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El Señor le dijo a Abram: “Vete de tu tierra, de tu lugar de nacimiento y de la casa de tu padre, hacia la tierra que Yo te mostraré” (Gén. 12:1).
Estas palabras se cuentan entre las más trascendentales de la historia de la humanidad. En ese preciso momento nació una nueva fe, que ha perdurado durante dos tercios de la historia de la civilización y que hoy sigue siendo joven y vigorosa. Abraham no sólo dio origen a lo que hoy llamamos judaísmo. También inspiró otras dos religiones, el cristianismo y el islam, que remontan su ascendencia, biológica o espiritual, hasta él y que hoy cuentan entre sus fieles a más de la mitad de los seis mil millones de habitantes del planeta.1
No hubo nadie como Abraham y, sin embargo, la Torá habla de él con una extraordinaria sobriedad. De niños aprendimos que fue el primer iconoclasta, aquel que, siendo todavía joven, rompió los ídolos de la casa de su padre. Pero esto procede del Midrash, una tradición deducida de ciertos indicios del texto bíblico, no de una afirmación explícita. En el texto mismo de la Torá no se nos cuenta nada de su infancia, de su juventud, de sus primeros años con Sara ni de ningún otro momento de su vida anterior a aquel en que Dios le dirigió estas palabras decisivas.
Por lo que sabemos de él, Abraham no encaja en ninguna imagen convencional del héroe religioso. No es, como Noaj, el único superviviente de un mundo que se precipita hacia su destrucción. No es, como Moshé, un legislador y libertador. Tampoco es como los profetas posteriores, que dedicaron su vida a enfrentarse a los reyes, debatir con sus contemporáneos y “decirles la verdad a los poderosos”.
Desde luego, Abraham es un hombre de virtudes ejemplares. Recibe a los desconocidos y les ofrece comida. Combate en defensa de las ciudades de la llanura para rescatar a su sobrino Lot. Intercede por sus habitantes en uno de los diálogos más extraordinarios de toda la literatura religiosa. Espera pacientemente tener un hijo y, cuando llega la orden, está dispuesto a ofrecerlo en sacrificio, solo para descubrir que el Dios de la verdad no quiere que sacrifiquemos a nuestros hijos, sino que los amemos y cuidemos. Sin embargo, si tuviéramos que describirlo con adjetivos, las palabras que nos vendrían a la mente –apacible, bondadoso, amable– no serían las que solemos asociar con el fundador de una nueva fe. Son cualidades a las que cualquiera de nosotros podría aspirar. Ninguno de nosotros puede ser Abraham, pero todos podemos tomarlo como modelo. Quizá esta sea la lección más profunda de todas.
En Sinceridad y autenticidad, Lionel Trilling hizo el siguiente comentario:
No todas las culturas desarrollan la idea de lo heroico. En una ocasión, al hablar de Wordsworth, observé que en la literatura rabínica no hay rastro de la idea de lo heroico. Cuando los rabinos hablan de la virtud, nunca mencionan la valentía, que Aristóteles consideraba fundamental para el carácter heroico. La indiferencia de los rabinos hacia la idea de la valentía resulta aún más sorprendente si tenemos en cuenta que sabían que muchos de ellos morirían por su fe. Lo que más importa para nuestro argumento es que los rabinos nunca se conciben a sí mismos como héroes en el ámbito moral. Es como si el mandamiento que prohibía fabricar imágenes se extendiera también a su manera de concebir la existencia moral de cada persona.
Trilling no tiene toda la razón. Los rabinos sí hablaron de la valentía, guevurá. Pero acierta al señalar que el judaísmo no tuvo héroes en el mismo sentido que los griegos y otras culturas. El héroe es alguien convencido de su propia importancia. Es consciente de que desempeña un papel en el escenario del mundo, bajo la mirada admirada de sus contemporáneos. Según Trilling, los rabinos “habrían estado dispuestos a aceptar la definición del héroe como actor y a afirmar que, como tal, no merecía la atención de las personas serias”. Abraham es el paradigma de un héroe sin afán heroico, alguien que, en la hermosa expresión de Maimónides, “hace lo correcto porque es correcto”2, y no para obtener popularidad o fama. Si tuviéramos que definir el judaísmo en términos abrahámicos, hablaríamos del heroísmo de la vida cotidiana: estar dispuesto a vivir de acuerdo con las propias convicciones, aunque todo el mundo piense de otro modo; ser fiel al llamado de la eternidad y no al ruido del presente. Esto nos lleva a la expresión clave, las primeras palabras que Dios dirigió al portador de una nueva alianza: Lej Lejá. ¿Hay ya en estas dos palabras algún indicio de lo que estaba por venir?
