer Bereshit. ↩
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El Ran, en su comentario a Julín 95b, sostiene, no obstante, que la conducta de Eliezer era legítima: no buscaba un augurio, sino una señal del carácter de la mujer. ↩
Traductores
Abraham Maravankin