Rashi, siguiendo una antigua tradición interpretativa, traduce la expresión como “vete para tu propio bien” (Rashi, Gén. 12:1). Sugiere que, en realidad, estas palabras significan: “Emprende el viaje por tu propio beneficio. Allí te convertiré en una gran nación; aquí no tendrás el mérito de tener hijos”. A veces tenemos que renunciar a nuestro pasado para conquistar un futuro. Dios ya estaba enseñándole a Abraham que aquello que parece un sacrificio, a largo plazo, no lo es tanto. Abraham estaba a punto de despedirse de algunas de las cosas más importantes para nosotros: nuestra tierra, nuestro lugar de nacimiento y la casa de nuestros padres, los lugares a los que pertenecemos. Era un viaje desde lo conocido hacia lo desconocido, un salto a lo incierto. Para dar ese salto hace falta confianza. En el caso de Abraham, no se trataba de confiar en un poder visible, sino en la voz del Dios invisible. Sin embargo, al final descubriría que había conseguido algo que no habría podido lograr de ninguna otra manera. Daría origen a una nueva nación cuya grandeza consistiría precisamente en su capacidad de vivir de acuerdo con esa voz y crear algo nuevo en la historia de la humanidad. Por eso, Lej Lejá significa mucho más que “vete”. Significa: “Vete para encontrarte a ti mismo y alcanzar tu propio bien”.
Otra interpretación midráshica entiende la expresión como “vete contigo mismo”. Es decir, al trasladarte de un lugar a otro, extenderás tu influencia, no sobre una sola tierra, sino sobre muchas.
Cuando el Santo, bendito sea, le dijo a Abraham: “Deja tu tierra, tu lugar de nacimiento y la casa de tu padre…”, ¿a qué se parecía Abraham? A un frasco de perfume con la tapa bien cerrada, guardado en un rincón, de modo que su fragancia no podía difundirse. En cuanto lo trasladaron de aquel lugar y lo destaparon, su aroma comenzó a expandirse. Entonces el Santo, bendito sea, le dijo a Abraham: “Abraham, hay muchas buenas acciones en ti. Viaja de un lugar a otro para que la grandeza de tu nombre se difunda por Mi mundo”. (Bereshit Rabá 39:2).
Abraham recibió la orden de abandonar su lugar para dar testimonio de la existencia de un Dios que no está limitado por ningún lugar: el Creador y Soberano de todo el universo. Abraham y Sara debían ser como un perfume, dejando la huella de su presencia allí donde fueran. Este Midrash contiene implícitamente la idea de que el destino de los primeros judíos anticipaba ya el de sus descendientes. Se dispersarían por el mundo para difundir por todas partes el conocimiento de Dios. De manera poco habitual, el exilio aparece aquí no como un castigo, sino como una consecuencia necesaria de una fe que reconoce que Dios está en todas partes. Lej Lejá significa, entonces, “vete contigo mismo”: lleva contigo tus creencias, tu forma de vida y tu fe.
Una tercera interpretación, esta vez de carácter más místico, entiende la expresión como “ve hacia ti mismo”. Según el Rabino David de Lelov, el viaje judío es un viaje hacia la raíz del alma. El Rabino Efraim Landschutz afirmaba que solo en la Tierra Santa puede un judío encontrar la fuente de su ser. El rabino Zusha de Anipoli dijo: “Cuando llegue al cielo, no me preguntarán: ‘Zusha, ¿por qué no fuiste Moshé?’. Me preguntarán: ‘Zusha, ¿por qué no fuiste Zusha?’”. A Abraham se le pedía que dejara atrás todo aquello que nos convierte en alguien distinto de quien realmente somos. Porque solo cuando emprendemos un viaje largo y solitario podemos descubrir quiénes somos de verdad. “Ve hacia ti mismo”.
Existe, sin embargo, una cuarta interpretación: “Vete por tu cuenta”. Solo quien está dispuesto a permanecer solo, siendo singular y único, puede rendir culto al Dios que es único, singular y uno. Solo quien es capaz de dejar atrás las fuentes naturales de su identidad puede encontrarse con Dios, que está por encima y más allá de la naturaleza. Un viaje hacia lo desconocido es una de las mayores expresiones posibles de la libertad. Dios quería que Abraham y sus descendientes fueran un ejemplo vivo de lo que significa servir al Dios de la libertad, en libertad y por amor a la libertad. ¿Qué significa esto?
Alasdair MacIntyre señaló en cierta ocasión que hay dos tipos de ateos: aquellos que no creen en Dios y aquellos para quienes el propio ateísmo se convierte en una especie de religión. Entre estos últimos encontramos algunos de los ejemplos más destacados de judíos que abandonaron, transformaron o rechazaron su fe: Spinoza, Marx y Freud, por citar los más conocidos. En lugar de limitarse a negar las verdades del judaísmo, se propusieron ofrecer alternativas sistemáticas.
En el centro de la Torá se encuentran dos libertades: la libertad de Dios y la libertad de los seres humanos. En el judaísmo, Dios no es una fuerza impersonal. Actúa –en la creación, la revelación y la redención– por elección, no por necesidad. Al elegir crear a la humanidad a Su imagen, también nos concedió la capacidad de elegir. No existe el destino inevitable ni la predestinación. Como dijo Moshé: “Pongo hoy por testigos contra ustedes al cielo y a la tierra: he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida” (Deut. 30:19).
Esto es precisamente lo que Spinoza, Marx y Freud se propusieron cuestionar. Cada uno intentó demostrar que no somos libres. El ser humano sería un animal predecible. Nuestra naturaleza y nuestro carácter estarían sometidos a leyes casi científicas. Existiría una ciencia del comportamiento humano, del mismo modo que existe una ciencia de los átomos. La historia, tanto personal como colectiva, sería una forma de inevitabilidad. Somos lo que somos porque no podríamos haber sido de otra manera. Frente a esta visión, el judaísmo constituye una protesta viva. Abraham y sus descendientes fueron llamados a vivir una libertad radical. Y esta es la esencia del triple llamado de Dios.
Marx sostenía que el ser humano es producto de las fuerzas sociales, moldeadas a su vez por los intereses de la clase dominante, los propietarios de los bienes, entre los que la tierra ocupa un lugar fundamental. Por eso Dios le dijo a Abraham: deja tu tierra.
Spinoza sostenía que los seres humanos están determinados por los instintos innatos y los impulsos biológicos con los que nacen, lo que hoy llamamos determinismo genético. Por eso Dios le dijo a Abraham: deja las circunstancias de tu nacimiento.
Freud sostenía que somos como somos debido a los traumas de la infancia, a la influencia de nuestros primeros años y a las relaciones y rivalidades con nuestros padres, especialmente con nuestro padre. Por eso Dios le dijo a Abraham: deja la casa de tu padre.
Lej Lejá significa dejar atrás todo aquello que vuelve predecibles a los seres humanos, que los priva de libertad y les permite culpar a los demás para eludir su responsabilidad. Los descendientes de Abraham fueron llamados a ser un pueblo que desafiara las leyes de la naturaleza, porque se negaba a definirse como un simple producto de ella. Nietzsche comprendió especialmente bien este aspecto del judaísmo. Esto no significa que las fuerzas económicas, biológicas o psicológicas no influyan en el comportamiento humano. Por supuesto que lo hacen. Pero, con suficiente imaginación, determinación, disciplina y valentía, podemos elevarnos por encima de ellas. Abraham lo consiguió. Y sus descendientes también lo han conseguido en muchas ocasiones.
Quienes viven sometidos a las leyes de la historia quedan sujetos a esas mismas leyes. Según Maimónides, todo lo que pertenece al orden natural está sujeto a la desintegración y la decadencia. Eso es lo que ha ocurrido con prácticamente todas las civilizaciones que han aparecido en el escenario del mundo. Abraham, sin embargo, estaba destinado a convertirse en el padre de un am olam, un pueblo eterno que no se desintegraría ni decaería. Para ello, debía ser un pueblo dispuesto a situarse más allá de las leyes de la naturaleza. Lo que para otras naciones es natural –la tierra, el hogar, la familia–, en el judaísmo es también objeto de un mandamiento religioso. Hay que esforzarse por alcanzarlo. Implica un viaje. No se recibe de antemano ni puede darse por sentado. Abraham debía dejar atrás las cosas que determinan lo que la mayoría de las personas y los pueblos llegan a ser, y sentar las bases de una tierra, un hogar judío y una estructura familiar que respondieran no a las fuerzas económicas, los impulsos biológicos o los conflictos psicológicos, sino a la palabra y la voluntad de Dios. En este sentido, Lej Lejá significa estar dispuesto a emprender un viaje que a menudo habrá que recorrer en soledad: “Vete por tu cuenta”.
Ser judío, ser descendiente de Abraham, significa tener el valor de ser diferente y desafiar los ídolos de cada época, sean cuales sean esos ídolos y sea cual sea el tiempo en que vivamos. En una época de politeísmo, eso significaba comprender que el universo es obra de una única voluntad creadora y que, por lo tanto, no carece de sentido, sino que posee coherencia y significado.
En una época de esclavitud, significaba negarse a aceptar el orden establecido en nombre de Dios y, por el contrario, cuestionarlo también en nombre de Dios. Cuando se adoraba el poder, significaba construir una sociedad que cuidara de los desprotegidos: la viuda, el huérfano y el extranjero. Durante siglos, cuando la mayor parte de la humanidad vivía sumida en la ignorancia, significaba honrar la educación como clave de la dignidad humana y crear escuelas que garantizaran el acceso universal a la alfabetización. Cuando la guerra era la medida de la humanidad, significaba esforzarse por alcanzar la paz. Y en una época como la nuestra, marcada por un individualismo radical, significa comprender que no somos lo que poseemos, sino lo que compartimos; no lo que compramos, sino lo que damos. Significa reconocer que existe algo más elevado que el apetito y el deseo: el llamado que nos llega desde fuera de nosotros mismos, como le llegó a Abraham, y que nos convoca a contribuir al mundo.
El periodista (no judío) Andrew Marr escribió en cierta ocasión que los judíos “realmente han sido diferentes; han enriquecido al mundo y lo han desafiado”.3 Ese es el valor de emprender el camino en solitario, si es necesario; de ser diferentes, de nadar contra la corriente y de defender, en una época de relativismo, los principios absolutos de la dignidad humana bajo la soberanía de Dios. Todo ello nació con las palabras Lej Lejá. Ser judío significa estar dispuesto a escuchar la voz tenue y apacible de la eternidad, que nos impulsa a emprender el viaje, avanzar y seguir adelante, continuando el camino de Abraham hacia ese destino desconocido que se encuentra en el lejano horizonte de la esperanza. Primero conocemos el comienzo de su viaje. Después, damos un paso adelante para descubrir nuestro propio destino.
Alrededor de la mesa de Shabat
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¿Qué significa ser un héroe judío sin buscar reconocimiento? ¿Cómo podemos encontrar el valor para mantenernos firmes cuando nos diferenciamos de los demás?
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Todos estamos influenciados (y enriquecidos) por nuestra educación, nuestras circunstancias, la orientación de otras personas y las expectativas que depositan en nosotros. ¿Cómo podemos equilibrar esas influencias con el llamado a construir nuestro propio destino?
Edición familiar
MORAL MATTERS, DESARROLLADO POR EL RABINO COBI EBRAHIMOFF
Lej Lejá: el viaje constante
Resumen de la parashá
Lej Lejá comienza cuando Dios le habla a Abram y le pide que abandone su tierra, su lugar de nacimiento y la casa de su padre para dirigirse a la tierra que Él le mostrará. Dios también le promete que Abram se convertirá en el padre de una gran nación, y que quienes lo bendigan serán bendecidos, mientras que quienes lo maldigan serán maldecidos. Entonces Abram se pone en camino junto con su esposa Sarai y su sobrino Lot.
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¿Por qué crees que Dios le pidió a Abram que dejara “su tierra, su lugar de nacimiento y la casa de su padre”, en vez de decirle simplemente que se fuera?
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¿Crees que Abram tendría miedo de dejar atrás todo lo que conocía?
Miremos más de cerca
אֶל־הָאָרֶץ אֲשֶׁר אַרְאֶךָ
“A la tierra que Yo te mostraré” (Gén. 12:1).
El rabino Sacks nos enseña:
“Cada año contamos la historia del llamado de Dios a Abraham para que abandonara su hogar y viajara a ‘la tierra que Yo te mostraré’. Yo llamo a esto el viaje hacia la incertidumbre. Durante cuatro mil años, la vida de los judíos ha estado marcada por la incertidumbre. Todavía seguimos recorriendo ese camino. Muchas personas se sorprenden al conocer la historia del sufrimiento judío. A mí siempre me impresiona la historia de cómo los judíos se han recuperado de ese sufrimiento. ¿Qué les da la fuerza para seguir adelante? La sensación de que podemos afrontar el futuro sin miedo cuando sabemos que no estamos solos”.
La moral importa: ¡hablemos!
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El Rabino Sacks dice que el viaje judío hacia la incertidumbre continúa hasta hoy. ¿Qué crees que significa esto? ¿Por qué piensas que los judíos todavía se enfrentan, a veces, a un trato injusto?
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Si escuchas a alguien decir algo antisemita, ¿qué podrías hacer? ¿Qué podría pasar si decides alzar la voz y, por el contrario, qué podría ocurrir si eliges guardar silencio?
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El Rabino Sacks habla de la historia de la recuperación judía después del sufrimiento. ¿Cómo nos ayuda saber que Dios está con nosotros a mantener la fortaleza y la esperanza en los momentos difíciles?
Fuentes
Traductores
Abraham Maravankin

